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Nación bicentenaria y el papel de la Iglesia “Madre y Maestra”

By Jorge Sánchez Sánchez / Seminarista III FDMC Octubre 22, 2021

En medio del surgimiento de la nación costarricense como territorio soberano e independiente y la construcción que esta conlleva, es imposible no pensar en todos aquellos pensadores, y visionarios líderes comunales, laicos comprometidos, políticos y clérigos que en común unión fueron sabios en el liderazgo y pastoreo del pueblo nacional.

Estos valientes fueron capaces de adherirse al Evangelio, para dirigirnos hacia una democracia basada en la práctica de los valores cristianos y humanistas, como el bien común, el amor al prójimo, la justicia, el trabajo digno y la paz. De igual forma la interiorización de la Doctrina Social de la Iglesia, facilitó trazar el camino y cimentar los bastiones de la enseñanza pública, impulsándola en el pueblo costarricense desde la colonia de forma institucionalizada, bajo la tutela de la Orden de los Padres Jesuitas, específicamente en el Colegio de San Luis Gonzaga (1842) y posteriormente el establecimiento de la enseñanza superior con Universidad de Santo Tomás (1863-1888).

Asimismo, como nos lo recuerda la Doctrina Social de la Iglesia, son los principios de la subsidiaridad y la solidaridad, los que sostienen el quehacer social. Nos recuerda el mismo documento, que a lo largo de la historia y siempre bajo la luz del Espíritu Santo que guía e ilumina a su Iglesia, la reflexión en relación a la tradición de fe facilita la configuración progresiva y coherente en respuesta a los desafíos del tiempo presente y el desarrollo social de los habitantes de este mundo.

“Estos principios, expresión de la verdad integra sobre el hombre conocida a través de la razón y de la fe, brotan del encuentro del mensaje evangélico y de sus exigencias comprendidas en el Mandamiento supremo del amor a Dios y al prójimo y en la Justicia con los problemas que surgen en la vida de la sociedad"1

Por esta razón, la identidad y la construcción constante del ser costarricense, no se puede desligar de lo verdaderamente importante, lo fundamental, es decir, el amor a servir a los hermanos en medio de la realidad nacional.

Siempre que sea basados en las luces que nos brinda el Magisterio como Rerum Novarum del Papa León XII, Quadragesimo Anno, del Papa Pío XI y Mater et Magistra de Juan XXIII, pero también con los testimonios de valentía y fraternidad y la voz profética de algunos líderes como Monseñor Víctor Sanabria, Dr. Rafael Calderón Guardia, Manuel Mora Valverde, Luis Demetrio Tinoco y otros más.

Ellos, dejando las mezquindades personales y estableciendo el diálogo social a la luz de la Iglesia, lograron frutos invaluables como el establecimiento de las Garantías Sociales, la fundación de la Caja Costarricense del Seguro Social, la implementación del Código Civil, en un nuevo impulso a la educación superior, clausurada desde 1888.

De esto hemos sido testigos, de una Iglesia preocupada por la nación costarricense y la asiste en momentos de crisis, de dolor, así como en los de alegría y gozo. Momentos en que la voz la Iglesia, ha tenido que ser profeta, denunciando lo que se hace mal y lleva a la perdición del ser humano, siendo maestra, para enseñar el camino que lleva a unión y la paz, siendo mediadora para llevar diálogo cuando los hijos de esta nación se vuelven unos contra otros por intereses personales que desatan crisis civiles y siendo consuelo y madre

 

cuando los hijos de este país atraviesan dolor, angustia y hambre a causa de la naturaleza o las políticas económicas.

Hoy, más que nunca, usted y yo, miembros de la Iglesia que es madre, maestra y defensora de la humanidad, tenemos como modelo por excelencia de sierva y madre de consuelo, a la Madre de Dios, Santa María Reina y Señora de los Ángeles.

En palabras de los distinguidos e ilustres historiadores Carlos Meléndez y Rafael Obregón, “ella es la virgen que forjó esta nación y en su regazo nació, creció y se formó la idiosincrasia del ser costarricense” y con ello, la gran responsabilidad, evangélica de escuchar y ayudar en la construcción de una nación capaz de aprender de su pasado, ser valiente en el presente y mirar con esperanza el futuro, desplazando de su ser el desordenado amor propio, el materialismo de la sociedad moderna, y la dificultad de determinar a veces las exigencias de la justicia.2

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