La fe en Corea del Sur llegó de una manera muy particular, no a través de sacerdotes o misioneros, sino por medio de jóvenes laicos. Sí, jóvenes laicos que en su deseo de saber leían libros de ciencia, filosofía y… religión. Así conocieron de Cristo y la fe cristiana.
La comunidad católica en Corea del Sur se multiplicó por seis en las últimas décadas, pues pasó de un millón de fieles en 1975 a superar los seis millones en la actualidad (10% de la población).
En general, el crecimiento del cristianismo en ese país ha sido notable en los últimos años, donde pasó de ser una creencia marginal a una de las predominantes, ya que representa el 30% de la población.
El Papa Francisco, de hecho, visitó Corea del Sur en 2014 y escogió esa nación para ser la sede de la Jornada Mundial de la Juventud 2027. Se trata de una iglesia que surgió en medio de la persecución y el martirio, ejemplo de esto son los 124 mártires coreanos asesinados por odio a la fe entre 1791 y 1888, pero que resistió y hoy crece.
Monseñor René Dupont, miembro de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París desde 1953 y primer obispo de Andong, escribió un artículo, con motivo de la visita que hizo el Papa Francisco, para contar cómo el mensaje de Cristo llegó a estos lares.
Explica que todo empezó hace más de 230 años, por entonces la Revolución Francesa estaba apunto de estallar. Corea estaba bajo el yugo del Imperio Chino. La corte del emperador mandaba a traer europeos, especialistas en ciencias de la época, en geografía, astronomía, matemáticas… Y estos solían ser sacerdotes católicos.
Jóvenes deseosos de conocimiento
Por entonces, el gobierno coreano cerraba herméticamente las puertas al exterior. Sin embargo, los jóvenes, deseosos de aprender nuevos conocimientos y servir a su país, se pasaban libros chinos secretamente.
Algunos de estos resultaban ser cristianos, escritos dos siglos antes por el gran misionero italiano, el Padre Matteo Ricci y sus compañeros jesuitas. Monseñor Dupont explica que estos muchachos también tenían ideas políticas detrás, pero, sobre todo, deseaban formarse.
“Un tal Hong Yuhan, por ejemplo, que nunca recibió el bautismo, leyó varios libros cristianos ¡y desde el principio le conquistaron! Hasta el punto de tomar, por su cuenta, hábitos de oración; incluso celebraba, a su manera, una vez a la semana un “día del Señor” y ponía en práctica la caridad compartiendo generosamente sus bienes”.
San Andrés Kim, el primer sacerdote coreano, muerto mártir 70 años más tarde, dijo de él que fue “el primer coreano que practicó la religión cristiana”, lo cual no es del todo exacto, porque dos siglos antes, en las camionetas de un ejército japonés invasor, varios misioneros extranjeros habían bautizado a coreanos, pero… ironías del destino –o más bien sonrisa del Buen Dios-, ¡estos primeros cristianos desaparecieron sin dejar rastro!
Otro, un tal Lee Byeok, va más lejos. Fascinado de alguna manera por el cristianismo que vislumbró en los libros, quiso saber más. Sin embargo, para saber más había que ir a China, a Pekín, y encontrarse allí con alguno de estos “sabios” occidentales.
Para ello era del todo necesario formar parte del grupo de embajadores nombrados por el rey que iban, al final de cada año lunar, a mostrar lealtad al emperador de China y recibir de él el calendario del año siguiente.
Como no era posible hacerse nombrar él mismo, tuvo la idea de dirigirse a un joven amigo de su edad que debía acompañar a su padre nombrado secretario de embajada. Ese amigo se llamaba Lee Seung-hun: tenía 27 años.
Lee Byeok le mostró los libros que tenía y le pidió que fuera a buscar otros a Pekín. Incluso le aconsejó hacerse bautizar.
Lee Seung-hun, después de un tiempo de vacilación, acabó aceptando. Y así fue como en Pekín se encontró con tres jesuitas: un portugués, el padre D’Almeida, y dos franceses, los padres Grammont y De Ventavon. Como no hablaban el mismo idioma, pero conocían algunos caracteres chinos, se entendían por escrito.
Él pidió el bautismo y fue el padre Grammont quien emprendió la enseñanza. Lee Seung-hun fue bautizado por el padre Grammont, que le puso el nombre de Pedro para que fuera la piedra angular de la Iglesia coreana.
Cuando regresó a Corea traía consigo no solo libros de ciencia, sino también de religión. Su amigo Lee Byeok y otros se lanzaron de cabeza al estudio del cristianismo, hasta tal punto que a principios del invierno de 1784, Pedro Lee consideró que podía bautizar a los tres más avanzados, entre ellos Lee Byeok.
La comunidad creyente comenzó a crecer de a poco. Empezaron a traducir libros de oraciones y a distribuirlos, creaban canciones y relatos para niños, con la idea de compartir su fe.
No obstante, las autoridades se dieron cuenta. Un día, un grupo de policías irrumpió violentamente en la casa de un hombre, Thomas Kim, donde se reunían cristianos en Seúl. En ese lugar, por cierto, se erigió la actual Catedral de Seúl.
Al parecer los policías creían que se trataba de una banda de traficantes. En todo caso, Thomas Kim fue enviado al exilio y las autoridades ya tenían sus ojos puestos en los llamados cristianos.
Pedro Lee (Lee Seung-hun) dio a conocer estas noticias al Padre Grammont a través de otro amigo que formaba parte de la embajada. Este último volvió con todavía más libros, que fueron confiscados en la frontera por las autoridades. Ya para entonces había comenzado la persecución… Pero hoy la fe vive en Corea del Sur.
















