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Martes, 11 Agosto 2026
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La calidez humana es la mejor medicina

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Familiar y Educativo, UJPll / UCAT / Doctor en Humanidades, UPF Agosto 10, 2026

Hace más de ocho años, mi mundo se volvió pequeño. Todo cabía en un espacio limitado por el dolor, el miedo y el silencio que dejan los pasillos de un hospital. Yo no sabía exactamente cómo se iba a resolver mi situación, pero el cuerpo sí lo decía con claridad: casi colapsaba mi riñón izquierdo. La gravedad no se anunciaba con palabras; se sentía en cada respiración, en cada espera, en cada minuto que parecía alargarse demasiado 

Ese día entendí que hay momentos en los que uno deja de preguntarse por el futuro y empieza a aferrarse a lo esencial: la vida. La vida, con sus planes, con sus responsabilidades, con sus amores. Y también con sus temores.

Con la urgencia de lo imprevisible, fui ingresado de emergencia. Me trasladaron, me evaluaron, me conectaron con procedimientos médicos que yo apenas alcanzaba a comprender. La mente iba y venía entre pensamientos confusos: “¿Y si no alcanza?”, “¿Y si me equivoco al tener esperanza?”, “¿Y si esta vez el destino vence?”.

En medio de ese panorama, ocurrió algo que aún hoy me cuesta describir sin que se me compacte el pecho. Llegó un médico. Se acercó a mi cama. No me conocía como persona, no me había visto antes, no había historia previa entre nosotros. Sin embargo, en lugar de traer solo frialdad clínica, trajo una serenidad firme, casi luminosa.

Me miró y me habló con una seguridad que, en ese instante, sonó a salvación. Recuerdo su voz, recuerdo la calma en su forma de expresarse y recuerdo, sobre todo, el efecto inmediato que tuvo en mí: como si el miedo retrocediera un paso. Me dijo algo que no se olvida, porque era más que una promesa médica: era una afirmación de cuidado.

Me dijo que no me preocupara. Que ya había visto mi caso. Que él iba a encargarse de mi operación.

Aquella frase fue como una manta cálida en una noche helada. Yo estaba rodeado de máquinas y procedimientos, pero lo que me sostuvo fue algo más humano: la decisión de una persona que, aun sin conocerme, eligió confiar en su capacidad y actuar con valentía. En ese momento comprendí algo muy profundo: la medicina también puede ser un acto de nobleza; y la nobleza puede tener el rostro de alguien que se presenta con firmeza, con responsabilidad y con esperanza.

Ese médico se llama David Zarnowski, urólogo. Su nombre se me quedó grabado no solo por lo que hizo, sino por cómo lo hizo. Hay personas que cumplen un trabajo. Y hay personas que, además de cumplirlo, lo honran con entrega.

Al inicio, lo que se planeaba era una cirugía que parecía relativamente sencilla, con sedación local y un abordaje menos invasivo. Pero a veces la vida, incluso cuando todo se intenta hacer bien, decide complicarse. Mi caso se manifestó de una forma distinta. Me compliqué. Y entonces, como sucede en las historias más reales, el proceso cambió: tuve que ser trasladado a sala de operaciones.

En ese cambio de plan se notaba la diferencia entre el azar y el cuidado. Cuando algo se complica, no todos responden con la misma claridad. No todos se mantienen firmes. No todos toman las decisiones correctas bajo presión. En mi experiencia, lo que me tocó vivir fue lo contrario: el equipo actuó con prontitud, y el doctor David asumió la responsabilidad con profesionalismo, precisión y temple.

Lo que quiero decir —y quiero decirlo con gratitud, no con palabras grandilocuentes— es esto: él me salvó la vida. En términos médicos, eso se resume en una intervención, en un diagnóstico, en el resultado de una cirugía. Pero para mí, eso es más que un procedimiento. Es el regreso de un futuro que yo creía perdido.

Gracias, doctor David, por esa confianza que puso en mí sin conocer mi historia previa. Gracias por acercarte con seguridad a mi cama. Gracias por decir “yo me encargo” cuando lo normal, en la angustia, sería decir “no sabemos”. En tu forma de hablar hubo una fuerza silenciosa. Y esa fuerza, para mí, fue crucial.

La gratitud, sin embargo, no nace solo del hecho de haber sobrevivido. Nace de todo lo que esa supervivencia significó en mi vida cotidiana. En ese tiempo yo tenía cargas que no se ven en los expedientes: mi madre enferma de Alzheimer requería cuidado y presencia. Un hijo pequeño dependía de mí, de mi compañía, de mis palabras y de mi respaldo. Yo padezco de diabetes, una condición que vuelve más delicados los procesos y que obliga a mirar el cuerpo con atención constante.

No era solo “estar mal” y luego “mejorar”. Era sostener una vida familiar desde la fragilidad. Era intentar no caer, porque otros necesitaban que yo estuviera en pie. Por eso, cuando me salvaron, no solo salvaron un órgano: salvaron vínculos. Salvaron proyectos. Salvaron abrazos por venir.

Con el paso de los años he entendido que hay milagros que no se anuncian como milagros. Se presentan como decisiones médicas impecables. Se presentan como manos entrenadas y un corazón dispuesto. Se presentan como una mirada que no se evade, como una palabra que no abandona, como una acción que se ejecuta con responsabilidad.

Doctor David Zarnowski, hoy quiero agradecerle de manera personal. Y lo hago reconociendo algo que quizá usted ya sabe, pero que para mí es inmenso: su trabajo tuvo el valor de un acto noble.

Hay una clase de nobleza que no se presume; se demuestra. Y su nobleza se reflejó en cómo asumió mi caso, en cómo se mantuvo firme cuando la situación cambió, en cómo tomó las riendas en el momento que yo más necesitaba que alguien las tomara.

Quisiera poder encontrar frases perfectas para usted. Pero las frases, como las horas, a veces llegan tarde. Lo cierto es que en mi interior lo entiendo de esta manera: ningún agradecimiento termina de completar lo recibido. Porque su decisión no fue “algo más” dentro de una lista de procedimientos. Fue el punto de inflexión en mi historia.

Cada vez que recuerdo esa noche, esa espera y esa entrada a la sala de operaciones, vuelvo a sentir una mezcla de respeto y emoción. El respeto hacia la ciencia y el cuidado. La emoción hacia el ser humano que está detrás del uniforme.

Agradezco por la vida, sí. Pero también agradezco por algo más sutil: la dignidad con la que fue tratado mi proceso. No hablo solo de resultados. Hablo del trato, del compromiso y de ese sentido de responsabilidad que se percibe cuando alguien no se limita a “hacer”, sino que realmente cuida.

En su manera de actuar sentí que había un principio más grande que el miedo. Un principio de servicio. Y cuando uno se encuentra frágil, ese tipo de servicio adquiere un significado profundo.

Por eso, hoy quiero expresarle mi reconocimiento con sencillez y con verdad: gracias por no retirarse cuando el riesgo existía. Gracias por avanzar cuando era necesario. Gracias por decidir que mi vida merecía una oportunidad y que usted sería parte directa de esa oportunidad.

A veces creemos que la nobleza es una palabra bonita que se reserva para ceremonias o para discursos. Pero la nobleza auténtica está en la cama del hospital, en el segundo en que alguien se acerca y decide no ser indiferente. Está en el “yo me encargo” que convierte la incertidumbre en un camino.

No sé qué parte de su vida lo trajo hasta ese instante: el entrenamiento, la experiencia, los años de servicio, las decisiones previas. Lo que sí sé es que en mi vida concreta usted fue una respuesta. Una respuesta precisa. Una respuesta oportuna.

Y si hoy tengo la posibilidad de escribir estas líneas, si hoy puedo respirar con calma relativa, es porque en algún punto de ese tiempo usted eligió estar. Eligió actuar. Eligió cuidar.

Doctor David Zarnowski, le agradezco también por el ejemplo que dejó sin proponérselo. Hay personas que enseñan con palabras, y hay personas que enseñan con hechos. Usted enseñó con un hecho enorme: la vida.

Quiero que estas palabras sean un recordatorio de algo que conviene no olvidar: la salud es un don, pero también la salud depende del trabajo de otros. Depende del conocimiento. Depende del equipo médico. Depende de la coordinación. Pero en ciertos casos, también depende de la valentía de una persona que toma decisiones claras. Usted fue esa persona.

A lo largo de los años he aprendido a mirar la gratitud como un hábito, no como un evento. No es solo un “gracias” del momento: es una forma de vivir. Por eso agradezco cada día con la actitud que me quedó de aquel episodio.

Agradezco por el valor de la perseverancia. Porque sobrevivir me enseñó que el cuerpo y el corazón pueden seguir incluso cuando uno piensa que ya no. Agradezco por los momentos que antes daba por seguros: el tiempo con mi familia, una conversación, una salida, una tarde sin miedo. Agradezco por lo cotidiano, porque ahora pesa más.

Si usted supiera cuánto significa para mí “haber salido” de aquella etapa… tal vez no le sorprendería. Su profesión está hecha de salvar vidas, pero su humanidad lo hizo diferente. Porque hay salvaciones que son técnicas y otras que son, además, acompañadas por una presencia que calma.

Esa calma la sentí en su voz y en su decisión.

Hoy, con respeto y con emoción contenida, me gustaría que estas líneas fueran como un gesto de retorno. Que lo que usted hizo no se quede solo en un resultado médico, sino que también se convierta en un legado humano: el recordatorio de que la vida puede ser rescatada por manos capaces y por corazones nobles.

Agradezco a Dios, por supuesto, porque yo he entendido mi experiencia como una intervención de gracia. Pero agradezco también a usted, doctor David Zarnowski, porque Dios usa caminos humanos. Dios utiliza personas. Dios pone en el momento exacto a alguien que sabe qué hacer y que decide hacerlo con valentía.

Por eso, mi gratitud no se queda en lo abstracto. Se queda en su nombre.

Gracias, doctor David Zarnowski, urólogo. Gracias por no mirar mi situación como “un caso más”. Gracias por acercarte con seguridad. Gracias por decirme que no me preocupara. Gracias por operarme y por sostener la situación cuando se complicó.

Gracias por mi vida.

Y si hoy alguien lee este testimonio y se encuentra pasando por una incertidumbre parecida, quiero dejarle una esperanza que no es ingenua: la esperanza puede ser real cuando alguien actúa con conocimiento y con amor. Puede ser real cuando hay médicos que no abandonan. Puede ser real cuando, en medio del miedo, aparece una persona que dice “yo me encargo”.

Concluyo esta carta con una oración silenciosa, una promesa interior y un deseo: que su nobleza siga multiplicándose. Que el bien que usted hizo regrese en forma de satisfacciones profundas. Que la vida le devuelva salud, calma y reconocimiento.

Y que cada vez que vuelva a escuchar el nombre de “urólogo”, no solo piense en la ciencia, sino en el impacto de una decisión. Porque en mi historia, su decisión fue la diferencia entre el final y la continuidad.

Gracias por salvarme la vida. Gracias por su profesionalismo y por su humanidad. Gracias por haber sido faro en una noche de hospital. Con gratitud eterna.

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