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¡Gesú, ti amo!

By Mons. Vittorino Girardi S. Marzo 06, 2023

La Hermana enfermera que atendía a Benedicto XVI, nos ha asegurado que las últimas palabras inteligibles, que él pronunció antes de dar el último respiro, fueron “¡Jesús, te amo!” ¡Modo sublime y envidiable de entregarse definitivamente al Señor!

Hay, sin embargo, un detalle: Benedicto XVI pronunció esa última declaración, de amor y confianza, en italiano (¡Gesú, ti amo!), no en alemán, que es su idioma materno. Es un detalle que nos invita, sin embargo, a entrar y comprender de la delicada y respetuosa humildad de José Ratzinger.

El personal que lo atendía durante los casi diez años, en el monasterio Mater Ecclesiae, en el Vaticano, hablaba en italiano y él, como expresión de respeto y gratitud, siempre usaba ese idioma. Inclusive para su Testamento espiritual, Benedicto XVI usó el italiano… Son unos detalles, entre tantos, que manifiestan una constante actitud que caracterizó la entera vida de José Ratzinger: la de una extrema y humilde bondad y de máximo respeto hacia todos.

Yo mismo lo experimenté en los varios encuentros que, providencialmente, tuve la oportunidad (mejor diría, la gracia) de tener con él. Me costaba no poco que tales encuentros se terminaran.

Baste esta anécdota. En una ocasión le comenté: “Santidad, yo he empezado siendo discípulo suyo, joven sacerdote, desde 1975, cuando leí un texto con los mensajes que su Santidad daba por la radio católica de Mónaco-Frisinga”. Él, con actitud de plena y a la vez humilde aprobación, me sorprendió diciéndome: “¡Ah, entonces, hace tiempo que caminamos juntos!”

Obviamente no se trataba sólo de expresiones “educadas”, sino, de palabras y actitudes propias de una persona, de un cristiano, que ya había logrado ir a lo que llamaríamos “fondo de toda la realidad”, a saber, que Dios es amor y que lo que hagamos al “más pequeño”, lo hacemos a Cristo (cfr. Mt 25, 40).

El Papa Benedicto, con una mirada sinóptica, única, había aprendido a ver a Dios y simultáneamente verle en cada persona, en cuanto que destinataria y depositaria del infinito amor de Dios. El Papa Benedicto consideraba entonces, a cada persona, como signo y “sacramento” de la presencia de Cristo y de su amor.

Es muy conocida y comentada la afortunada afirmación del Concilio Vaticano II, en que se declara que “el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo con todo ser humano” (GS 22)… El misterio de la encarnación ha sido el constante punto de referencia para iluminar el actuar del Papa Benedicto XVI en relación con cada hermano y hermana.

Aún con el riesgo de parecer “infantil”, confieso que, después de encontrarme con él, espontáneo me brotaba preguntarme a mí mismo: ¿así me hubiese tratado Jesús?

El Papa Benedicto vivía con la convicción hecha vida de que el valor del ser humano es infinito, como es infinito Dios y el amor con que Él nos ama.

 

Primacía del amor

 

En su primera encíclica Deus caritas est (Dios es amor), con un tono inevitablemente autobiográfico, el Papa Benedicto nos ha afirmado, con fuerza, cuál es el camino que nos lleva a la absoluta primacía del amor a Dios y, entonces, a toda persona; y escribe: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una grande idea, sino, por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida, y con ello, una orientación decisiva” (DCE 1).

Como lo diría Romano Guardini, el destacado educador y teólogo al que J. Ratzinger con cierta frecuencia hacía referencia, se trata de la más sublime de todas las gracias. “Ella consiste en ir enamorándose de Cristo Jesús, el hijo de María, el carpintero de Nazareth, con quien nos sentimos vinculados y atados como nos sentiríamos unidos vitalmente con una persona concreta, de carne y hueso”. Esa es la progresiva consecuencia cuando se da el “acontecer del encuentro”.

Se trata del “Amor meus et pondus meum” (mi Amor y mi peso) que había fascinado la joven existencia de San Agustín y a quien el joven José Ratzinger había escogido como maestro. Cuando acontece la experiencia del “peso” de Dios en nuestra vida, nos sentimos como arrastrados y conquistados por ese amor “excesivo” que encuentra en el Corazón traspasado de Jesús, su medida definitiva y, entonces, es cuando ya no se considera ni se percibe la “vida cristiana” como un conjunto de deberes, bajo la amenaza del castigo, sino, ante todo, como un don inmerecido y extraordinario de Dios Padre, a nosotros sus hijos… El cristianismo, ha afirmado y escrito, el Papa Benedicto, es ante todo, “la historia del amor de Dios a la humanidad”.

Ha sido en esta lógica del encuentro con el Amor, que es el encuentro con Cristo, y de la profunda convicción de que Dios ha tomado una única decisión, a saber, la de “hacerlo todo en favor del hombre, pero nada sin contar con él” que dio razón a que el Papa Benedicto en el día 24.IV.2005, en que dio comienza a su servicio como sucesor de Pedro nos “gritara”: “¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!... Quien deja entrar a Cristo, no pierde nada, nada -absolutamente nada- de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grande potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera… ¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo. Sí, abran de par en par las puertas a Cristo y, encontrarán la verdadera vida”.

 

Valores y enseñanzas

 

En este “grito” resuenan los grandes valores y temas de las enseñanzas de Benedicto XVI: la vida, la verdad, la libertad, la belleza, la alegría… Valores que sólo pueden ser alcanzados y asegurados por un auténtico y determinante encuentro y amistad con Cristo. En Cristo lo encontramos todo, nos ha repetido, de muchas maneras, Benedicto XVI, haciendo suya esa afirmación de San Ambrosio. “La fe da gozo -declaró en una entrevista-. Cuando Dios, el Dios de Jesucristo, no está en el mundo, éste queda desolado y todo se vuelve aburrido. Todo es completamente insatisfactorio. Es fácil ver hoy cómo un mundo vacío de Dios, se consume a sí mismo, y cada vez más se hace un mundo sin alegría. La gran alegría proviene del hecho de que hay un gran amor y ése es el mensaje esencial de nuestra fe, a saber, que somos radicalmente amados”.

El teólogo -el místico, diría yo- José Ratzinger estaba íntimamente convencido de que “todo ha sido querido y creado para que pueda acontecer esta historia, la del encuentro entre Dios y su creatura”. Y para que se diera ese encuentro, el Papa Benedicto XVI se atrevió a afirmar y a escribir (en su primera encíclica Deus caritas est), que el amor de Dios hacia nosotros todos, le ha exigido “ponerse contra sí mismo” dejando que su Hijo, abandonado como “maldito” -diría San Pablo- en la cruz. Y desde ella, -escribió Benedicto XVI-, “Jesús implora el amor de su creatura, y tiene sed del amor de cada uno de nosotros”.

Sin Cristo, que es la luz del mundo, que es verdad y vida, caminaríamos en la obscuridad, sin rumbo, cargados de creciente sufrimiento, hacia la nada de la muerte… Sin embargo, Dios Amor nos alcanza con la propuesta de la Fe, que Benedicto XVI describe como el “toque de la mano de Dios en la noche del mundo, para poder así, en el silencio, oír la Palabra, ver el Amor”.

Ha sido por la fe que, particularmente en el último período de su vida terrena, Benedicto XVI hacía frecuente referencia a la necesidad de abandonarse en los brazos de Jesús en cruz, y afirmaba que “esos brazos nos sostienen siempre, para así atravesar con confianza la oscura puerta de la muerte”.

Esa convicción y confianza hicieron que Santa Teresa del Niño Jesús, en su agonía, murmurara: “Yo no muero, entro en la vida”. Afirmación que el Papa Benedicto hizo suya… Y es que los santos y los místicos, aunque “distantes y distintos”, sorprendentemente, se asemejan.

Concluyendo estos “apuntes”, me pregunto: ¿Y cómo será recordado Benedicto XVI? Hay tantas razones para hacerlo. No son pocos los que afirman que José Ratzinger es el más destacado teólogo del último siglo. De ello dan fe sus numerosas obras, artículos, homilías y documentos pontificios. De él ya se han publicado quince volúmenes que integran todas su obras; y de los quince alguno tiene más de mil páginas.

Sin embargo, me atrevo a pensar y a afirmar que las próximas generaciones volverán a él, particularmente considerándole como al gran maestro de espiritualidad, al místico del amor de Dios para cada uno de nosotros, considerados, en expresión del místico San Bernardo, como “el tesoro de Dios”. José Ratzinger ha sabido penetrar admirablemente en la más luminosa y misteriosa definición de nuestro Dios: “¡Dios es amor!” (1Jn 4,8).

Nos consuela pensar que un día (¿pronto, cuándo?) también Benedicto XVI será declarado Doctor de la Iglesia, consciente, por otra parte, de que nadie en la Iglesia es declarado doctor si a la vez no se le declara santo.

 

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