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Lunes, 09 Febrero 2026
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Haz Señor, de nosotros, instrumentos de tu paz

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Familiar y Educativo, UJPll / UCAT / Doctor en Humanidades, UPF Febrero 09, 2026

En la cafetería de un hospital, iluminada por la luz templada de la tarde, dos voces se encuentran fuera de las salas y las máquinas, donde el ruido habitual cede ante el murmullo de las tazas y el aroma del café recién hecho.

Iliana, enfermera especialista en Cuidados Paliativos, y Willy, franciscano seglar y ministro extraordinario de la comunión, compartan un momento de respiro. No es una pausa para eludir el dolor, sino un espacio para revisar la vida con ojos simples y atentos: escuchar más que hablar, mirar más que juzgar, sostener más que curar. 

En este rincón de gentileza, la conversación se abre como una puerta hacia la compasión, la fe y la esperanza que sostienen a quienes atraviesan la fragilidad humana. Que cada palabra sea un puente que acerque corazones y sane inquietudes, sin olvidar que la dignidad del otro es el faro que guía cada gesto. 

Iliana: Cualquier aprendizaje que llega a nuestra vida deja huella cuando se comparte. Te observo llegar con esa calma que trae paz, Willy. ¿Qué significado tiene la vida para ti cuando la fragilidad se asoma en cada rostro que encuentras aquí?

En este lugar, la primera luz de la tarde parece invitar a una escucha más profunda, y recuerdo una idea de San Francisco: “Haz siempre lo que puedas y hazlo con amor.” ¿Cómo sostienes esa presencia sin invadir? 

Willy: Soy un hombre sencillo, con la mirada que busca la persona detrás del síntoma. La fragilidad me recuerda que la dignidad no depende de la fuerza, sino de la manera en que acompañamos.

En cada pasillo hay historias que requieren ser escuchadas sin prisa. La humildad se transforma en servicio: no brilla la persona, brilla la relación que la reconcilia con su propia humanidad.

En los momentos densos, me sostienen palabras que nacen de la fe y la ternura, que dicen “no estás solo” cuando las palabras se quedan cortas. ¿Y tú, Iliana, cómo encuentras ese espacio de presencia que alivia sin agredir?

Iliana: El cuidado paliativo exige escuchar lo que no se dice, leer entre líneas, entender el ruido de las máquinas como una partitura que oculta una historia.

La presencia verdadera no es invadir: es sentarse a la altura del otro, sostener la mirada, permitir que el silencio tenga su ritmo sagrado. La ética del cuidado para mí es un compromiso cotidiano: aliviar el miedo cuando se puede, proteger la dignidad incluso al final, y honrar la memoria de la familia que observa. En este momento, ¿qué te provoca la emoción más profunda cuando ves a alguien aceptar la finitud con serenidad?

Willy: Me conmueve la memoria de quienes, ante la presencia de la fragilidad, eligen la cercanía de la verdad y del amor. No prometo curas milagrosas, pero sí una compañía que evita que la soledad abra grietas.

En mi vocación, la vida tiene un valor que trasciende la salud visible; su belleza se revela en las historias que se mantienen vivas en el hogar, en las fotos, en las risas que quedan grabadas en los objetos cotidianos. Cuando el peso del sufrimiento parece inmenso, recuerdo que la libertad interior nace cuando respondemos con compasión. ¿Qué prácticas simples empleas para sostener a la familia que busca claridad y consuelo sin perder la calma?

Iliana: Aceptar la incertidumbre es parte de nuestro oficio. Explicar lo que sabemos y lo que no sabemos con honestidad ayuda a las familias a moverse con dignidad entre decisiones difíciles y esperanzas posibles.

La oración, para mí, no es fuga sino anclaje: un punto de referencia que permite conversar con la realidad sin perder la fe en la vida. Gestos pequeños —una mano que se aprieta, una taza de café compartida, un paseo corto por el pasillo— dicen mucho cuando las palabras no bastan. ¿Qué escena te ha dejado una marca profunda sobre la fragilidad que asoma en un rostro cansado?

Willy: Recuerdo a una hija, con lágrimas que no lograban contenerse, acercándose a la cama de su padre y hablando en voz baja, como si el mundo desapareciera por un instante para escuchar.

No buscó milagros, solo preservar la dignidad de su ser querido en medio del dolor. En ese instante, el cuidado dejó de ser una técnica para convertirse en un acto emocional: escuchar, contener, validar.

La fe, más que doctrinas, se manifestó como una presencia suave que dice “no estás solo” cuando la conversación se queda sin palabras. ¿Qué papel le das tú a la fe en tu labor diaria cuando las expectativas de la familia chocan con la realidad clínica?

Iliana: La fe para mí es un modo de reconciliar esperanza y honestidad. No impongo fórmulas, sino ofrezco un marco que ayuda a las personas a enfrentar la posibilidad del fin con serenidad.

Ver la relación entre el paciente y su familia como un tesoro que no debe perderse me inspira a proteger su historia, sus rituales y sus silencios. En un mundo de diagnósticos y decisiones rápidas, la presencia cuida lo que la tecnología no alcanza a resolver: el sentido de la vida, la memoria que merece ser honrada y una despedida que no traicione la verdad. ¿Qué recuerdo te acompaña cuando alguien encuentra paz en medio de la tormenta?

Willy: Recuerdo el rostro de una mujer en sus días finales, que pronunció una oración breve por sus hijos, sin exigir milagros, solo deseando que su memoria permanezca viva. En ese gesto sencillo se condensó la experiencia de una vida que no se apaga con la enfermedad: el legado de amor y la fuerza de los vínculos que se fortalecen aun en la adversidad.

Sigo creyendo que la verdadera grandeza está en la humildad de reconocer que el cuidado no es una hazaña heroica, sino un compromiso diario de acompañar. ¿Qué frase o idea te acompaña cuando la habitación se llena de miedo y las palabras ya no alcanzan?

Iliana: Me aferro a la convicción de que cada persona merece ser acompañada con gentileza, incluso cuando el cansancio amenaza con agotar la paciencia. A veces repito una idea de gratitud que contrarresta la desesperación: agradecer lo que todavía se puede agradecer, incluso si parece poco frente a la fragilidad.

Las acciones simples se vuelven gigantes cuando sostienen la dignidad del otro. En ese sentido, saber estar es tan importante como orar. ¿Qué gesto consideras más revelador de tu compromiso en un momento crítico?

Willy: Un gesto esencial es permitir que la persona exhale sin prisas y que ese suspiro lleve consigo un sentimiento de ser amada. En esos instantes, la conversación se abre a lo humano: recuerdos, perdón, reconciliación y un gracias susurrado que llega al corazón.

También encuentro consuelo en la idea de que cada vida tiene un sentido que puede ser recordado con claridad por quienes quedan. ¿Cómo manejas tú, a nivel práctico, el equilibrio entre el cuidado técnico y la atención emocional en una guardia particularmente agotadora?

Iliana: Intento distribuir la atención para que cada aspecto de la persona reciba presencia: el cuerpo, la mente, el espíritu y la familia. La meta es que nadie transite este proceso solo.

Cuando el cansancio amenaza, recuerdo que el alma necesita alimento: una pausa para rezar o meditar, un breve paseo para oxigenar la mente, o una taza de café compartida para restaurar el sentido de comunidad. ¿Qué enseñanza te ha dejado acompañar a tantas familias a lo largo de los años?

Willy: La vida no se mide solo por la salud física, sino por la calidad de las relaciones que perduran en la memoria. Acompañar significa sostener la historia que nadie quiere perder de vista: el nombre, los gestos, los chistes, los rituales que dan identidad a una vida.

La fragilidad nos recuerda nuestra propia vulnerabilidad y, a la vez, la gracia que surge cuando dos personas deciden cuidarse mutuamente. En mi práctica cultivo la apertura ante lo que sucede, sin intentar controlar todo lo que no depende de nosotros. ¿Qué mensaje final quieres dejar a las familias que atraviesan esta experiencia?

Iliana: Que la conversación no termina con una intervención clínica, sino que continúa en casa, en la memoria de los seres queridos y en los gestos de cuidado que se repiten día tras día.

Que, incluso cuando la vida parece suspenderse, la dignidad de quien ama y es amado permanece como un faro. La esperanza, entonces, no niega el sufrimiento, sino que lo acompaña con la certeza de que alguien está allí para sostener. ¿Cómo te gustaría que se recordara este encuentro cuando ya no estemos presentes físicamente?

Willy: Me gustaría que se recordara como una conversación íntima que enseñó a estar presentes de forma humana, sin exigir respuestas definitivas.

Que cada persona salga de la sala sintiendo que fue vista en su totalidad y que recibió cuidado que no la condena al aislamiento emocional. Y si surge la pregunta sobre la fuente de ese sosiego, que respondamos con la memoria de este diálogo y con la convicción de que dos cuidadores pueden ser instrumentos de paz cuando trabajan juntos para aplacar el ruido del miedo.

El encuentro se disipa en el murmullo del café, pero cada detalle de la conversación permanece grabado en la memoria como una lámpara encendida en una habitación de hospital: una luz pequeña que ilumina con humildad.

Las palabras entrelazadas, no como lecciones, sino como promesas de presencia, tejen una narrativa de cuidado que trasciende la técnica y se instala en el corazón.

En ese diálogo íntimo, la paz no es ausencia de dolor, sino la capacidad de sostenerse mutuamente con calma, sin prisas, y con la certeza de que la vida continúa en la memoria de quienes amaron. Cuando se miran, dos almas se reconocen como instrumentos de paz, capaces de transformar el miedo en confianza y la oscuridad en una promesa de mañana.

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