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Lunes, 02 Noviembre 2026
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Ante la decisión del Gobierno de la República de no suscribir la adhesión de Costa Rica al Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP)

San José, 29 de octubre de 2026

  1. Los obispos de la Conferencia Episcopal de Costa Rica, como pastores que acompañamos la vida cotidiana de las personas y de nuestras comunidades, hemos seguido con atención y oración el debate nacional sobre la eventual adhesión del país al Acuerdo Transpacífico. El 28 de octubre, la señora Presidente de la República, Laura Fernández Delgado, anunció la decisión de no firmar el protocolo de adhesión y de archivar el proceso, cuyas negociaciones habían concluido sustancialmente en mayo de este año.

Acogemos la decisión con serenidad.

  1. Recibimos con respeto y esperanza esta decisión, porque responde al clamor de miles de familias productoras que, durante meses, pidieron ser escuchadas y conocer con claridad las condiciones de un acuerdo que podía afectar su sustento y poner en riesgo los medios para asegurar la vida. En nuestra Carta Pastoral Colectiva de abril de este año señalamos que el campo es «un sector cada vez más olvidado por el Estado y su institucionalidad» y pedimos fortalecer el diálogo con los agricultores (Conferencia Episcopal de Costa Rica [CECOR], 2026, nn. 45–47). La transparencia y la participación de los sectores afectados no son un trámite: son una exigencia de la dignidad de las personas y del bien común, como principios éticos para vivir en sociedad.

“Bendito sea Dios… que nos ha hecho renacer a una esperanza viva por la resurrección de Jesucristo.” (1 Pe 1,3)

Con profunda alegría pascual elevamos nuestra voz para anunciar la Buena Noticia que nunca envejece: el Señor ha vencido la muerte, y con Él, también son sanadas nuestras heridas, vencidos nuestros miedos y todo aquello que parece quitarnos la paz. En medio de nuestras realidades cotidianas, con sus luces y sombras, la Pascua irrumpe como un anuncio de vida nueva, de alegría profunda y de esperanza que no defrauda.

En la Resurrección del Señor encontramos la luz que disipa toda oscuridad, la fuerza que nos levanta de nuestras caídas y la certeza de que el amor de Dios es más fuerte que el pecado, el dolor y la muerte. Es un acontecimiento que transforma la historia y toca nuestras vidas hoy. En el Señor resucitado, Dios ha pronunciado su palabra definitiva sobre la humanidad: no estamos hechos para la muerte, ni para la desesperanza, ni para el sinsentido, sino para la vida plena, la comunión y la eternidad.

“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14)

Con la celebración de la Navidad del Señor, corazón de la fe cristiana, exultamos de gozo; y al acercarnos a la conclusión del Jubileo, tiempo especial de gracia, reconciliación y renovación espiritual, los obispos de Costa Rica dirigimos una palabra de esperanza, discernimiento y responsabilidad a todo el Pueblo de Dios y a la sociedad costarricense.

  1. La Navidad: Dios se hace cercano a la humanidad herida 

Mensaje de los obispos de la Conferencia Episcopal de Costa Rica para la Pascua 2025

Como pastores de la Iglesia que peregrina en Costa Rica, queremos saludarlos, con profundo gozo, con las mismas palabras utilizadas durante la Pascua por las primeras comunidades cristianas: ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!, este saludo es a la vez el anuncio de la gran noticia que ha transformado la historia, porque la victoria de Cristo sobre la muerte es el centro de nuestra fe, la fuente de nuestra alegría y el fundamento firme de nuestra esperanza.

Este anuncio resuena con fuerza en el Jubileo, convocado por el Papa Francisco, en el que estamos llamados a reavivar la certeza de que no caminamos solos, que Dios no abandona a su pueblo, y que la luz de la Resurrección de Cristo ilumina incluso las noches más oscuras.

En la Resurrección de Jesucristo, Dios ha inaugurado un mundo nuevo. Ahí donde parecía haber fracaso, resplandece la victoria; donde reinaba el pecado, brota la gracia; donde todo parecía perdido, la vida ha vencido. Esta es la fuerza transformadora de la Pascua: Cristo Resucitado ha abierto el camino de vida para toda la humanidad, y su Espíritu nos impulsa a caminar en esperanza, a construir la paz, a vivir en comunión, a amar sin medida.

Este anuncio no se queda en los templos. Interpela a toda la sociedad. Como obispos de Costa Rica, queremos compartir con cada persona de buena voluntad esta esperanza que nos habita. Sabemos que nuestra patria enfrenta desafíos profundos: violencia que se incrementa, pobreza que golpea a muchas familias, crisis de valores y de sentido, indiferencia ante el sufrimiento del prójimo... 

Pero, ante estas realidades, como discípulos del Resucitado, no podemos quedarnos paralizados ni resignados. Reconocemos con el Papa Francisco que: "La Pascua es la fiesta de la esperanza que nos saca de la resignación. No hay situaciones irreversibles, porque Cristo ha resucitado y nos abre un camino nuevo" (Homilía Pascua 2023). "La esperanza cristiana no es un simple optimismo, es el fuego que Cristo enciende en nosotros para transformar la historia" (Audiencia General, 2017). 

Mensaje de los Obispos de la Conferencia Episcopal en la Jornada de la Vida por Nacer:

Hoy, 25 de marzo, conmemoramos la Solemnidad de la Anunciación del Arcángel Gabriel a la Virgen María y la encarnación en ella del Hijo de Dios. María, una joven comprometida con el justo José, enfrenta una situación de escándalo, queda embarazada sin la intervención de un varón, por obra del Espíritu Santo. Un embarazo en crisis, marcado por el dolor y la incertidumbre según los hombres, pero acontecimiento en el que Dios sale al encuentro de María y José, iluminando el corazón de él a través de un sueño, en el que el ángel le revela la grandeza del misterio que está sucediendo.

Coincidiendo con la solemnidad de la Encarnación del Señor celebramos la Jornada de la Vida por Nacer. Elevamos hoy nuestra voz para proclamar con alegría y convicción la dignidad inviolable de toda vida humana desde el momento de la concepción. La vida es un don sagrado de Dios, un regalo que hemos de acoger, proteger y promover con amor y responsabilidad.

En una sociedad donde la cultura del descarte amenaza especialmente a los más vulnerables, queremos reafirmar nuestro compromiso inquebrantable con la vida, particularmente con aquella que está por nacer y que muchas veces no tiene quien la defienda. La Iglesia, fiel al Evangelio de la vida, sigue proclamando que cada ser humano, sin importar su condición o etapa de desarrollo, es un hijo amado de Dios y merece ser acogido con respeto y ternura.

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