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Jueves, 08 Enero 2026
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Navidad con amor de padre e hijo

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Educativo y Familiar, UJPll/UCAT / Doctor en Humanidades, UPF Diciembre 22, 2025

Benjamín: Papá, ¿podrías contarme cómo fue tu Navidad cuando eras niño? A veces me da tristeza pensar en las ausencias, pero quiero entender por qué la celebramos con tanto cariño.

Willy: Claro, hijo. Mi Navidad de niño tenía sus momentos de sencillez y de mucha calidez. En casa, la mesa se llenaba de risas, aun cuando no había mucho dinero. Las abuelas y las tías compartían la comida y las historias; el barrio entero era una gran familia.

Recuerdo los villancicos de mi madre, el aroma de la comida caliente y la alegría de ver a todos reunidos. No era una Navidad ostentosa, pero sí profunda, porque sabíamos que lo más valioso era estar juntos y agradecer lo que teníamos.

Benjamín: Gracias, papá. A veces me sorprende la fuerza con la que mantienes viva la tradición del nacimiento y de la convivencia, incluso cuando la tristeza por la ausencia de la abuela se asienta en el corazón.

Willy: La siento, hijo. Y quiero que sepas que, aunque la Navidad me genere tristeza por lo que ya no está, la celebro por ti. Celebro porque el amor que nos damos como padre y como hijo es lo que nos sostiene. No se trata de la Navidad como un día, sino de la continuidad de ese amor a lo largo de los días. Tu presencia, tu gratitud y tu deseo de mantener vivo el nacimiento son, para mí, el regalo más preciado.

Benjamín: Entonces, ¿mi celebración también es tu celebración, papá? ¿Es nuestra manera de honrar a la abuela?

Willy: Sí, hijo. Es nuestra forma de honrar a tu abuela, de agradecer por el cuidado que recibimos y de transmitir ese legado a las generaciones futuras. Cada año, al armar el nacimiento o al encender las luces, recordamos quiénes éramos, quiénes somos y a quiénes queremos seguir siendo: agradecidos, presentes y dispuestos a cuidar de los demás.

Benjamín: Me emociona saberlo. Prometo seguir celebrando con amor, mantener vivo el nacimiento y agradecer cada gesto de nuestra familia, incluso cuando la tristeza toque la puerta.

Willy: Eso ya lo llevas en el corazón, hijo. Tu promesa es la prueba de que el verdadero sentido de la Navidad está en la presencia, la gratitud y la esperanza que compartimos. Te quiero mucho, Benjamín.

Benjamín: Yo también te quiero, papá. Gracias por compartir tus recuerdos y por enseñarme a celebrar con amor, incluso cuando el corazón duele.

Willy: Vamos a hacer una pausa en la conversación para mirar por la ventana. A veces la calle parece estar cubierta por una música suave que no se escucha con claridad, pero que está ahí, recordándonos que la vida continúa.

En mi infancia, la Navidad tenía ese timbre cálido que nace de la presencia de la familia. No había luces brillantes ni regalos lujosos, pero sí una sensación de abrigo que envolvía cada rincón.

Las conversaciones se alargaban alrededor de la mesa, las tazas de chocolate nos calentaban las manos y las historias de los adultos nos regalaban una brújula para entender el mundo. Había una tradición de compartir lo poco que teníamos; las tías traían algo sencillo, la abuela traía una receta que parecía magia y que convertía los ingredientes más humildes en una comida que sabía a hogar.

Benjamín: ¿Qué recuerdos concretos te vienen cuando piensas en esa Navidad de tu niñez, papá? ¿Alguna anécdota que te haga sonreír ahora?

Willy: Una de las imágenes que más me acompaña es la del comedor lleno de gente, la mesa improvisada con sillas que ya estaban viejas, y un mantel que parecía haber visto muchas historias.

Mi madre, cantando villancicos con su voz suave, nos decía que la Navidad era un regalo que se abría con cada gesto de bondad.

Recuerdo a mi abuelo enfundando una chaqueta que no había comprado para él, para que Estelita tuviera algo nuevo en la espalda; él decía que la dignidad de la familia se mide en la capacidad de compartir lo que no sobra, incluso cuando no hay mucho.

Había un silencio reverente cuando sonaba el campanillo de la iglesia cerca de casa, y todos nos mirábamos con una mezcla de reconocimiento y humildad, sabiendo que cada instante contaba.

La abuela, a la que todos querían, apagaba la vela más pequeña y decía que esa llama era para pedir paz en el mundo, para que cada hogar fuera un refugio para los que llegan cansados.

Esas palabras, aunque simples, tenían la fuerza de una semilla que luego germinaba en la vida diaria: agradecer lo que tenemos, ayudar al vecino, y recordar que la familia es un santuario de cuidado.

Benjamín: A veces pienso en la abuela que ya no está. Yo la llamaba mamá porque cuando ella me cuidaba yo me sentía protegido, y ahora la Navidad me recuerda esa protección. ¿Cómo se mantiene ese vínculo cuando la presencia se vuelve más sutil, pero el amor permanece en las acciones?

Willy: Porque el amor no muere cuando desaparece la presencia física. Se manifiesta en las acciones de cada día: preparar la mesa con cuidado, escuchar sin juzgar, ofrecer ayuda cuando alguien la necesita, conservar las tradiciones que nos unen.

En nuestra casa, el nacimiento no sólo decora, también funciona como una memoria activa. Cada figura, cada vela, cada escena que armamos en enero cuando ya pasó la Navidad, es una forma de decir: “sigues aquí, sigues importando”.

Cuando me siento abatido por la tristeza, pienso en la forma en que mamá y la abuela compartían su fuerza: con una taza de café caliente para alguien que llegó tarde, con una sonrisa que decía “no estás solo”, con un abrazo que parecía decir “todo va a estar bien”. Y entonces encuentro un camino para celebrar: no negar la tristeza, sino permitir que la tristeza y la alegría coexistan, como dos ríos que se cruzan en un mismo paisaje.

Benjamín: ¿Qué otros gestos podrían acercarnos a esa memoria de la Navidad que nos sostiene sin convertirla en una carga?

Willy: Primero, la presencia. Aunque sea mínimo, estar. A veces, basta con sentarse a la mesa sin prisas y escuchar a los demás. Segundo, la gratitud. Agradecer no sólo lo que recibimos, sino lo que damos. Tercero, la memoria activa. Hablen de la abuela y de mamá, cuenten historias, compartan aquellas anécdotas que antes no se decían por miedo a hacer llorar o a abrir viejas cicatrices. Cuarto, el servicio. Busca oportunidades para ayudar a otros: una cena para una familia que no tiene, un vecino que vive solo, una persona mayor que necesita compañía. Quinto, la belleza del día a día. Adornar el nacimiento puede ser un recordatorio de que la vida se hace bella con paciencia y con detalle: hacer un camino de figuras que cuenten una historia, encender luces que inviten a la reflexión, colocar un mensaje de gratitud en un lugar visible para que todos lo lean al entrar.

Benjamín: ¿Y si alguien no entiende por qué celebramos cuando hay dolor? ¿Cómo podemos explicar eso de forma sencilla?

Willy: Explicarlo con palabras simples ayuda. Dices: “Celebramos porque el amor que nos une es más fuerte que la tristeza.” El dolor no desaparece, pero no nos doblega.

Al celebrar, honramos a quienes ya no están y a quienes sí están: mamá, la abuela, y tú, Benjamín, que heredaste esta forma de vivir.

La Navidad es una oportunidad para recordar que la familia es un refugio, que la vida es un regalo que se comparte, y que el amor que nos sostiene no depende de las condiciones materiales, sino de la voluntad de estar presentes, de escuchar, de apoyar, de agradecer.

Si alguien pregunta por qué lo hacemos cuando el corazón late con tristeza, podemos responder: lo hacemos para no entregar la alegría a la tristeza, para retomar la fuerza que nos da la memoria y para que ese amor siga siendo una brújula para nuestras decisiones.

Benjamín: Me gustaría entender también cómo cambian las celebraciones con el paso del tiempo. ¿Cómo vivimos la Navidad ahora y qué crees que cambiará en el futuro?

Willy: Nuestras celebraciones evolucionan como todo en la vida. En mi niñez, la Navidad era un rito de intimidad familiar, una casa llena de calor humano que se transmitía de generación en generación.

Con el tiempo, esa intimidad se abre un poco más: invitamos a quien necesite compañía, compartimos con vecinos, y damos más importancia a la experiencia de estar presentes que a la presencia de objetos materiales.

En nuestra casa, el nacimiento sigue siendo el eje, pero ahora también representa una invitación a abrir el corazón a quienes no tienen con quién pasar la Navidad: a una familia que vive al margen, a una persona mayor que se queda sola, a un niño que no celebra en casa.

En el futuro, quiero que la tradición siga creciendo con la misma esencia: deseo que cada año aprendamos más a escuchar, a comprender las ausencias sin que éstas definan nuestra vida, y a convertir la memoria en acciones concretas de amor.

Benjamín: ¿Qué mensaje positivo te gustaría dejarme para cuando ya no estés?

Willy: Quiero que lleves contigo tres ideas. Primera, la Navidad es presencia: estar para los demás, acompañar en los momentos difíciles, celebrar los logros de cada quien. Segunda, la Navidad es gratitud: agradecer lo que tenemos, lo que hemos recibido, y lo que damos. Tercera, la Navidad es memoria activa: recordar a quienes amamos y convertir esa memoria en acciones que hagan más humano nuestro entorno. Si logras vivir así, no importa cuántos años pasen: la Navidad seguirá siendo una señal de que el amor puede atravesar cualquier distancia y superar cualquier tristeza.

Benjamín: Siento que cada pregunta que hago me acerca más a entender quiénes somos como familia y qué significa la Navidad para nosotros. ¿Podríamos hacer algo específico este año para honrar a la abuela?

Willy: Sí, podemos hacer varias cosas con propósito. Primero, podemos armar el nacimiento con un significado propio: cada figura puede representar a alguien en nuestra memoria y cada vela puede simbolizar un sentimiento hacia ellos. Segundo, podemos recoger historias de la abuela, grabarlas o escribirlas para que las generaciones futuras las lean. Tercero, podemos dedicar una velada a la gratitud, donde cada quien comparta una cosa por la que esté agradecido ese año y una promesa de cuidar mejor a alguien más. Cuarto, podemos apoyar a alguien que esté atravesando un momento difícil; incluso un gesto pequeño puede encender una chispa de esperanza en otra casa. Quinto, podemos crear un ritual de enero para continuar la celebración, manteniendo viva la llama del nacimiento y la memoria de quienes ya no están.

Benjamín: Quisiera también agradecerte, papá, por enseñar que la Navidad puede ser una celebración de amor cuando el mundo nos recuerda que hay pérdidas. Tu ejemplo me da fuerzas para seguir adelante.

Willy: Gracias a ti, hijo, por ser parte de este aprendizaje. El hecho de que tú me pidieras que te contara cómo fue la Navidad cuando era niño ya es una señal de que nuestra historia tiene futuro.

Cada día, en cada gesto pequeño, seguimos construyendo esa casa de recuerdos que nos sostiene. Y cuando tú crezcas, ten por seguro que tendrás tus propias preguntas, tus propias dudas y tus propias alegrías. Yo estaré aquí, como lo he estado siempre, para escucharte, para aprender contigo y para crecer juntos.

Benjamín: Papá, quiero terminar con una promesa para ti y para mi abuela y mi abuelo. Prometo ser agradecido, ser amable con los demás, y construir puentes donde haya silencios.

Prometo mantener el nacimiento y los recuerdos vivos, no como una carga, sino como una guía para hacer el bien. Prometo honrar su memoria en cada acción y, sobre todo, ser una presencia útil para la familia.

Willy: Esa promesa ya está en tu corazón, hijo. Y cada día, con cada gesto, le das forma. Te quiero, Benjamín. Gracias por compartir tu voz conmigo. Que sigamos construyendo juntos una familia que respire amor, gratitud y esperanza, incluso cuando las ausencias pesen.

Benjamín: Gracias, papá. Eres mi guía y mi compañero. Esta conversación me ayuda a entender mejor quiénes somos y qué significa la Navidad para nuestra familia.

Willy: Vamos a hacer una pausa para preparar el ambiente de la noche de Navidad y, luego, para enero, cuando coloquemos el nacimiento de nuevo. Llevemos con nosotros estas palabras: gratitud, amor, memoria y presencia. Así la luz de nuestra familia nunca se apaga.

Benjamín: ¡Sí, papá! Vamos a hacerlo bonito, como aprendimos de la abuela y del abuelo Paul Alfaro. Y cada año, recordaremos lo que vivimos para que otros también puedan sentir ese calor.

Willy: Así será, hijo. Así será. Ahora, mientras las luces parpadean fuera, me gustaría quedarme contigo un rato más, para contarte cómo era la Navidad en mi barrio cuando era pequeño, para que entiendas que la unidad de la que hablabas no depende de la riqueza, sino de la capacidad de mirar al vecino y decir: “estoy aquí contigo”.

En mi barrio, la Navidad tenía un ritmo propio. Las calles se llenaban de cantos que no siempre eran perfectos, pero tenían una sinceridad que hacía que uno se sintiera parte de algo mayor.

Las casas se abrían en posadas, es decir, en encuentros donde cada familia ofrecía lo que tenía: una taza de chocolate, una porción de tamales, una historia, un chiste, una canción que parecía haber viajado por generaciones.

En aquellas mesas improvisadas, las diferencias desaparecían ante la necesidad compartida de celebrar la vida. Había niños y niñas  que traían noticias nuevas y otros que traían silencios porque no entendían por qué aquella Navidad era distinta para ellos. Pero todos sabían que la casa de al lado los aceptaba, que no estaban solos, que alguien los miraba con la misma ternura con la que una madre mira a su hijo.

Benjamín: Siento que estas palabras nos dejan una responsabilidad grande, papá. Si la Navidad se trata de estar presente y de hacer que otros se sientan vistos, entonces debemos estar atentos a las personas que nos rodean, especialmente a quienes están solos o sufren.

Willy: Así es, Benjamín. Esa es la semilla de nuestra tradición: transformar el recuerdo en acción, la memoria en un puente de cuidado.

Si cada uno de nosotros asume el compromiso de mirar a la gente que nos rodea, si cada año elegimos una forma concreta de ayudar, entonces la Navidad dejará de ser sólo un momento en el calendario para convertirse en una forma de vivir que contagie a otros. Y cuando otros se unan a esa forma de vivir, nuestra familia crece de manera invisible pero poderosa, porque la red de gestos buenos se multiplica y llega a más personas.

Benjamín: Me gustaría escribir estas ideas para que no se pierdan y para que, cada año, podamos releerlas y recordar qué significa nuestra Navidad.

Willy: Me parece una idea excelente. Podemos crear un cuaderno de memorias familiares, donde cada Navidad dejemos un registro de lo que hicimos, de las personas que ayudamos, de las historias que compartimos y de los deseos que prometimos cumplir.

Así no solo conservamos la memoria, sino que le damos un eco que puede perdurar más allá de nosotros. Y cada vez que alguien lo lea, se encontrará con un mapa de afecto y de responsabilidad que puede inspirar a otros a hacer lo mismo.

Benjamín: Gracias, papá. Me haces sentir que, aunque perdimos a la abuela, su presencia nos acompaña en cada gesto, en cada tradición, en cada nacimiento que volvemos a montar. Que así sea: que la Navidad siga siendo un refugio para el alma y una escuela de amor para la comunidad.

Willy: Eso es. Y ahora, como una última idea, propongo que, después de preparar la casa esta noche, encendamos una vela dedicada a la abuela.

Que encienda no sólo una llama, sino un compromiso: hacer de cada día una oportunidad para honrarla, para agradecerles lo que nos enseñaron y para demostrar que su amor no fue en vano. Cuando la vela tiemble un poco, recordemos que el temblor es señal de vida y de emoción, y que esa emoción es la que nos impulsa a vivir con más humanidad.

Benjamín: Me gusta. Encenderé esa vela con un pensamiento para cada una de las personas que nos han cuidado: mamá, tu abuela, mi padre, mis tíos y tías, y todas las personas que forman nuestra familia extendida. Que la luz de esa vela nos guíe hacia una Navidad llena de presencia, gratitud y memoria.

Willy: Así será. Y, sobre todo, que cada año, al montar el nacimiento, podamos decir con claridad: esto no es una reliquia del pasado, es una promesa para el futuro. Prometemos seguir cuidándonos, seguir cuidando a los demás, y mantener viva la memoria de quienes nos enseñaron que el amor se demuestra en la acción, en la paciencia y en la dedicación diaria.

Porque, al fin y al cabo, la Navidad es eso: una celebración de la vida en su forma más esencial, la de estar juntos, de agradecer, de recordar con ternura y de mirar hacia adelante con esperanza.

Benjamín: Gracias, papá. Gracias por compartir tus recuerdos, por la conversación que nos une cada vez más. Me siento afortunado de tener un padre que me enseña a amar la Navidad no por lo que recibe, sino por lo que da, y a entender que la tristeza puede coexistir con la alegría cuando hay un propósito claro.

Willy: Yo también me siento afortunado, hijo. Tenerte a ti me recuerda que el legado no es sólo lo que dejamos en herencia, sino lo que aprendemos y hacemos juntos. Mañana, cuando la casa se ilumine con luces y el nacimiento vuelva a tomar su lugar, recordaremos que la verdadera riqueza está en la presencia de los unos con los otros, en la capacidad de escuchar, de perdonar, de agradecer y de sembrar bondad.

Eso es lo que permanecerá, mucho después de que termine la Navidad, cuando las campanas de la iglesia ya no suenen tan fuerte y la casa reciba el descanso de la noche.

Benjamín: Entonces, celebremos. Que esta Navidad siga siendo un acto de amor que nos una, que nos enseñe a mirar al prójimo con más paciencia, que nos anime a construir puentes donde haya silencios y a sostener a quien esté a nuestro lado, sin importar las circunstancias.

Willy: Así será, Benjamín. Así será. Y cuando lleguen nuevos días, que recordemos que cada amanecer es una nueva oportunidad para convertir la memoria en acción, para alimentar con gestos pequeños pero constantes el árbol de nuestra familia y de nuestra comunidad.

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