La historia de toda vocación sacerdotal es, en el fondo, una historia pascual, marcada por el misterio de la cruz y de la resurrección. La respuesta al llamado de Cristo se parece mucho al camino de los primeros discípulos; con sus momentos de seguimiento, incertidumbre, alejamiento y reencuentro con el Señor que llama nuevamente a la vida. Concretamente en la vida de un joven que tras iniciar su discernimiento vocacional decide interrumpirlo o le piden hacerlo para posteriormente retomarlo, podemos encontrar algunos de estos momentos que permiten comprender como la historia vocacional se convierte en un signo concreto de la Resurrección de Cristo actuando en su vida. En una relectura del camino vocacional o de la historia de salvación por la que el Señor me ha ido llevando, he querido poner en perspectiva de la resurrección la etapa de mi vida en que decidí salir del seminario y como regreso a la formación inicial luego de un acontecimiento que ha sido crucial en mi vida.
Pasa con frecuencia que en muchas historias vocacionales que el llamado de Dios parece silenciarse, cuando en realidad se encuentra madurando en lo profundo de su corazón en medio de los avatares de la vida cotidiana. Como me sucedió en el año 2020 luego de cuatro años de estar fuera del seminario, justo cuando comenzaba junto a mi padre una pequeña empresa familiar, un año en que muchas empresas cerraban y Dios nos abría las puertas para poner en marcha lo que hoy es una oportunidad de trabajo para muchas familias. Pues en medio de esa dinámica familiar, con la promesa de un futuro estable económicamente debido a lo rentable que era el mercado agrícola al que nos íbamos a embarcar, se construye Arkakao, una empresa cuyo nombre resulta de su estructura de madera que en el contexto social en que nos encontrábamos nos hizo pensar en Noe que echó andar el arca justo cuando la Tierra iba a sufrir grandemente. Quiso Dios permitirnos emprender un proyecto donde navegarían junto a nuestras familias otras tantas y donde sin pensarlo Dios me volvería a clavar en el corazón una inquietante voz a la que no pude resistir.
El arca, en la tradición bíblica, es símbolo de salvación, refugio y esperanza, de parte de Dios para su pueblo. Y Dios que no se deja ganar en generosidad no me quería para navegarla, ese destino le estaba reservado a mi hermana que había sido la voz que Dios utilizó para llamarme la primera vez que ingresé al seminario. A mí Dios me desafió a dejarla casi al mismo tiempo que la construía, sembrándome un deseo más profundo que no era simplemente sostener una empresa, sino ofrecer esperanza, consuelo y confianza en las promesas de Dios a quienes; así llama Dios, así se aparece en nuestras vidas, así de inesperada es su misericordia. Aceptar esa llamada implicaba una renuncia real, una renuncia que ahora releo a la luz del misterio pascual que todo discípulo está llamado a vivir y que implica morir con Cristo para resucitar con Él, puedo entrever ahora que el regreso al seminario, no solo el mío sino el de tantos otros hermanos, puede entenderse como un auténtico signo de la Resurrección de Cristo en nuestras vidas. El arca de Noé fue instrumento de salvación en medio de una prueba de grandes magnitudes, en mi vida Arkakao que sale a navegar en las aguas turbias de la Pandemia viene a convertirse en un signo para mi vida del arca de salvación que puede ser un sacerdote para tantas almas que estén urgidas de la vida pascual del Resucitado, nuestro Señor Jesucristo que no se cansa de llamar y de inquietar nuestros corazones para que nuestras vidas sean arca de salvación.
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