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Martes, 23 Junio 2026
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Cualquier daño al medio ambiente es hecho a la humanidad

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Familiar y Educativo, UJPll / UCAT / Doctor en Filosofía y Letras UTI Junio 22, 2026

Como franciscano Seglar, observo que la crisis minera en Crucitas no es solo un problema ambiental, sino una prueba de nuestra capacidad para cuidar la vida, la salud pública y la casa común que compartimos.

En Crucitas, en la región norte de Costa Rica, la fiebre por el oro ha desencadenado una crisis ecológica, social y de salud pública que exige no solo diagnósticos sino actos responsables de valentía política.

Este texto busca, desde la experiencia de fe y la mirada ética del magisterio de la Iglesia, entender las dimensiones de lo que está en juego y señalar caminos que honren la dignidad de las personas, la integridad del territorio y el bien común.

La salud de las comunidades no admite concesiones. El mercurio y el cianuro usados en la minería artesanal no son simples químicos; son amenazas reales a la vida. Contaminan aguas, suelos y alimentos, y sus efectos no conocen fronteras entre comunidades.

La niñez, las mujeres embarazadas, los adultos mayores y quienes viven de la pesca, la agricultura o el turismo en la zona son los más vulnerables.

Las neuropatías, daños renales, problemas respiratorios y alteraciones del desarrollo infantil no esperan; llegan como sombras que cruzan cada vertido, cada escorrentía y cada inundación de mercurio en un entorno ya tenso por la pobreza y la falta de oportunidades. La dignidad humana exige respuestas que protejan la salud y garanticen acceso a atención médica, agua limpia y alimentos seguros.

La defensa de la casa común, según Laudato Si’, no es una opción entre posibilidades: es la condición de nuestra convivencia.

El Papa Francisco insistió en la profunda interconexión entre pobreza, justicia y degradación ambiental.

En Crucitas, la deforestación desborda la erosión, la turbidez del agua y la vulnerabilidad de comunidades que ya viven bajo presión.

Cada decisión que reduce la protección de ecosistemas agrava la pobreza y la exposición a contaminantes. No podemos separar el cuidado de la tierra del cuidado de las personas: el daño ecológico es, en última instancia, un daño social. Laudato Si’ señala que la casa común exige una conversión ecológica y una ética de responsabilidad en las decisiones públicas. 

La seguridad y la cohesión social están en juego. La expansión de túneles, campamentos ilegales y redes transfronterizas que trafican oro, armas y mercurio no es un asunto local aislado: es una amenaza regional que desbarata el tejido social, alimenta la violencia y erosiona la confianza en las instituciones. 

La respuesta no debe ser meramente punitiva, sino integral: prevención, monitoreo ambiental, fortalecimiento de capacidades comunitarias y una acción que reduzca las condiciones que permiten la criminalidad florecer sin sacrificar derechos fundamentales. Fratelli Tutti enfatiza la fraternidad y la justicia social, recordando que nadie debe quedar atrás cuando se toman decisiones que afectan a comunidades enteras.

El debate político en Costa Rica se ha intensificado en torno a un dilema que no admite soluciones simples. Por un lado, se plantea la explotación regulada por una empresa especializada como medio para frenar la ilegalidad y generar regalías.

Por otro, sectores ambientales y comunidades exigen alternativas que eviten el riesgo de la minería a cielo abierto y apunten a enfoques tecnológicos o modelos de gestión que protejan la tierra y a las personas.

Aquí se ve la diferencia entre una economía que sirve a la vida y una que instrumentaliza la vida para la ganancia.

La responsabilidad de la política es clara: decisiones que afecten la salud, la economía y el territorio deben fundamentarse en principios de justicia, transparencia y participación real de las comunidades afectadas. La llamada a evitar soluciones que normalicen daños ambientales privilegia la dignidad humana y la casa común.

En este punto, las citas del magisterio reciente ofrecen un marco moral para orientar políticas públicas. Laudato Si’ (Papa Francisco, 2015) recuerda la interdependencia entre pobreza y degradación ambiental y la necesidad de transformar modelos de producción y consumo para proteger a los más vulnerables; Fratelli Tutti (Papa Francisco, 2020) subraya que la verdadera fraternidad exige que nadie quede atrás; Caritas in Veritate (Benedicto XVI, 2009) afirma que la economía debe estar al servicio de la dignidad humana.

Centesimus Annus y Ecclesia in Oceania (Juan Pablo II, 1991; 2001) impulsan una economía que asuma su responsabilidad social y proteja a las comunidades frente a la explotación y la degradación.

La doctrina social de la Iglesia, en su casa común, llama a una conversión ecológica que reduzca el consumo y el daño ambiental, acompañada de una ética de responsabilidad en las decisiones públicas.

La implicación política es doble y contundente. Por un lado, se necesita una respuesta inmediata para contener la crisis sanitaria y ambiental: reforzar la vigilancia, asegurar que se cumplan los estándares de manejo de mercurio y cianuro, y garantizar atención médica y apoyo psicosocial a las comunidades afectadas.

Por otro, se debe construir un marco de gobernanza que no sólo declare buenas intenciones, sino que funcione con transparencia, participación y rendición de cuentas.

La consulta real con comunidades afectadas, universidades, organizaciones civiles y expertos independientes debe convertirse en la norma, de modo que cada decisión esté informada, justificada y pueda ser auditada. Fratelli Tutti y Laudato Si’ ofrecen guías sobre inclusión, justicia y conversión ecológica para fundamentar estas políticas.

La crítica a la tentación regulatoria que propone explotar la zona no debe quedarse en la descalificación: debe enfrentarse con claridad.

Legalizar una actividad dañina no es una solución sino una complicidad con dinámicas que han generado daño.

En su lugar, se deben explorar rutas que respeten la dignidad humana y la casa común: alternativas económicas sostenibles, diversificación productiva, turismo ecológico, agroecología y valor agregado a recursos sin sacrificar la salud ni la integridad de los ecosistemas.

La preservación de recursos, la innovación tecnológica limpia y los enfoques de economía local pueden formar parte de ese abanico, siempre bajo una gobernanza que ponga la vida en el centro y acompañe a las comunidades en su proceso de reconstrucción.

La participación ciudadana emerge como un componente indispensable. La escucha no puede ser un acto puntual: debe convertirse en un proceso continuo de consulta, información verificada, asesoría técnica independiente y rendición de cuentas.

Las comunidades vulnerables deben contar, incluso cuando sus voces no coincidan con los intereses dominantes. En democracia, la justicia no es abstracta: es la posibilidad concreta de que cada persona pueda vivir con dignidad en un entorno sano y seguro. Este principio se alinea con Fratelli Tutti, que aboga por una participación inclusiva y la protección de los derechos de todos, especialmente de los pobres (2020).

La responsabilidad de los actores políticos de Costa Rica es, en última instancia, una responsabilidad de servicio. Si la prioridad de la ganancia económica eclipsa el bienestar de las personas, la justicia no se alcanza.

Por ello, las políticas públicas deben ser realistas y éticas: revisión rigurosa de concesiones y permisos, suspensión o revocación cuando exista riesgo para la salud y el ecosistema, planes de remediación y compensación a las comunidades afectadas, y, sobre todo, una visión de desarrollo que honre la biodiversidad y el patrimonio de la nación sin imponer costos humanos indecibles.

Costa Rica no puede permitirse una doble moral: prometer protección ambiental mientras se cede ante intereses que erosionan la vida de su gente. Laudato Si’ (Papa Francisco, 2015) y Fratelli Tutti (Papa Francisco, 2020) acompañan este llamado a la coherencia entre palabras y hechos.

La ruta que se propone, entonces, no es una única solución sino un marco de respuestas entrelazadas. Implementar medidas de saneamiento ambiental, monitoreo de agua y suelos, y planes de remediación con participación comunitaria y evaluación independiente. 

Impulsar modelos de desarrollo alternativo que generen ingresos sin dañar la tierra, como turismo sostenible, agroecología y valor agregado de recursos. Fortalecer marcos de gobernanza inclusiva que aseguren consulta y rendición de cuentas en ciclos de toma de decisiones. Y, en todo ello, buscar una economía que sirva a la gente, que cuide la casa común y que proteja a los más frágiles.

En un país que ha hecho de la conservación una seña de identidad, la crisis de Crucitas es una llamada a vivir con coherencia entre palabras y actos.

Las políticas deben traducirse en medidas visibles: protección inmediata de la salud, remediación ambiental, fortalecimiento de la gobernanza y promoción de alternativas que protejan a las comunidades sin sacrificar el sustento de la región.

La verdadera reparación requiere un conjunto articulado de acciones: la vida por delante, la justicia para los más vulnerables y una economía que encuentre su sentido real en el cuidado de la casa común. Solo así Costa Rica podrá sostener su legado y seguir siendo un referente de dignidad y solidaridad en la región.

Si hay algo que debemos recordar, es que las soluciones parciales, las promesas vacías y las recetas simplistas no curan una herida profunda.

Se necesita valentía para enfrentar la ilegalidad sin exacerbar la vulnerabilidad de las comunidades, transparencia para que la ciudadanía conozca qué se decide y por qué, y una solidaridad que haga a la nación más fuerte y más humana.

En Crucitas, la política debe ser puente y promesa cumplida: un compromiso de proteger la vida, cuidar la creación y defender a los más pobres. Esa es la verdadera ciudadanía: mirar al otro, enfrentar la verdad con coraje y decidir con prudencia para que la Costa Rica de hoy no traicione a la Costa Rica de mañana.

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