

Tener cinco años de edad, ver una película sobre el Padre Pío, levantarse y decir en voz alta: “¡Yo también quiero ser sacerdote!”. Trabajar durante 10 años en enfermería y no poder ignorar el llamado del Señor. Hacerse preguntas existenciales durante la adolescencia o empezar a servir en la Iglesia desde muy pequeño.