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Viernes, 08 Mayo 2026
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“La miraré y me dejaré mirar por Ella”

By Charbel El Alam, Monje de la Orden Libanesa Maronita Mayo 07, 2026

Un día de estos por la tarde, mientras me encontraba en mi oficina atendiendo asuntos de la parroquia, recibí en mi teléfono una imagen que me hizo reflexionar.

Era una representación del Negro Manuel, a quien desde 1630 la historia argentina reconoce como el primer devoto y cuidador de la imagen de Nuestra Señora de Luján, patrona nacional.

En la imagen, este humilde esclavo africano que actualmente está en proceso de beatificación, aparece sosteniendo en una mano a la Virgen y en la otra una vela, con un rosario colgado al cuello.

Junto a la fotografía, me llegó el mensaje de voz de mi amigo Fernando Perfetti, quien compartía su alegría al descubrir esta representación tan especial.

En su mensaje, Fernando me dijo: “Tu y yo somos parte de una cultura formada a través de imágenes icónicas, como la de la Virgen María con el Niño Jesús en brazos. También San José, San Cayetano y San Antonio de Padua, todos con el niño en brazos, y así muchos otros santos. Sin embargo, es raro encontrar imágenes de santas con Jesús o la Virgen en sus brazos”.

De inmediato, su comentario me hizo ver con nuevos ojos aquella imagen.

“El “Negrito Manuel” nos representa a todos los seres humanos comunes y corrientes: algunos más sabios, otros menos, pero todos igualmente llamados a servir”, agregó Fernando.

En efecto, Manuel, un hombre sin estudios ni poder, elegido por Dios, simboliza cómo Él elige a los humildes, a los de corazón puro.

“Esta imagen presenta a un hombre común mostrando a la Virgen, a diferencia de la clásica representación de santos que muestran a Jesús. Es algo nuevo, algo que nos invita a pensar sobre el rol de las personas ordinarias en la evangelización, junto con los sacerdotes y obispos”, prosiguió mi amigo.

“Sé que aún Manuel no es beato ni santo, pero lo que me asombra es que, como seres humanos sencillos, también podemos ser portadores de la fe, así como lo hizo Manuel en el siglo XVII, llevando la imagen de la Virgen para que otros la vieran”, concluyó.

En su escultura, Manuel aparece vestido con ropas sencillas, y la Virgen en sus brazos resplandece como un signo de esperanza nueva para el pueblo. La vela que sostiene en su mano es un claro eco de la voz del Señor: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz” (Juan 8, 12). 

El origen de la Virgen de Luján

Recuerdo cuando, en diciembre de 2022, estando en la Eparquía Maronita de Buenos Aires, el obispo local me hizo una propuesta encantadora. Me dijo: “Ya que estás aquí, te llevaremos a conocer a Nuestra Señora de Luján”. Con alegría acepté, sabiendo que sería un momento especial.

Al día siguiente, junto a él y un sacerdote amigo, emprendimos el camino hacia el Santuario de la Virgen de Luján. Aunque el trayecto duró aproximadamente una hora en coche, la emoción fue creciendo con cada kilómetro recorrido. Sabía que pronto estaría frente a la imagen radiante de la Patrona de Argentina.

Durante el viaje, nos unimos en oración, recitando el Santo Rosario, preparándonos espiritualmente para el encuentro con la Madre de Dios.

Al llegar al santuario, me sorprendió la majestuosidad del templo, testigo histórico de tantos milagros y peregrinaciones. Fue allí donde leí por primera vez la historia sobre el origen de la Virgen de Luján. Te contaré lo que allí encontré.

En 1630, un hacendado llamado Antonio Farías de Sáa, que vivía en Santiago del Estero, pidió que le enviaran desde Brasil una imagen de la Virgen María para colocarla en su estancia. Desde allí, un comerciante le mandó dos imágenes: una de la Virgen Inmaculada (que hoy está en Luján) y otra de la Virgen de la Concepción (que terminó en Sumampa, en Santiago del Estero). Ambas imágenes fueron enviadas en barco hasta Buenos Aires, y luego cargadas en carretas para seguir el viaje hacia Santiago del Estero.

Sin embargo, cuando llegaron a orillas del río Luján, ocurrió un hecho milagroso: las carretas se detuvieron misteriosamente y no se movían. Intentaron todo lo posible: descargaron cosas, cambiaron los bueyes, pero la carreta con la imagen de la Virgen Inmaculada no avanzaba.

Al abrir las cajas donde iban las imágenes, separaron la Virgen de Luján, y al volver a probar, la carreta pudo moverse sin problemas. Los presentes interpretaron esto como una señal de que la Virgen quería quedarse en ese lugar, por lo que decidieron dejar la imagen en una estancia cercana.

Entre los testigos de este milagro estaba un esclavo africano llamado Manuel Costa de los Ríos, quien era propiedad de Bernabé González Filiano, el administrador de la estancia a orillas del río Luján donde ocurrió el milagro. Al ver que la imagen de la Virgen quería quedarse allí, su dueño decidió que Manuel se encargara de cuidarla.

Con el tiempo, los herederos de su dueño vendieron a Manuel para que se convirtiera en propiedad exclusiva de la Virgen de Luján.

Manuel entonces construyó una pequeña ermita, convirtiéndose en el primer custodio y devoto de la Virgen. Pasó el resto de su vida dedicándola a ella, encendiendo velas, recibiendo peregrinos y promoviendo la devoción hacia la Virgen.

Un elegido de Dios

Cuando la estancia y la capilla cayeron en abandono, doña Ana de Matos pidió la imagen para llevarla a sus tierras, donde hoy se levanta la Basílica de Luján, y pagó 250 pesos por Manuel para que continuara cuidando de la Virgen. Manuel lo hizo hasta su muerte en 1686. Su vida estuvo marcada por una dedicación total a la Virgen.

Siempre se consideró “ser de la Virgen nomás”, invocándola constantemente como su “Ama y Señora”. En su lecho de muerte, reveló que la Virgen le había dicho que moriría un viernes y que al día siguiente lo llevaría a la gloria, tal como sucedió.

Hoy sus restos reposan bajo el altar mayor, a los pies de la imagen de la Virgen, en la capilla de Pedro de Montalvo, cerca de la actual Basílica de Luján.

Manuel, conocido cariñosamente como el “Negrito Manuel”, representa a los humildes y sencillos que son elegidos por Dios para grandes misiones. No fue un obispo ni un teólogo, tampoco sacerdote ni consagrado, sino un esclavo que, con su amor y entrega incondicional, ayudó a difundir la devoción a la Virgen.

Hoy, como dije, está siendo promovida su causa de beatificación y la Iglesia está evaluando declararlo oficialmente “Siervo de Dios”, con la posibilidad de ser reconocido en el futuro como beato o santo.

Siguiendo con mi visita a la Basílica de Luján, más allá de la imponente arquitectura, fue el encuentro con la imagen de la Virgen lo que tocó mi alma. Desde que comencé a acercarme al altar mayor, algo en ella me llamó la atención; aunque su tamaño es pequeño, sentí que sus ojos parecían buscarme, llenos de una presencia única que se hacía sentir profundamente.

Recordé las palabras del Papa Francisco, escritas con motivo de la Fiesta de Nuestra Señora de Luján en el año 2020: “Como peregrino…, la miraré una vez más y, también una vez más, me dejaré mirar por Ella. Esa mirada de madre que te renueva, te cuida, te da fuerzas. Y no estaré solo, sino junto al santo pueblo fiel de Dios que la quiere tanto, pueblo fiel y pecador como yo”.

La mirada de la Virgen

Llevar, como lo hizo el Negrito Manuel, a la Virgen en los brazos, es dejarse mirar por ella y ofrecer su mirada a los demás. Esa mirada de María, multidimensional, aquel día no solo se dirigía a los fieles presentes en el Santuario, sino también a mí, un hijo que necesitaba ser mirado, comprendido y, sobre todo, amado.

Esa mirada maternal de la Virgen es fuente de fortaleza y de esperanza, una invitación a renovar mi fe, a caminar con esperanza y a nunca dejar de volver a Ella.

Es, en primer lugar, mirada maternal: Una mirada llena de amor, comprensión y protección, que acompaña a sus hijos a lo largo de toda su vida, tanto en los momentos de alegría como en los de sufrimiento. Como bien dice el discípulo que el maestro amaba: “Después de esto, descendieron a Cafarnaún él, y su madre, y sus hermanos y sus discípulos; y estuvieron allí no muchos días” (Juan 2, 12).

Es también, una mirada de intercesión: María, como Madre, es vista también como intercesora ante su Hijo, Jesús. Su mirada es un puente entre la humanidad y Jesucristo, el único mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2, 5). En Ella se reconoce una presencia que no solo observa, sino que intercede por nosotros, tal como lo muestra el genio místico del evangelista Juan en su relato de las Bodas de Caná: “Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino” (Juan 2, 3).

La mirada de la Virgen es, adicionalmente, una mirada histórica y espiritual: Esta mirada trasciende el tiempo. María ha mirado con amor a las innumerables generaciones de creyentes a lo largo de los siglos y nos sigue mirando a cada uno de nosotros hoy, con la misma cercanía y compasión que tuvo cuando cuidaba a Jesús en la Tierra. Como dice el médico Lucas: “Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas 2, 51-52).

Finalmente, la mirada de la Virgen es una mirada de misericordia: Tiene el poder de sostener, sanar y abrazar. Es una mirada que no solo observa, sino que cambia el interior de quien la recibe, invitándonos a una verdadera conversión y crecimiento espiritual. Como Juan lo narró en su evangelio: “Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena” (Juan 19, 25).

Con palabras del Papa Francisco, concluyo este recorrido con un mensaje lleno de esperanza: “Que la Virgen los cuide, que el “Negro Manuel” interceda por todos ustedes. Y adelante, con esa fe sencilla, con esa fe que es la fe que recibimos de nuestros padres, es la fe de nuestro pueblo. Es la fe que cambia la historia. Que la Virgen de Luján los cuide, que el “Negro Manuel” les indique el camino”. 

 

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