Surge la pregunta ¿Cómo debería ser una buena homilía? Para responderla, Eco Católico conversó con Pbro. Luis Paulino González, quien se encuentra en Roma, Italia, donde cursa una licenciatura en Liturgia, en el Pontificio Instituto Litúrgico San Anselmo
El sacerdote explica que la homilía es parte integral de la celebración litúrgica y busca conectar el mensaje de la Palabra de Dios y la liturgia con la vida de los fieles. Es un medio -subraya- para ayudar a los presentes a vivir y participar del Misterio Sagrado que se celebra.
Justamente, la Instrucción Redemptionis Sacramentum dice en su numeral 64: “Sobre todo, se debe cuidar que la homilía se fundamente estrictamente en los misterios de la salvación”.
La homilía debe ser “sencilla, clara, directa, acomodada, profundamente enraizada en la enseñanza evangélica y fiel al Magisterio de la Iglesia, animada por un ardor apostólico, llena de esperanza, fortificadora de la fe y fuente de paz y de unidad”. - Evangelii Nuntiandi - Num 43.
“No me gusta cómo habla el padre”
Pero la homilía no es un fin en sí misma. Un cristiano no debería dejar de asistir a misa solo porque no le gusta cómo predica el sacerdote. Esto no quiere decir que los fieles no puedan manifestar su opinión, disconformidad, crítica o desacuerdo.
De hecho, si un ministro dice o enseña algo contrario a la fe (por ejemplo, negar la divinidad de Cristo o negar que aborto sea pecado), los fieles no solo pueden manifestar su disconformidad, sino que deberían informar al obispo correspondiente.
Por otro lado, los participantes tampoco pueden esperar que la homilía sea un entretenimiento o que el ministro “diga lo que yo quiero que diga”. El sacerdote, de hecho, puede decir cosas que causen cierta molestia, siempre que estén dentro de la enseñanza de la Iglesia.
Jesús no fue precisamente alguien que pudiera ser calificado como políticamente correcto, su mensaje incomodaba y él podía ser duro con sus palabras. Entonces sí, a veces el sacerdote puede e incluso debe llamar la atención de su rebaño y corregirlo fraternalmente, si es necesario.
El padre Luis Paulino expone que no se puede caer en un buenismo y evitar decir ciertas cosas para no herir susceptibilidades. “Hay temas que son difíciles, que son espinosos, pero también son Palabra de Dios y debemos anunciarlos”, señaló.
No obstante, -aclara- una cosa es denunciar algo a la luz de la Palabra de Dios y otra muy diferente “pegar cuatro gritos, maltratar a la gente, quejarse de la comunidad”. La homilía no tiene que ser un mero regaño, lo importante es que la gente salga con más luz, aseveró.
Por supuesto, tampoco se trata de que el presbítero convierta el ambón en una tribuna política y que la homilía se convierta en un discurso partidario.
Ciertamente, la homilía puede iluminar todos los ámbitos de la vida social, ya sea político, económico, tecnológico, laboral, cultural… Sin que esto signifique que el sacerdote haga propaganda político-partidista.
Un presbítero puede criticar una política gubernamental o una decisión de un presidente, sin que eso signifique que está a favor de este o aquel político.
No es un stand up comedy
El Padre Luis Paulino enfatiza que principalmente la homilía tiene el objetivo de ayudar a los participantes a entrar en el Misterio de la Salvación de Cristo. Qué tan hábilmente se exprese el ministro, qué tan atractivo o entretenido resulte su mensaje, estos son solo detalles de forma.
Por eso, un sacerdote puede ser muy divertido y gracioso durante su prédica, pero si no logra ayudar a los fieles a vivir lo que se celebra corre el riesgo de desviarse del sentido primordial.
De esa manera, la homilía podría reducirse a una especie de stand up comedy o un simple espectáculo. Ahora bien, si el humor o algún otro recurso discursivo ayuda a los fieles a esa vivencia, entonces resultaría algo útil.
Otro error es cuando el sacerdote se preocupa por demostrar mucho conocimiento y toma un tono erudito. La homilía no es una clase de Biblia ni una lección académica para un grupo de intelectuales.
En ese sentido, la exhortación Verbum Domini señala: “Han de evitarse homilías genéricas o abstractas que oculten la sencillez de la Palabra de Dios, así como inútiles divagaciones que corren el riesgo de atraer la atención más sobre el predicador que sobre el corazón del mensaje evangélico” (Num. 59)
Para quedar bien
Otro error puede ser cuando el presbítero busca ganar aplausos o “me gusta”, dice solo lo que la gente quiere escuchar y se regocija cuando al final de la ceremonia los participantes le comentan: “Muy bonitas palabras, padre”.
Pero esto -advierte el Padre Luis Paulino- puede convertirse en una tentación y en una limitante, pues se podría tender a evitar aquello que es necesario decir, pero que no siempre las personas desean escuchar.
La Eucaristía es mucho más que la homilía
Tanto fieles como sacerdotes pueden caer en el error de pensar que la homilía es lo más importante de la celebración. De repente, un presbítero se preocupa por lo que va a decir y descuida el resto de la celebración.
Hay que preparar la celebración completa, dice el padre Luis Paulino, como verificar que el espacio para la celebración sea el más adecuado, alistar los libros, los textos, las oraciones, y revisar que todo esté dispuesto.
Puede darse el caso de que un sacerdote se extienda mucho en la homilía y, por cuestiones de tiempo, haga todo lo demás “a la carrera”. “Puede ser incluso una prédica muy bella, pero, si el resto no lo hago bien, no ayudo a la gente a entrar en el Misterio de Cristo”, apunta el Padre Luis Paulino.
La duración
Sobre la duración de una homilía, es algo que ha dado para múltiples discusiones, sin embargo no hay una duración determinada, a veces puede durar más, a veces puede durar menos.
Eso sí, debe ser clara y concisa, para que “la palabra del predicador no ocupe un lugar excesivo” (Evangelii Gaudium 138).
















