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Viernes, 09 Octubre 2026
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La fe es una elección razonable

By Charbel El Alam, Monje de la Orden Libanesa Maronita Octubre 09, 2026

Del 25 al 28 de setiembre de 2026, el Papa León XIV visitó Francia. Su presencia dio lugar a celebraciones y encuentros multitudinarios, pero también renovó una pregunta que atraviesa la historia del país: ¿qué relación mantiene hoy Francia con su herencia cristiana?

Esa pregunta estuvo en el centro de la entrevista que el periodista Pascal Praud hizo a Nicolas Sarkozy el pasado 25 de setiembre en el programa L’Heure des pros, transmitido conjuntamente por Europe 1 y CNews. El diálogo comenzó con el recuerdo de un desacuerdo político entre Sarkozy y Jacques Chirac acerca de las raíces cristianas de Europa, y terminó con una confidencia mucho más personal: las palabras que, según recuerda el expresidente, le dirigió Benedicto XVI durante una audiencia privada.

La entrevista recupera también una pregunta que San Juan Pablo II dirigió a Francia el 1 de junio de 1980, durante la misa celebrada en Le Bourget, cerca de París: “Francia, hija primogénita de la Iglesia, ¿eres fiel a las promesas de tu bautismo?”. Cuarenta y seis años después, en el contexto de la visita de León XIV, aquellas palabras vuelven a resonar. El diálogo que sigue comienza con un debate sobre la historia de Europa y termina con el recuerdo de una conversación personal entre Sarkozy y Benedicto XVI.

Ofrezco, a continuación, la traducción de los dos pasajes de la entrevista: la presentación inicial y el intercambio sobre las raíces cristianas y el encuentro con Benedicto XVI.

Pascal Praud: Buenos días a todos y bienvenidos a L’Heure des pros, esta mañana por Europe 1 y CNews. Estamos transmitiendo conjuntamente hasta las once. Nos acompaña hoy el presidente Nicolas Sarkozy. Buenos días, señor presidente.

Nicolas Sarkozy: Buenos días.

Pascal Praud: Gracias por estar con nosotros. El Papa León XIV llegará a París dentro de unos minutos y, ciertamente, se trata de un acontecimiento. Mañana, miles de fieles se reunirán en la plaza de la Concordia para participar juntos, en la paz de Cristo; esta noche también se congregarán en el Estadio de Francia para compartir un momento de alegría.

Francia es una república laica. Pero también es una tierra cristiana, como nos lo recuerda cada iglesia de nuestras ciudades y de nuestros pueblos. El calendario, la literatura, la pintura, todas las artes e incluso nuestros nombres -Nicolás, Juan o Pedro- hablan de esa herencia. En una palabra, nuestra manera de pensar, de vivir y de amar lleva la huella de dos mil años de historia en suelo francés.

“Francia, hija primogénita de la Iglesia, ¿eres fiel a las promesas de tu bautismo?”, preguntó Juan Pablo II durante su visita de 1980. Esa pregunta vuelve a ser actual cuando una civilización corre quizá el riesgo de perder su identidad.

De esto hablaremos esta mañana con el presidente Nicolas Sarkozy. También evocaremos su vínculo íntimo con la Iglesia de Roma y, más aún, con Jesucristo, al hablar de la fe que expresa en El diario de un prisionero, su libro publicado el pasado diciembre.

Muchas gracias nuevamente, señor presidente.

Pascal Praud: Jacques Chirac se negaba a mencionar las raíces cristianas de Europa en el proyecto de Constitución europea. ¿Cree usted que hoy habría que hacerlo?

Nicolas Sarkozy: Sí.

Pascal Praud: ¿Y por qué no se hizo entonces?

Nicolas Sarkozy: Fue motivo de debate entre Jacques Chirac y yo. Como todo el mundo sabe, quise mucho a Jacques Chirac y también me enfrenté mucho a él. En fin, fue un debate. Yo creo que uno no debe cortar el vínculo con sus raíces. Tenemos raíces cristianas, judeocristianas. También hemos recibido múltiples influencias. Pero Clodoveo fue, en cierto modo, el primer gobernante cristiano de Francia. En 1996 se conmemoraron los mil quinientos años de su bautismo.

Sabe, una vez fui recibido por el papa Benedicto XVI. Ser recibido por el Papa no es poca cosa, ni siquiera para el presidente de la República Francesa.

Pascal Praud: Y usted no lo trató de “tú”.

Nicolas Sarkozy: No, no. Yo lo llamaba “Santo Padre”. Discúlpeme, pero es una cuestión de educación. Yo no voy a darle una palmada en el hombro al Papa.

Estábamos los dos solos en su despacho, en el Vaticano. Allí no había teléfonos. Ya el solo hecho de entrar, de contemplar la Capilla Sixtina y la Piedad en San Pedro, conmueve profundamente, sea uno creyente o no. Sobretodo si amas algo de lo que ya casi no se habla: la belleza. Hoy parece que solo hablamos de normas y reglamentos, y nos olvidamos de la belleza.

Al final de nuestra conversación, el Papa me dijo: “Señor presidente, ¿sabe usted que he dedicado toda mi vida a dos cosas?”. Hizo un gesto con las manos y añadió: “A la razón y a la fe. Esa ha sido mi vida. No he dejado de reflexionar sobre ellas”.

Entonces juntó las manos, guardó silencio y, después de una pausa, me dijo: “Tras toda una vida de reflexión, puedo decirle, Señor Presidente, que la fe es una elección razonable”.

Yo le respondí: “Santo Padre, gracias por este regalo”. Me levanté y nos despedimos.

Jamás olvidé aquel momento. Pocas veces alguien me ha dirigido unas palabras que me hayan conmovido tanto por su sencillez y por su verdad.

 

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