Este año que termina me ha enseñado que la vida no se mide por la ausencia de dolor, sino por la forma en que elegimos responder a esa ausencia. A veces la respuesta es simple, casi cotidiana: llamar a un amigo, preparar un plato compartido, encender una vela junto a una foto, o escribir una carta que no llega a nadie en concreto, pero que me ayuda a ordenar mis pensamientos.
En esas pequeñas acciones late una afirmación: la memoria no es un archivo cerrado, es una energía que se despliega en cada gesto de cuidado que damos a los demás y a nosotros mismos. Decía Antonio Machado que la vida es comenzar siempre de nuevo; y en este ciclo de renacer encuentro la promesa de que cada día trae la posibilidad de empezar de otra forma, con el corazón más ligero y la voluntad más firme.
La pérdida ha creado un mapa interior con rutas que antes no sabía leer. En esas rutas, cada nombre que ya no está se convierte en una señal que me invita a mirar de frente la fragilidad humana y, a la vez, la inmensa capacidad de amar que aún conserva mi pecho.
No es un mapa de duelo estático: es una cartografía dinámica, donde cada hito es una memoria que me sostiene y me desafía.
En medio de la nostalgia, trazo líneas de gratitud. A mi madre le debo el aprendizaje del silencio lleno de sentido, ese silencio que no evita la conversación, sino que la provoca en el interior, con preguntas que me llevan a ser más compasivo. A cada una de mis tías y a mi tío les debo el ejemplo de la bondad cotidiana, esa que no necesita drama para brillar, esa que se muestra en una palabra amable, en una visita sin ruido, en la paciencia de escuchar.
A mi prima hermana le debo la idea de que la vida puede ser luminosa incluso cuando el dolor es intenso, que la unión de la memoria y la presencia de las personas que quedan puede tejer una red que nos sostiene.
La gente que permanece a mi alrededor, los amigos, la familia que continúa, son la evidencia palpable de que el mundo no se ha detenido. Ellos son la constancia que disipa el miedo, la risa que devuelve la normalidad cuando el aire parece pesado.
A veces pienso que la felicidad no es un estado permanente, sino una práctica diaria: decidir abrir la puerta, saludar con calidez, ofrecer una mano tendida, compartir un silencio cómodo o una conversación que el tiempo no logra empañar.
En esa práctica diaria residen las pequeñas victorias que iluminan el avance: una mañana en que el cuerpo se siente ligero, una tarde en la que el alma revela una chispa de esperanza, una noche en la que la estrella más tímida parece parpadear como señal de que todo es posible.
No sé si la vida tiene un guion claro; quizá no. Pero sí sé que cada día nos da la oportunidad de reescribir nuestras propias historias desde la honestidad.
Cuando el miedo se haga presente, cuando el dolor se asiente como una sombra, recuerdo que la memoria de mis seres queridos es una lámpara que no se apaga. Su legado no es un peso: es una invitación a vivir con más intención.
En cada decisión, en cada compromiso, en cada gesto, les doy un lugar, les doy permiso para existir en mi presente. Y ese permiso se traduce en una actitud de apertura hacia el mundo: quiero aprender, quiero escuchar, quiero contribuir, quiero amar con más profundidad.
A veces me repito una idea que me trae consuelo: la vida no es una carrera contra el tiempo, sino un viaje que se va haciendo con la colaboración de otros.
Agradezco a quienes me rodean por su paciencia, por su presencia incondicional, por su capacidad para escuchar sin juzgar.
Agradezco a quienes, aunque no están cerca físicamente, continúan formando parte de mi entorno emocional con sus recuerdos y sus palabras, esas frases que llegan en el momento justo para aliviar la carga.
En este tránsito, descubro que la esperanza no es la negación del dolor, sino la decisión consciente de caminar a pesar de él, con la mirada puesta en un mañana que se siente posible gracias a las pequeñas pruebas de valentía que voy superando.
El año nuevo que se asoma trae consigo promesas simples pero profundas. Promete darme la oportunidad de disculparme cuando sea necesario, de disculparme conmigo mismo cuando haya fallado, de agradecer con frecuencia lo que a veces damos por hecho, de abrir mi hogar y mi calendario a nuevos encuentros que alimenten mi alma.
Promete, también, dejar espacio para el duelo sin permitir que el duelo sea mi único lugar. Porque la vida sigue pidiendo que llevemos un ritmo: a veces lento, a veces rápido, siempre humano. En ese ritmo, la memoria se integra con el presente como un hilo que une lo que fue con lo que será, sin que se rompa esa continuidad que sostiene la identidad.
Quiero abrazar la esperanza con una disciplina amable. No se trata de negar la realidad de la pérdida, sino de convertirla en una fuente de resiliencia que no se agota.
Cada amanecer es una oportunidad para elegir el cuidado, para elegir la ternura, para elegir la paciencia. “La esperanza es la posibilidad de un milagro cotidiano”, podría decir alguien cercano, y esa idea me acompaña: el milagro cotidiano es que podamos seguir eligiendo amar cuando el dolor quiere decirnos que ya no vale la pena.
Pero vale la pena. Vale porque el amor sigue siendo la fuerza más poderosa para aliviar el peso de la ausencia, para convertir el silencio en música, para transformar la pena en un proyecto de vida más consciente y generoso.
En este recuento de fin de año, acepto que la ausencia no desaparece, que el vacío no se llena completamente, pero que mi capacidad de amar sí puede crecer.
La memoria, lejos de ser una jaula, se convierte en una biblioteca en la que cada libro, cada foto, cada recuerdo, aporta un capítulo que nutre mi presente.
No busco olvidar: busco comprender, integrar, agradecer. Y cuando el miedo acecha, recuerdo que no estoy solo.
Hay manos que me sostienen, hay voces que me recuerdan que valgo, hay corazones que laten junto al mío y que hacen que la ruta hacia el año nuevo, aunque sea desafiante, sea también compartida.
En esa compartición encuentro la fuerza necesaria para seguir, para avanzar con integridad, para vivir con la dignidad que mis seres queridos me enseñaron.
Así, con el inicio de un nuevo ciclo, me dispongo a construir una existencia que honre la memoria sin quedar anclada en ella.
Mi meta no es apagar el dolor, sino darle un nuevo color: un color que corresponde a la gratitud, a la responsabilidad, a la ternura y a la esperanza.
Que cada día me encuentre atento a las señales de la vida, a las pequeñas sorpresas que iluminan una habitación, a las conversaciones que cambian una perspectiva, a las risas que llegan para disolver las sombras. Que el 2026 me encuentre aprendiendo a escuchar mejor, a perdonar más rápido, a agradecer con mayor frecuencia, a amar sin reservas y a vivir de una manera que, aunque marcada por la pérdida, no reniegue de la belleza que aún existe en el mundo.
Si la memoria es una brújula, que siga apuntando al norte de la existencia plena. Si el dolor es una sombra, que se transforme en una nube de lluvia que purifica y deja un arco en el horizonte.
Si la vida es una ciudad en constante cambio, que yo aprenda a transitar sus calles con seguridad y curiosidad, sin dejar de mirar a los ojos a quienes me rodean y sin perder la fe en que cada experiencia, por dolorosa que haya sido, puede convertirse en sabiduría.
Porque, al final, lo que queda cuando las voces se callan son las huellas que dejamos en los demás: la forma en que amamos, la forma en que acompañamos, la forma en que seguimos adelante con el propósito de hacer del mundo un lugar más humano.
Que el año que entra sea una promesa de proximidad: proximidad a nuestras propias emociones, a los demás, a la realidad tal como es, sin adornos.
Que la memoria de mis familiares queridos no sea una losa, sino una antorcha que ilumine mis decisiones.
Que la vida me permita honrarlos con actos de cuidado, con gestos de generosidad, con una visión que se amplía para incluir a todos los que me rodean.
Que, finalmente, la esperanza no sea una palabra vaga, sino una práctica diaria que se manifieste en cada saludo, en cada abrazo, en cada esfuerzo por mejorar el mundo a partir de la experiencia del duelo. Y que, en este delicado equilibrio entre presencia y pérdida, yo pueda decir con claridad y convicción: sigo adelante, con el corazón abierto y la mirada aprendiendo a ver la belleza incluso en lo que duele.











