La historia vocacional de Juan Antonio está marcada por el encuentro con los más pobres y vulnerables, una experiencia que lo llevó a descubrir el llamado de Dios y a abrazar el carisma de la Congregación de la Misión, fundada por San Vicente de Paúl hace más de cuatro siglos.
Según relata el ahora diácono, una de las experiencias que más influyó en su discernimiento fue el servicio realizado en el comedor Divina Misericordia, en San Juan de San Ramón, donde tuvo contacto con personas en condición de calle y otros sectores vulnerables de la población. “Me impresionó cómo se humanizaba el servicio dándole amor a los hermanos y cómo ellos lo agradecían y veían a Dios en él”, expresó.
A esta experiencia se sumaron diversas giras misioneras a comunidades indígenas de Talamanca junto al grupo parroquial Casa Nazaret, donde participó en actividades de evangelización y solidaridad. Aquellos encuentros le permitieron descubrir una dimensión esencial de la espiritualidad vicentina: el amor que se traduce en obras concretas.
Precisamente, la Congregación de la Misión, conocida popularmente como los Padres Vicentinos, fue fundada en 1625 por San Vicente de Paúl con el propósito de evangelizar a los pobres y formar al clero. Su espiritualidad se caracteriza por la cercanía a quienes sufren, el compromiso con la justicia y una profunda confianza en la Providencia de Dios.
Fiel a este legado, Juan Antonio Jiménez entiende el diaconado como una entrega total al servicio del Evangelio, especialmente entre quienes más necesitan experimentar el amor de Dios. Como lema para su ordenación, el joven eligió la frase: “Posee tú solo mi corazón y mi libertad”, inspirada en una reflexión de San Vicente de Paúl dirigida a un moribundo.
Al reflexionar sobre su camino vocacional, Jiménez destacó la importancia del discernimiento espiritual y del acompañamiento personal para descubrir el proyecto que Dios tiene para cada persona. Para el diácono, toda vocación -sea al matrimonio, a la vida consagrada o al sacerdocio- se descubre en la medida en que la persona aprende a leer los signos de Dios en su propia historia.
Juan Antonio dirige también un mensaje a los jóvenes que sienten inquietud por entregar su vida al servicio de Dios y de los más necesitados.
Los animó a no tener miedo de dar el paso y a confiar plenamente en el Señor, aun en medio de las limitaciones humanas. Recordó que la vocación implica momentos de gracia y también de sacrificio, pero que la fidelidad se construye día a día desde la confianza en Dios.
















