Las diócesis identificaron con realismo dolores profundos en la población como la violencia ligada al narcotráfico, el sicariato, la desintegración familiar, la pobreza, el desempleo y problemas de salud mental como la depresión y la ansiedad, que afectan gravemente a la juventud. A esto se suman el descenso de la natalidad, los procesos migratorios y el fuerte impacto cultural de la tecnología.
Frente a esta coyuntura, los participantes reflexionaron sobre la vivencia actual y factores por mejorar para la correcta implementación del paradigma de la Iniciación a la Vida Cristiana, siempre basadas en un itinerario estructurado (Precatecumenado, Catecumenado, Purificación e Iluminación, y Mistagogía). Aunque se reconoció que este modelo aún genera incertidumbres y exige un fuerte cambio de mentalidades tanto en sacerdotes como en laicos, predomina el entusiasmo por recuperar el acompañamiento personal y la centralidad de Jesucristo.
El encuentro concluyó con una firme resolución para los próximos años: impulsar una verdadera conversión misionera. La Iglesia costarricense asume la tarea de estructurar una catequesis más familiar, comunitaria y sinodal, donde el objetivo prioritario ya no sea únicamente enseñar la fe desde la teoría o la doctrina, sino responder con el Evangelio a los clamores y heridas de la sociedad actual.
















