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Editorial: Integridad y corrupción

By Redacción Julio 12, 2021

De golpe en golpe, la policía judicial de nuestro país ha desarticulado y dejado en evidencia en las últimas semanas intrincadas tramas de corrupción, movidas unas supuestamente por el narcotráfico y otras por millonarios sobornos, que según la misma versión de la policía, eran dados por empresas privadas dedicadas a la construcción a favor de funcionarios públicos.

Específicamente en este último caso, han sido involucradas 72 personas, entre empresarios y empleados privados, burócratas de todo nivel y hasta un asesor de Casa Presidencial, cercano al Presidente de la República Carlos Alvarado.

Las investigaciones apuntan a hechos muy graves, que de probarse, constituirían el mayor caso de corrupción en la historia reciente del país, con un monto que habría causado una “laguna financiera” de 78 mil millones de colones.

Según las pesquisas, los montos habrían sido desviados de unas obras hacia otras para favorecer los intereses de las empresas involucradas, a cambio de sobornos, dádivas y hasta favores sexuales. Las empresas habrían recibido favorecimientos en cuanto a licitaciones y pago adelantado de facturas.

Nuevamente la credibilidad en la función pública está siendo cuestionada, por señalamientos que llegan hasta niveles muy altos políticamente hablando. La corrupción parece haberse extendido como un cáncer, no solo entre los despachos y oficinas del Estado, sino también entre algunas empresas privadas, aparentemente decididas a todo con el fin de ganar dinero.

Toda esta penosa maraña que ha dejado en evidencia el OIJ, nos lleva a pensar que la corrupción es un mal social enquistado en Costa Rica, una herida grave, abierta y sangrante a la colectividad y a la democracia, una afrenta a quienes pagan puntuales sus impuestos y en particular a los pobres, porque los recursos de algún lado tienen que salir y muy a menudo le pertenece a quienes menos tienen.

Donde hay un corrupto siempre hay un corruptor y el peso de la ley tiene que caer por igual sobre quienes creen que Costa Rica es una bolsa de monedas que pueden seguir saqueando hasta la eternidad. Tiene razón el pueblo de estar enojado, tiene razón la gente de no querer saber nada de los políticos, tienen razón las personas honestas de dudar y de temer cuando pagan sus obligaciones.

En medio de una pandemia como la que estamos viviendo, haciendo esfuerzos titánicos para salvar la vida de quienes enferman, con los niveles de desempleo, de pobreza y de hambre que hay en este país, escándalos de corrupción como estos son una ofensa y una bofetada en la cara de los que sufren las consecuencias físicas y económicas de este mal.

Las noticias que llegan desde las esferas judiciales tampoco son de mucha esperanza, con fiscales y otros funcionarios apartándose del caso por tener relación directa con personas implicadas. ¿Se hará justicia realmente o estaremos nuevamente frente al circo vergonzoso de la impunidad?

Pero a pesar de la indignación, no debemos generalizar. Hay funcionarios públicos extraordinarios, honrados y capaces, valientes, como esos dos empleados rasos del CONAVI que tuvieron la fuerza para acercarse a los oficiales del OIJ y contarles lo que habían visto y oído sobre la corrupción reinante en esa dependencia, denuncia que dio pie a la investigación cuyos resultados ahora conocemos.

Hay también empresarios privados correctos, que no pagan sobornos, y seguramente por eso no tienen el nivel de contratos de otros, pero que duermen tranquilos por las noches, pueden mirar a los ojos a sus hijos y nunca temen que la policía los levante de la cama.

Todos ellos y ellas son la esperanza de nuestro pueblo, son personas que movidas por su fe o por sus principios, encarnan lo mejor del ser costarricense. Con ellos nos quedamos, no con los corruptos sinvergüenzas, sino con los trabajadores íntegros, con los empresarios honestos y con todos los que quieren de verdad sacar a Costa Rica adelante.

Si la corrupción es señal de la acción del mal en el corazón de las personas, la integridad es muestra de que el bien puede más, que siempre está por encima de la perversidad y siempre sale victorioso de esta lucha que marca nuestros días en el mundo.

Hacer las cosas correctamente, buscar el bien y la verdad son el camino correcto, siempre y en todas partes. Nunca lo olvidemos.

 

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