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Juzgar a una persona no define quién es ella, define quién eres tú

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Familiar, UJPll / Máster en Comunicación Política, UCR Abril 16, 2024

“Tu meta no es ser mejor que alguien, sino ser mejor de lo que solías ser”, Wayne Dyer.

Nos pasamos la vida juzgando a los demás y juzgándonos a nosotros mismos.

Usted y yo, hemos sido a veces severamente juzgados y prejuiciados, por personas que sin conocernos se creyeron esa imagen perversa que sobre nosotros les vendieron, muchas personas caen en la trampa de odiar inocentes y amar al culpable, a veces cuando logran conocer a esa persona que juzgaron comprenden que cometieron una injusticia, cuidado a veces el arrepentimiento llega demasiado tarde, cuando el daño este hecho.

Como Comunicar Político, he visto en el ejercicio de mi profesión como nos venden la imagen de algunas personas,´ por ejemplo de personas ocupan cargos públicos de primer nivel, quienes por meritocracia absoluta llegaron a ocupar esas posiciones, la prensa se hace eco de voces del odio, que nos presentan una imagen distorsionada de la realidad, alejada muchas veces de la esencia y grandeza de la persona juzgada.

Con facilidad fabrican un monstruo de siete cabezas de una persona buena, honesta y capaz, que lo único que desea es realizar un excelente trabajo en la posición que ocupa.

En realidad, las personas que más juzgamos a otros es porque en realidad somos muy duros e exigentes con nosotros mismos.

Nos pasamos el día juzgando o criticando a nuestros familiares, hijos, amigos... políticos, jefes, famosos, ricos y pobres... Y al juzgar parece que nos elevamos por encima de todos ellos, entonando el típico “porque yo no soy así”.

Pero al juzgar, criticar, al emitir palabras llenas de negatividad, en realidad los que nos llenamos de lo negativo somos nosotros mismos. ¿De verdad vale la pena llevar nuestra energía y esfuerzo hacia algo que ni siquiera podemos resolver?

Recuerdo una frase que me dijo un día mi terapeuta: “no te quejes sin más, si lo haces, aporta al menos tres soluciones, y si no, mejor no lo hagas”. Desde entonces cada vez que siento la queja en mí, trato al menos de encontrar algo que aportar al asunto, si no, ¿de qué me sirve quejarme?

La vida es un espejo

Y es que la vida es un espejo. Todo lo que tenemos que sanar dentro de nosotros, lo vemos proyectado en el exterior a través de situaciones, personas, retos, dificultades e incluso enfermedades, por duro que nos parezca.

Últimamente se habla mucho de las personas tóxicas, como si ellos fueran los diablos y nosotros los pobres ángeles. Yo lo tengo muy claro desde hace bastante tiempo: todos somos tóxicos en algún momento de nuestras vidas. Todos hemos hecho daño a alguien, queriendo o sin querer.

Cuando ves a la persona que te grita o te trata mal y te consideras una víctima, en realidad te sientes así porque estás jugando un papel, estás alimentando al verdugo haciéndote la víctima, y mientras permitas que esto suceda, el “tóxico” está jugando su otro papel: te enseña (sin ser consciente de ello, claro) lo que no quieres que te pase, te enseña a ser más valiente, más libre, a alejarte de personas y situaciones que nada te aportan, que te humillan o te maltratan.

¿Y cómo se manifiesta el espejo en tu vida? Muy fácil: si ves reflejado en el exterior una situación injusta hacia ti, probablemente es porque tú mismo estás siendo injusto contigo.

Por eso es tan importante el autoanálisis y la autoaceptación. Aceptar que no eres perfecto, que juzgas en los demás aquello que todavía no has resuelto por dentro.

Dejar de juzgar y de juzgarnos

Bien, puedes decirme, ¿significa esto que todo lo que me pase es por mi propio bien?

En realidad, sí, aunque a priori suene paradójico. Porque todo lo que nos sucede, todas las personas que nos encontramos o rechazamos, incluso la gente que más daño nos hace, todo esto es un aprendizaje para nosotros.

No significa que te resignes, ni mucho menos. Pero si alguien a tu lado te maltrata o te humilla, en lugar de criticar o quejarte, busca la solución, busca tu aprendizaje.

Por ejemplo, valorarte más y no permitir que nadie te haga daño, alejarte de esa persona o decir lo que de verdad sientes, aprender a decir no sin sentirte culpable.

Juzgar a los demás, teniendo o no la información suficiente, siempre será un error. Primero, porque nadie es quien para hacerlo y segundo, porque tal y como dice la psicología, seguramente nos equivocaremos.

Todos hemos caído alguna vez en la terrible trampa de juzgar a los demás.

Pero ¿por qué nos referimos de esta manera a este hecho tan habitual? Cada vez que emitimos un juicio sobre alguien nos convertimos en personas que crean una o varias historias que pueden ser muy lejanas a la realidad que hemos inventado sobre alguien o nos la han fabricado..

Piensa en esa madre que siempre lleva tarde a su hijo al colegio. Quizás empieces a juzgarla como una mala progenitora o una vaga a la que le gusta mucho la cama.

Incluso como una desordenada que no sabe controlar el caos. ¿Te has parado a pensar en si todo esto es verdad? No siempre a falta de una explicación, la que entiendes como más común es la cierta.

La culpa la tiene nuestro ego

La razón por la que juzgamos de esta manera tan precipitada la tiene nuestro propio ego. De forma consciente o inconsciente, necesitamos sentirnos mejores que los demás o manifestar nuestro rechazo ante una determinada actitud. Al juzgar, estamos cerrándole las puertas a la empatía, así como a una explicación mucho más precisa.

Cuando hablamos de ser empáticos con los demás mucha gente dice “sí, yo soy empático”. Si una amiga o amigo se desahoga conmigo y necesita que la escuchen soy capaz de ponerme en su lugar, entenderlos y animarles sin caer en la tentación de juzgarles. Es verdad, eres empático, pero solo con las personas a las que conoces. Con las que no, caes en la trampa.

Suponer es ignorar; ante la duda, pregunta antes que afirmar

Sin embargo, ¿cómo no vamos a tener miedo a preguntar? Al hacerlo, todos nuestros juicios se vendrían abajo, tendríamos que desmontar el esquema que hemos construido en nuestras mentes y quizás nuestro ego se vería afectado.

De alguna manera nos protegemos cayendo en una de las trampas más letales.  Esas que constantemente criticamos.

En conclusión, tendemos a caer en la trampa de juzgar a los demás. Trampa que evitaríamos poniendo conciencia en aquellos procesos que prácticamente ejecutamos de manera automática.

Así, es el momento de mostrar interés por ayudar a los demás, incluso por encontrar una explicación si la necesitamos y no inventárnosla, por tener paciencia y aguardar hasta que podamos construirla o conformarnos si no podemos hacerlo.

Si no queremos que hagan lo mismo con nosotros no deberíamos juzgar a los demás sin un conocimiento previo.

Los prejuicios a veces pueden hacer que nos quedemos sin conocer a personas maravillosas.

Juzgar a una persona no define quien es ella... nos define a nosotros.

 

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