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Viernes, 28 Agosto 2026
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Rodéate siempre de personas que te eleven, motiven y respeten

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Familiar y Educativo, UJPll / UCAT / Doctor en Humanidades, UPF Agosto 28, 2026

Hay personas que entran a tu vida y te apagan. Y hay personas que entran y te encienden. La diferencia no está en lo que dicen. Está en lo que despiertan en ti.

“Aléjate de la gente que trata de empequeñecer tus ambiciones. La gente pequeña siempre hace eso, pero la gente realmente grande, te hace sentir que tú también puedes ser grande”. Esta frase la he repetido cientos de veces en talleres con jóvenes, con padres de familia, con equipos de trabajo. Y cada vez que la digo, veo cabezas que asienten. Porque todas y todos hemos estado ahí.

Trabajo como orientador familiar y educativo. Acompaño a niñez y juventud con necesidades educativas especiales. También facilito procesos de justicia restaurativa. Y si algo me ha enseñado esa experiencia es que el ambiente lo es todo. No es el diagnóstico lo que define a un estudiante. Es el entorno que le rodea. No es el error lo que define a una persona. Es la respuesta que recibe después del error.

Mark Twain lo dijo directo: “Mantente alejado de las personas que intentan empequeñecer tus ambiciones. La gente pequeña siempre hace eso, pero la gente grande te hace sentir que tú también puedes llegar a ser grande”. No es casualidad que esta idea aparezca en tantos contextos. Porque es una ley humana. Nos volvemos como las cinco personas con las que más hablamos.

En el aula lo veo clarísimo. Llega un niño o una niña con mucha imaginación. Dice que quiere ser astronauta, que quiere escribir un libro, que quiere crear una fundación. Y a veces, en la misma semana, escucha: “Eso no es para ti”, “Mejor concéntrate en lo básico”, “No sueñes tanto”. ¿Quién dijo esas frases? A veces un compañero. A veces un adulto. A veces el propio sistema. Lo que hace esa palabra es recortar las alas antes de que aprendan a volar.

Y también veo lo contrario. Veo a la docente que le dice a la estudiante con TDAH: “Tu energía es un regalo. Vamos a canalizarla”. Veo al padre que le dice a su hijo autista: “Tu forma de ver el mundo nos enseña a todos”. Veo a la compañera que le dice a la otra: “Si tú lo intentas, yo te ayudo”. Ahí nace la grandeza. Porque la grandeza no es un título. Es una decisión de creer y de hacer creer.

En justicia restaurativa trabajamos con daño, con conflicto, con rupturas. La lógica punitiva pregunta: ¿Quién tuvo la culpa y cómo castigamos? La lógica restaurativa pregunta: ¿A quién se dañó y cómo reparamos? Pero hay una tercera pregunta que rara vez se hace y es la más importante: ¿Quiénes en este círculo nos van a recordar que podemos ser mejores?

Howard Zinn escribió: “No puedes ser neutral en un tren en movimiento”. En los procesos con jóvenes, el tren siempre está en movimiento. Si yo como facilitador me quedo callado ante un comentario que empequeñece, estoy validando el empequeñecimiento. Si celebro un pequeño avance como si fuera un gran logro, estoy enseñando que los avances importan. El liderazgo no es dar órdenes. Es nombrar lo que otros no se atreven a nombrar.

La comunicación política me enseñó otra cosa. Los discursos no mueven masas. Mueven personas. Y las personas se mueven cuando alguien les dice: “Tú puedes”. Barack Obama lo resumió en tres palabras: “Yes, we can”. No dijo “yo puedo”. Dijo “nosotros”. La gente grande no compite. Multiplica.

En talento humano aprendí que las organizaciones crecen cuando contratan personas que las superen. Jim Collins, en Empresas que sobresalen, habla del “Nivel 5 de liderazgo”: humildad y determinación. Las personas de Nivel 5 no tienen miedo de que su equipo brille más. Al contrario, lo buscan. Porque saben que, si el equipo crece, la misión crece.

En orientación familiar veo el otro lado. Veo madres y padres agotados que, sin querer, transmiten miedo. “Ten cuidado, no lo intentes, te vas a frustrar”. Lo dicen por amor. Pero el amor que sobreprotege empequeñece. El amor que impulsa dice: “Te va a costar. Aquí estoy. Inténtalo”. Nelson Mandela lo vivió: “No juzgues a una persona por sus éxitos, júzgala por las veces que cayó y volvió a levantarse”. Para levantarse se necesita alguien que crea que te vas a levantar.

Hay una trampa muy común. Confundimos la crítica con el empequeñecimiento. No es lo mismo. La crítica constructiva dice: “Esto se puede mejorar así”. El empequeñecimiento dice: “¿Para qué lo intentas?”. La primera te hace crecer. La segunda te hace dudar de ti. Como orientador aprendí a diferenciarlas rápido. Y como persona, aprendí a alejarme de la segunda.

Eleanor Roosevelt nos dejó una brújula: “Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento”. Es cierto. Pero el consentimiento a veces se da por cansancio, por soledad, por falta de referentes. Por eso es tan urgente rodearnos de gente grande. Gente que no te idolatra ni te minimiza. Gente que te ve real y te devuelve una versión posible de ti.

Trabajar con niñez y juventud con necesidades educativas especiales me ha enseñado que el potencial no grita. Susurra. Un niño con dislexia que tarda el triple en leer, pero que entiende emociones mejor que cualquier adulto. Una joven con autismo que no sostiene contacto visual, pero que diseña soluciones que nadie más ve. Si el entorno solo mide con una regla, esas habilidades se pierden. Si el entorno amplía la mirada, esas habilidades se vuelven liderazgo.

Albert Einstein dijo: “Todos somos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar un árbol, vivirá toda su vida creyendo que es estúpido”. Esa frase duele porque es verdad. ¿Cuántos peces estamos obligando a trepar árboles? ¿Cuántas veces nosotros mismos nos hemos creído estúpidos por no encajar en el árbol que otros eligieron?

La gente pequeña tiene miedo. Miedo de que, si tú creces, ellos se queden atrás. Por eso comparan, critican, minimizan. Es un mecanismo de defensa. La gente grande también tiene miedo. Pero elige actuar a pesar del miedo. Y elige invitar.

En los círculos restaurativos practicamos algo simple: hablar desde el yo y escuchar para entender. Cuando un joven dice “quiero dejar el cole y montar mi emprendimiento”, la respuesta pequeña es: “Eso no da plata”. La respuesta grande es: “Cuéntame más. ¿Qué problema quieres resolver? ¿En qué te puedo acompañar esta semana?”. Una cierra. La otra abre.

Como comunicador político aprendí que las palabras crean realidad. Si repites “esto no se puede”, tu cerebro busca pruebas de que no se puede. Si repites “vamos a intentarlo”, tu cerebro busca caminos. Henry Ford lo sabía: “Tanto si crees que puedes, como si crees que no puedes, estás en lo cierto”. Por eso hay que cuidar de quién te rodeas. Porque las personas que te rodean te prestan sus creencias hasta que construyes las tuyas.

En liderazgo el principio es el mismo. Un buen líder no es el más brillante de la sala. Es quien hace brillante a la sala. John Quincy Adams lo dijo hace dos siglos y sigue vigente: “Si tus acciones inspiran a otros a soñar más, aprender más, hacer más y ser más, eres un líder”. Eso es todo. No hay examen. Hay evidencia.

¿Y cómo identificamos a la gente grande? No por sus logros. Por sus preguntas. La gente pequeña pregunta: “¿Y si fallas?”. La gente grande pregunta: “¿Y si lo logras?”. La gente pequeña habla de límites. La gente grande habla de posibilidades. La gente pequeña recuerda tus errores. La gente grande recuerda tu propósito.

En casa, con Benjamín, practicamos esto todos los días. Él tiene 12 años y doce perros adoptados que cuidamos juntos. A veces me dice: “Papá, quiero hacer un proyecto para que más niños adopten”. La respuesta pequeña sería: “hijo, eso es muy difícil”. La respuesta que elegimos es: “Perfecto. ¿Cuál es el primer paso? Yo te ayudo con el segundo”. Así se cría gente grande. Dando permiso para soñar y responsabilidad para ejecutar.

En el trabajo con familias pasa igual. Una madre llega diciendo: “Mi hija no va a poder”. Le pregunto: “¿Y si sí pudiera, ¿qué necesitaría?”. Cambiar la pregunta cambia el futuro. Viktor Frankl, que sobrevivió a lo impensable, escribió: “Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”. A veces no podemos cambiar al otro. Pero sí podemos cambiar con quién caminamos.

Hay un ejercicio que hago en talleres. Pido que cada persona escriba tres nombres: alguien que te inspiró, alguien que te frenó, y alguien a quien tú inspiras hoy. El silencio que sigue es profundo. Porque todas y todos tenemos esas tres listas. El punto no es guardar rencor con la segunda. El punto es decidir a quién le damos más tiempo hoy.

Martin Luther King Jr. dijo: “La vida es una escalera. No puedes subirla con las manos en los bolsillos”. Subir requiere soltar. Soltar quejas, soltar comparaciones, soltar personas que solo saben hablar de lo que no se puede. Y agarrar compromiso, curiosidad y comunidad.

La justicia restaurativa me enseñó que reparar es posible. Pero reparar empieza por creer que la otra persona puede reparar. Si entras a un círculo pensando “esta persona no va a cambiar”, ya perdiste. Si entras pensando “esta persona puede elegir distinto”, abres una puerta. Eso es gente grande.

En educación pasa igual. Carol Dweck habla de la “mentalidad de crecimiento”. No es una frase bonita. Es ciencia. Cuando creemos que las habilidades se pueden desarrollar, el cerebro se comporta distinto. Se equivoca, aprende, intenta otra vez. Cuando creemos que todo es fijo, el cerebro se protege y se esconde. Las palabras de quienes nos rodean instalan una de las dos mentalidades.

Por eso insisto tanto en el lenguaje. Decir “no puedes” es distinto a decir “aún no puedes”. Decir “eres un problema” es distinto a decir “tenemos un problema que resolver juntos”. Las palabras son andamios. O sostienen o aplastan.

Séneca escribió: “No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho”. Y perdemos mucho tiempo con personas que nos explican por qué no. Ganamos tiempo con personas que nos preguntan cómo sí.

¿Esto significa que hay que cortar a todo el mundo que duda? No. Significa poner límites. Significa agradecer la intención y elegir con quién caminas los tramos largos. A veces la gente pequeña cambia cuando ve a gente grande cerca. Otras veces no. Y está bien. Tu responsabilidad no es salvar a todos. Tu responsabilidad es no traicionarte.

En comunicación política hay una regla: la gente no recuerda lo que dijiste. Recuerda cómo la hiciste sentir. Aplica para un discurso y para una conversación en la cocina. ¿Cómo haces sentir a las personas después de hablar contigo? ¿Más pequeñas o más capaces? Esa es tu marca.

En talento humano buscamos personas que sumen. Pero sumar no es aplaudir todo. Sumar es retar con respeto. Es decir: “Creo en ti y por eso te pido más”. Maya Angelou lo dijo perfecto: “La gente olvidará lo que dijiste, olvidará lo que hiciste, pero nunca olvidará cómo la hiciste sentir”.

Para cerrar, quiero volver al inicio. Aléjate de quien empequeñece. Acércate a quien expande. Y conviértete tú en esa persona para alguien más. Porque la grandeza no es un destino. Es una práctica diaria.

Si eres docente, sé el profesional  que nombra el talento antes que el déficit.

Si eres padre o madre, sé el padre o la madre que pregunta “¿qué aprendiste?” antes que “¿cuánto sacaste?”.

Si eres líder, sé el líder que celebra el éxito ajeno como propio.

Si eres joven, busca mentores que te hagan preguntas incómodas y amorosas.

Mahatma Gandhi nos dejó el mapa: “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”. Empieza hoy. Revisa tu círculo. Agradece a quienes te hacen grande. Y sé esa persona para otros.

El mundo no necesita más expertos en señalar lo que falta. Necesita más personas valientes que señalen lo que es posible. Personas que, con su presencia, te recuerdan que después de cada noche nace un sol. Y que tú también puedes ser parte de ese amanecer para alguien. Rodéate bien. Crece. Y ayuda a otros a crecer.

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