San Jerónimo, cuya memoria celebró la Iglesia el 30 de setiembre, afirmaba que “ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. No podemos decir que conocemos profundamente a Jesús si desconocemos el Evangelio: sus palabras, sus gestos, su manera de acercarse a los pobres, de perdonar, de denunciar la hipocresía y de anunciar la misericordia de Dios.
En la vida personal, la Palabra es encuentro y discernimiento. No se trata de leer muchas páginas ni de acumular conocimientos bíblicos. A veces bastan unos pocos versículos, leídos despacio, para hacernos una pregunta que llevamos tiempo evitando. La Palabra ilumina decisiones, confronta actitudes, acompaña nuestras heridas y alimenta la esperanza. Leer la Biblia supone también aceptar que Dios no siempre nos dice aquello que queremos escuchar.
En la vida familiar, la Palabra puede convertirse en espacio de encuentro. Una familia, luego de haber participado en la Eucaristía, puede leer junta el Evangelio de ese domingo, compartir una frase que le haya llamado la atención o acudir a un salmo en momentos de dolor o incertidumbre. En una época en que las pantallas, las prisas y las obligaciones pueden aislarnos incluso viviendo bajo el mismo techo, escuchar juntos la Palabra ayudará a hablar de lo verdaderamente importante: nuestros temores, esperanzas, conflictos, proyectos y nuestra manera de relacionarnos con los demás.
Finalmente, la Palabra de Dios nos recuerda que la fe nunca puede encerrarnos en nosotros mismos. La Escritura nos empuja hacia el otro, particularmente hacia quien sufre. Una comunidad que escucha verdaderamente el Evangelio debe preguntarse qué está haciendo frente a la pobreza, la violencia, la soledad, la exclusión y las heridas de su entorno. La Palabra no construye comunidades encerradas, sino comunidades capaces de escuchar, acoger, servir y transformar.
Celebrar el mes de la Biblia, entonces, no consiste simplemente en hablar más sobre ella. El verdadero desafío es mucho más sencillo y exigente: abrirla, escucharla y permitir que transforme nuestra vida personal, nuestras familias y nuestras comunidades. Porque la Palabra de Dios no fue pronunciada solamente para ser escuchada: fue pronunciada para hacerse vida.
Es importante no olvidar que, para el crecimiento espiritual, hemos de leer la Sagrada Escritura en comunión con la enseñanza de la Iglesia: “Y como la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados, hay que atender no menos diligentemente al contenido y a la unidad de toda la Sagrada Escritura, teniendo en cuanta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe. Porque todo lo que se refiere a la interpretación de la Sagrada Escritura, está sometido en última instancia a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la palabra de Dios” (CVII, Dei Verbum n. 12).

















