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San José: Hombre, Padre y Maestro

By Mons. José Rafael Quirós. / Arzobispo de San José Febrero 26, 2021

A pocos días de inaugurar el “Año de San José” en nuestra Sede Metropolitana, fecha en la que, también, conmemoramos el primer centenario, reconocemos no solo la veneración de nuestro pueblo al Santo, modelo de virtud y buena voluntad, sino la huella que en el pueblo de Dios ha dejado este hombre humilde y trabajador, edificante ejemplo para la familia y la sociedad en todo tiempo. En efecto, “San José es el modelo de los humildes, que el cristianismo eleva a grandes destinos; san José es la prueba de que para ser buenos y auténticos seguidores de Cristo no se necesitan “grandes cosas”, sino que se requieren solamente las virtudes comunes, humanas, sencillas, pero verdaderas y auténticas”.[1]

Mediante el sacrificio total de sí mismo, el hombre José expresa su respuesta generosa al plan de Dios, teniendo “la valentía de asumir la paternidad legal de Jesús, a quien dio el nombre que le reveló el ángel: Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1,21).”[2] El rol desempeñado por él en la vida de Jesús, nos recuerda cuán importante es el papá en nuestra existencia pues este responde a una de las vocaciones que más generosidad y sacrificio conlleva.

José, el hombre Justo, pone su confianza en Dios y escucha siempre su Palabra, responde con firmeza a su llamado y se entrega, a tiempo completo, al servicio de su familia, les brinda seguridad y protección, ama a su esposa y a su hijo; y los pone por delante a cualquier seguridad humana o material. “Todos pueden encontrar en san José -el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta- un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad. San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en “segunda línea” tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. A todos ellos va dirigida una palabra de reconocimiento y de gratitud.”[3]

De igual forma, cada 1° de mayo, “día de San José Obrero”, reconocemos en él al sencillo carpintero que trabajaba honestamente para asegurar el sustento de su familia. De José, Jesús aprendió el valor, la dignidad y la alegría de lo que significa comer el pan ganado con el  fruto del propio trabajo. “Y mereció ser llamado el justo, ejemplo viviente de la justicia cristiana que debe dominar en la vida social”.[4]

El José que conocemos por el Evangelio, es un hombre de acción. “Es hombre de trabajo. El Evangelio no ha conservado ninguna palabra suya. En cambio, ha descrito sus acciones; acciones sencillas, cotidianas, que tienen a la vez el significado límpido para la realización de la promesa divina en la historia del hombre; obras llenas de profundidad espiritual y de la sencillez madura.”[5]

Al evocar a San José, Patrono de la Iglesia Universal y de nuestra Iglesia Arquidiocesana, confiamos  que crezca la devoción y veneración hacia el Santo Patriarca para  implorar confiadamente su intercesión, pero, antes que nada, que cada uno de nosotros sea imitador de este hombre virtuoso, pues los Santos- en particular José- “constituyen el comentario más importante al Evangelio, una actualización suya en la vida cotidiana y, por consiguiente, representan para nosotros un verdadero camino de acceso a Jesús.”[6]

 

Glorioso Patriarca San José

Ruega por nosotros

 

[1] Pablo VI, Alocución,19 de marzo de 1969.

[2] Papa Francisco, Patris corde, prólogo

[3] Ídem

[4] Pio XI, Divini Redemptoris, 1937

[5] Juan Pablo II, Audiencia General, 19 de marzo del 1980

[6] Benedicto XVI, Audiencia general, 20 de agosto del 2008

 

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