

A un sacerdote se le cayó una hostia consagrada en la Iglesia de San Antonio, en Sokóka, Polonia, el 12 de octubre de 2008. Como corresponde, la recogió y la colocó en un recipiente con agua para que se disolviera. Una semana después cuando vieron el recipiente notaron que tenía adheridos coágulos rojos.
En 2019, los estudios científicos concluyeron que los elementos encontrados eran compatibles con los tejidos de un corazón humano (miocardio) y que inexplicablemente se mantenían conservados. Este hecho es considerado uno de los primeros milagros eucarísticos del siglo XXI. Como este, ha habido otros hechos similares desde hace siglos.
La razón por la que la Organización Mundial de la Salud designó en 2005 un día especial para dar las gracias a los donantes de sangre y alentar a quienes todavía no han donado a que lo hagan es porque la única forma de asegurar un suministro suficiente de sangre segura es mediante donaciones regulares no remuneradas.
“Un elemento de nuestro cuerpo puede ser la clave de vida para muchas personas, donar sangre no es solamente una buena obra, es más que eso, es donar vida”, afirma Stiven Valerio, seminarista de la diócesis de San Isidro y donador de sangre desde hace cinco años.
Con motivo del Día Mundial del Donante de Sangre, este 14 de junio, el seminarista compartió que en su deseo por hacer alguna obra buena por los demás, específicamente donar sangre, al principio existió miedo, prejuicios e incluso falta de iniciativa, sin embargo, tras su ingreso al seminario participó de esta experiencia de donación junto con sus compañeros, que también lo hacen dos veces al año.
“Cuanto hiciste a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hiciste” (Mt 25, 40), como dice el Señor, es uno de los pasajes con que este joven motiva a donar sangre.