En la Navidad, Dios se hace cercano, pobre y vulnerable. El Hijo de Dios entra en la fragilidad de la condición humana, nace pobre entre los pobres, se inserta en la historia concreta de la humanidad y se solidariza con toda forma de sufrimiento, asume las heridas de la humanidad y las transforma desde dentro con la fuerza del amor: la pobreza que excluye, la violencia que desfigura la convivencia, la soledad que hiere a tantos hogares, la incertidumbre de muchos jóvenes y el cansancio de quienes luchan cada día por salir adelante.
Por ello, celebrar auténticamente la Navidad exige abrir los ojos y el corazón a las heridas de nuestro pueblo y comprometernos, como Iglesia y como sociedad, a ser instrumentos de consuelo, justicia y esperanza para quienes más lo necesitan. La Encarnación del Hijo de Dios ilumina la historia concreta de los pueblos y llama a los creyentes a asumir su responsabilidad en la construcción de una sociedad más justa, solidaria y fraterna.
- El Jubileo: un llamado a la conversión personal y social
El Jubileo que hemos celebrado nos ha invitado a volver a Dios, a reconciliarnos entre nosotros y a renovar nuestro compromiso con la justicia, la misericordia y la esperanza. Ha sido un tiempo para experimentar el perdón, para sanar memorias heridas y para reavivar la fe en medio de un mundo marcado por la incertidumbre.
Al concluir este tiempo jubilar, sentimos el deber pastoral de recordar que sus frutos no pueden quedarse solo en celebraciones litúrgicas o gestos simbólicos. Estamos llamados a traducirlos en gestos concretos de fraternidad, de compromiso social y de construcción del bien común. El Jubileo nos compromete a una conversión que tenga consecuencias sociales, a revisar estilos de vida, estructuras injustas y actitudes que generan polarización, exclusión, corrupción o indiferencia ante el sufrimiento ajeno.
A la comunidad eclesial la animamos a ser signo creíble de esperanza, fortaleciendo la vida fraterna, el compromiso misionero y la cercanía a quienes más sufren. Que las parroquias, comunidades, movimientos y obras eclesiales sean espacios donde se cultive el diálogo y la cultura del encuentro.
Anhelamos la paz. El Papa León XIV en su mensaje por la Jornada por la paz del próximo 1 de enero, al hablarnos de la paz de Cristo nos dice: “La paz existe, quiere habitar en nosotros, tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, resiste a la violencia y la vence. La paz tiene el aliento de lo eterno”.
Al concluir el Jubileo, renovamos nuestra fe en que Dios camina con su pueblo y nos llama a ser artesanos de paz y reconciliación, custodios de la vida y servidores del bien común.
Que la Navidad del Señor renueve el corazón de nuestra nación y nos impulse a caminar juntos con esperanza. Al contemplar al Niño Dios, Príncipe de la Paz, confiamos a Él el presente y el futuro de Costa Rica. Que su luz fortalezca a quienes trabajan por la justicia; consuele a quienes sufren; y despierte, en todos, el deseo de construir una patria más humana y solidaria.
Lunes 22 de diciembre de 2025.
Obispos de Costa Rica











