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Domingo, 23 Agosto 2026
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"Antes de tener seguidores, somos seguidores de Jesucristo"

By Redacción Agosto 22, 2026

 

Santa Misa en la memoria litúrgica de Santa María Reina, sábado 22 de agosto, 2026.

Festival de Misioneros Digitales Hechos 29. San José, Costa Rica.

Cada tiempo ha tenido sus propios caminos para anunciar el Evangelio. Los primeros discípulos salieron de Jerusalén, recorrieron pueblos y ciudades, atravesaron fronteras y aprendieron a encontrarse con culturas distintas. No esperaron que todos llegaran hasta ellos. Habían recibido una Buena Noticia y comprendieron que esa alegría los ponía en camino. Desde entonces, la Iglesia no ha dejado de hacer lo mismo: buscar al ser humano allí donde vive, trabaja, sufre, espera y se pregunta por el sentido de su existencia.

Hoy muchos de esos caminos pasan también por el mundo digital. Allí conversamos, nos informamos, aprendemos, discutimos y compartimos buena parte de nuestra vida. Allí hay jóvenes buscando respuestas, familias que necesitan orientación, creyentes que desean profundizar su fe y personas que quizá hace mucho tiempo no entran en una iglesia, pero todavía conservan en lo profundo del corazón alguna pregunta sobre Dios.

Por eso la Iglesia está llamada a estar allí. No porque las redes estén de moda, ni porque tengamos que ocupar todos los espacios, sino porque allí están las personas. Y donde hay una persona que busca, que pregunta, que sufre, que ama o que espera, allí hay un lugar para la misión.

La primera lectura nos ofrece una imagen hermosa. Ezequiel contempla la gloria del Señor que vuelve y llena el templo. Dios quiere permanecer en medio de su pueblo, habitar su historia, hacerse cercano. Ese es también el sentido de toda evangelización: ayudar a que alguien descubra que Dios no está lejos, que sigue entrando en nuestra historia y buscando un lugar en el corazón humano.

Entonces surge una pregunta que no podemos evitar: ¿cómo debemos habitar los cristianos este nuevo territorio digital? El Evangelio de hoy nos ayuda a responder. Jesús pronuncia una frase fuerte sobre quienes enseñan la ley: «dicen, pero no hacen». Esta palabra debería tocarnos especialmente a quienes, de una u otra manera, hablamos de Dios.

Porque podemos publicar sobre la oración y rezar poco; hablar de misericordia y responder con dureza; pedir comunión mientras alimentamos enfrentamientos; defender la verdad y hacerlo sin caridad. Podemos incluso hablar de humildad mientras esperamos secretamente el reconocimiento de los demás.

Aquí comienza la verdadera misión digital. No en una cámara, ni en una plataforma, ni en una estrategia de comunicación. Comienza en la coherencia de nuestra propia vida.

El Evangelio necesita buenos comunicadores, pero necesita, sobre todo, testigos. Pienso en san Pablo. Él comprendió que la Buena Noticia no podía permanecer encerrada en los lugares conocidos. Recorrió caminos, atravesó mares, entró en ciudades nuevas y dialogó con personas que pensaban de manera muy distinta. Cuando llegó a Atenas fue hasta el Areópago, donde se discutían las ideas y las grandes preguntas de su tiempo.

Pablo fue donde estaba la gente. Observó, escuchó, intentó comprender aquella cultura y desde allí anunció a Jesucristo. No escondió su fe para ser aceptado, pero tampoco llegó despreciando a quienes pensaban diferente.

Nuestro Areópago tiene hoy también una dimensión digital. Necesitamos entrar en él con esa misma actitud: escuchar antes de hablar, comprender antes de juzgar y anunciar con fidelidad aquello que hemos recibido.

Pero ¿cómo evangeliza concretamente un misionero digital? Ante todo, haciéndose próximo. No comienza preguntándose cómo conseguir más seguidores, sino cómo acercarse mejor a las personas. Escucha las preguntas que realmente se están haciendo, aprende su lenguaje sin disfrazar el Evangelio, dialoga, propone y acompaña. Puede utilizar una fotografía, un video, una historia, el arte o incluso el humor para abrir una puerta, pero nunca confunde el medio con el mensaje.

Y hay algo que no deberíamos olvidar: detrás de cada pantalla hay un rostro.

No evangelizamos números, perfiles ni estadísticas. Nos dirigimos a personas concretas, con una historia, heridas, preguntas y esperanzas. Por eso el misionero digital no llega solamente para hablar. También escucha. Se detiene. Acompaña. Su tarea no consiste en conquistar un espacio, sino en favorecer un encuentro.

Y precisamente porque este territorio ofrece posibilidades extraordinarias, debemos reconocer también sus riesgos. Puede suceder algo paradójico: que creamos estar evangelizando las redes y, sin darnos cuenta, sean las redes las que comiencen a cambiar nuestra manera de evangelizar.

Uno de esos riesgos es la prisa. Todo parece exigir una reacción inmediata: responder, comentar, publicar, tomar posición. El discípulo, en cambio, necesita discernimiento. No todo requiere nuestra opinión y no toda polémica merece nuestra participación. Algunas veces una palabra serena construye; otras, el silencio prudente es el mejor servicio.

Está también la superficialidad. Las plataformas favorecen lo rápido, mientras la vida humana está llena de preguntas que necesitan tiempo. Tenemos que aprender a comunicar con sencillez, pero no podemos empobrecer la fe para conseguir atención. Hay dolores que no caben en treinta segundos y preguntas que necesitan estudio, escucha y acompañamiento.

Otro riesgo es la confrontación. Personas que probablemente podrían conversar serenamente frente a frente terminan tratándose como enemigos detrás de una pantalla. Y los cristianos no estamos libres de esa tentación.

El salmo nos ofrece otro camino: «La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan».

Podemos ser claros sin humillar. Podemos defender nuestras convicciones sin convertir al otro en enemigo. Podemos corregir sin herir.

Porque podemos ganar una discusión y perder a un hermano. Esto adquiere una importancia especial cuando entramos en cuestiones que suscitan fuertes debates en nuestra sociedad: la defensa de la vida, el aborto, la eutanasia, el matrimonio, las uniones entre personas del mismo sexo, la fecundación in vitro y otros asuntos relacionados con la dignidad humana, la sexualidad y la familia.

En estos temas, un evangelizador no puede improvisar.Vivimos rodeados de opiniones. En pocos minutos podemos escuchar afirmaciones completamente contradictorias, incluso de personas que hablan en nombre de la Iglesia. Por eso quien asume públicamente la responsabilidad de evangelizar necesita formación. No basta tener buena voluntad. No basta comunicar bien. No basta tener miles de seguidores.

Hay que formarse. Un misionero digital necesita conocer la Sagrada Escritura, el Catecismo y el Magisterio de la Iglesia. Necesita ir a las fuentes, leer los documentos, estudiar y no conformarse con aquello que alguien resumió en un video o publicó en una red social.

Y cuando no sabemos suficientemente sobre un tema, debemos tener la humildad de reconocerlo. Decir «no sé» no disminuye nuestra autoridad. A veces demuestra responsabilidad.

Necesitamos distinguir también entre nuestra opinión y la enseñanza de la Iglesia. Quien evangeliza no puede presentar sus preferencias personales como si fueran doctrina, ni acomodar la doctrina para conseguir aceptación.

No somos propietarios del Evangelio. Somos servidores de una Palabra que hemos recibido. Pero la fidelidad nunca puede separarse de la cercanía.

Cuando hablamos de la defensa de la vida desde su comienzo, no defendemos una consigna, sino la dignidad de una vida humana. Pero quizá entre quienes nos escuchan hay una mujer que lleva durante años el dolor de un aborto. Necesita conocer lo que creemos, pero necesita también encontrar una Iglesia capaz de acompañarla y mostrarle la misericordia de Dios.

Cuando presentamos la enseñanza cristiana sobre el matrimonio y la sexualidad, debemos hacerlo con claridad, pero jamás utilizando la fe para despreciar a una persona homosexual. Y cuando explicamos la enseñanza moral de la Iglesia sobre la fecundación in vitro, debemos recordar que quizá nos escucha un matrimonio que lleva años sufriendo porque no logra tener un hijo.

La verdad cristiana nunca necesita de la crueldad para ser verdad. Estamos llamados a proponer, explicar y acompañar. No esconder aquello que creemos para evitar críticas, pero tampoco utilizar la doctrina como una piedra contra las personas.

Jesús nunca necesitó humillar a nadie para anunciar la verdad. Y aquí aparece otro desafío particularmente actual. Sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos evangelizadores pueden llegar hoy a miles, incluso a millones de personas. Nuestra cultura los llama influencers.

¿Puede un cristiano ser influencer? Claro que sí.

Tener influencia no es el problema. La pregunta es: ¿qué hacemos con ella y hacia quién conducimos a quienes nos escuchan?

Un sacerdote no deja de ser sacerdote cuando enciende una cámara. Una religiosa no deja su consagración cuando entra en una plataforma. Un laico no deja su bautismo cuando abre una red social. No podemos tener una identidad para la iglesia y otra para la pantalla.

Y aquí el Evangelio vuelve a ser sorprendentemente actual. Jesús advierte sobre quienes hacen las cosas para ser vistos, buscan los primeros puestos y disfrutan del reconocimiento. Hoy esos primeros puestos tienen otros nombres: seguidores, visualizaciones, reacciones, alcance.

Nada de eso es malo. Si anunciamos una Buena Noticia, queremos que llegue lejos. El peligro aparece cuando comenzamos anunciando a Cristo y terminamos construyendo nuestra propia imagen.

Hay una diferencia profunda entre tener seguidores y ayudar a formar discípulos.Quizá convenga preguntarnos alguna vez: si mañana desapareciera mi cuenta, ¿qué quedaría en quienes me siguieron?

¿Mi nombre, mis opiniones, mi personalidad? ¿O habría quedado en alguien el deseo de rezar, de volver a la Eucaristía, de reconciliarse, de servir o de conocer mejor a Jesucristo?

Para sacerdotes y personas consagradas existe aquí una responsabilidad particular. La cercanía es buena, la espontaneidad ayuda y el humor puede abrir puertas, pero no podemos convertir nuestra vocación en espectáculo.

No todo tiene que mostrarse. Hay historias que no nos pertenecen. Hay experiencias pastorales que debemos custodiar. Hay momentos de oración que necesitan permanecer solamente entre Dios y nosotros.

Todo misionero digital necesita una parte de su vida que nadie vea. Necesita apagar el teléfono y rezar sin pensar en la próxima publicación. Escuchar la Palabra sin preguntarse inmediatamente qué contenido puede obtener de ella. Necesita comunidad, acompañamiento y personas capaces de corregirlo con libertad. Quien habla mucho de Dios necesita, todavía más, hablar con Dios.

Y ustedes, queridos laicos evangelizadores, tienen una misión insustituible. No necesitan imitar al sacerdote. Están llamados a llevar el Evangelio precisamente a los ambientes que conocen desde dentro: la familia, la universidad, el trabajo, los medios de comunicación, la cultura, la ciencia, el arte, el deporte y la vida pública.

Un joven puede llegar al corazón de otro joven de una manera que quizá nosotros no podemos. Un matrimonio puede mostrar la belleza y también las luchas reales de construir una familia. Un profesional puede dar testimonio mediante su honestidad. Un comunicador puede buscar la verdad respetando la dignidad de las personas. Un artista puede abrir caminos hacia la belleza.

Y muchas veces evangelizar no comenzará con un discurso religioso. Escuchar con paciencia puede ser misión. Negarse a compartir una información falsa puede ser testimonio. Defender a quien está siendo humillado, reconocer un error o tratar con respeto a quien piensa distinto puede decir mucho sobre el Dios en quien creemos.

Tenemos vocaciones diferentes, pero compartimos algo fundamental: antes de ser evangelizadores somos discípulos. Jesús nos recuerda hoy: «Uno solo es vuestro maestro» y «todos vosotros sois hermanos». También en las redes somos hermanos.

No competidores por una audiencia. No pequeños grupos católicos enfrentados para demostrar quién posee la razón. Podemos tener carismas y sensibilidades distintas, pero servimos al mismo Señor.

La misión digital debe ayudarnos a tejer comunión, no a levantar nuevas trincheras. Y no quisiera que nos quedáramos solamente con los riesgos. Esta misión tiene también gozos muy grandes.

Qué alegría cuando alguien vuelve a rezar después de muchos años; cuando una persona encuentra una comunidad; cuando un joven comienza a preguntarse por su vocación; cuando alguien que atraviesa una noche difícil encuentra una palabra que le devuelve esperanza.

Muchas veces nunca conoceremos el fruto de aquello que sembramos. No importa. El sembrador deposita la semilla y confía. No todo fruto puede medirse con estadísticas.

Pero la misión tampoco puede terminar en una pantalla. El mundo digital puede abrir una puerta, pero no puede convertirse en la casa. La fe necesita encuentro, comunidad, sacramentos y servicio. Necesita personas capaces de mirarse a los ojos. Necesita esta Eucaristía que hoy estamos celebrando.

Nuestro desafío es ayudar a pasar de la conexión al encuentro y del encuentro a la comunión.Quizá esta sea una hermosa imagen para comprender al misionero digital: un constructor de puentes. Entre una pregunta y una comunidad que pueda acompañarla; entre una herida y una palabra de esperanza; entre quien se siente lejos y una Iglesia que sale a su encuentro; entre la búsqueda del corazón humano y Jesucristo.

Pero un puente no se construye para que las personas se queden sobre él. Sirve para ayudarlas a llegar al otro lado. También nosotros tenemos que aprender a hacernos a un lado.

Por eso el Evangelio termina hoy con una frase que puede resumir toda nuestra misión: «El primero entre vosotros será vuestro servidor». Ahí está la verdadera medida de nuestra influencia.

No en cuánto conseguimos que nos miren, sino en cuánto servimos. No en cuántas personas conocen nuestro nombre, sino en cuántas encontraron esperanza. No en cuánto crece nuestra imagen, sino en cuánto espacio dejamos para Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, entren sin miedo en este nuevo territorio. Pero entren preparados. Fórmense, estudien, vayan a las fuentes, conozcan el Magisterio de la Iglesia y escuchen con atención las preguntas de nuestro tiempo.

Sean creativos, cercanos y profundamente humanos. No escondan la verdad por miedo a perder seguidores, pero tampoco la conviertan en un arma.

Que el sacerdote siga siendo pastor cuando enciende una cámara. Que la religiosa y el religioso conserven la hondura y la alegría de su consagración. Que el laico lleve consigo la riqueza de su bautismo. Y que todos recordemos algo muy sencillo: antes de tener seguidores, somos seguidores de Jesucristo.

Al final, quizá nadie recuerde cuántas personas nos seguían ni cuántas veces fue visto aquello que publicamos. Quedará una pregunta mucho más importante:

¿Fuimos fieles al Evangelio que propusimos a los demás? ¿Nuestra vida sostuvo nuestras palabras? ¿Dijimos la verdad con caridad? ¿Construimos comunión? ¿Ayudamos a alguien a encontrarse con Jesucristo?

Juan el Bautista nos dejó una regla que también puede acompañar nuestra presencia en el mundo digital: «Él tiene que crecer y yo tengo que disminuir».

Que Cristo crezca. Que nosotros sepamos hacernos a un lado. Que nuestra voz ayude a escuchar la suya.

Y que un día podamos descubrir que, detrás de una pantalla, en un lugar que nunca conocimos y en el corazón de una persona cuyo nombre quizá jamás supimos, una pequeña semilla sembrada con fidelidad y amor ayudó a alguien a volver los ojos hacia Dios.

Entonces habrá valido la pena.

Amén.

Monseñor Javier Román Arias

Obispo de Limón

Presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica

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