

Esta frase del Evangelio (Mt 25,36) resuena en el corazón de quienes, dentro de la Iglesia, han hecho suyo el apostolado de la Pastoral Penitenciaria. Hombres y mujeres que sirven a Cristo en las cárceles del país, llevando esperanza donde todo parece perdido, y animando una fe capaz de transformar los corazones y convertir el mal en bien, porque “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20).