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Martes, 08 Septiembre 2026
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Es más fácil ser caritativo que justo

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador Familiar y Educativo, UJPll / UCAT / Doctor en Humanidades, UPF Septiembre 07, 2026

Trabajo como orientador familiar y educativo. Mi oficina no tiene paredes de mármol. Tiene sillas plásticas, una mesa gastada y una puerta que siempre está entreabierta. Trabajo en Costa Rica, con personas jóvenes en riesgo social, con quienes han abandonado la escuela, con quienes han tenido conflictos con la ley, y con jóvenes que luchan contra las drogas.

Cada mañana entro a comunidades donde la esperanza a veces llega tarde. Pero llega. Y cuando llega, cambia todo.

La orientación no es dar consejos desde un escritorio. Es sentarse al lado. Es mirar a los ojos. Es sostener sin juzgar. Paulo Freire decía: “La educación no cambia el mundo. Cambia a las personas que van a cambiar el mundo”. Yo creo eso. Cada joven que acompaño es una posibilidad de mundo distinto.

En procesos de justicia restaurativa aprendí que la pregunta correcta no es “¿quién tuvo la culpa?”. La pregunta correcta es “¿a quién se dañó y cómo reparamos?”. Esa pregunta desarma. Porque nadie espera que le pregunten por el daño que causó y por el daño que le causaron.

Las y los jóvenes llegan con expedientes. Llegan con etiquetas: “problema”, “desertor”, “desertora”, “adicto”, “adicta”, “delincuente”. Llegan cansados y cansadas de que les griten. Llegan esperando otro portazo. Mi trabajo es abrir otra puerta.

Howard Zehr, padre de la justicia restaurativa, escribió: “La justicia restaurativa se centra en las necesidades de las víctimas, las obligaciones de las personas ofensores y la participación de la comunidad”. En la práctica eso se ve así: un círculo. Jóvenes, familias, docentes, vecinos y vecinas, la persona afectada. Todas hablando. Todas escuchando. Nadie con el micrófono del poder.

Ahí descubro que el muchacho que robó un celular también es el que cuida a sus hermanitos porque su mamá trabaja doble jornada. Que la joven que consume también es la que escribe poemas en un cuaderno que esconde.

Que quien abandonó el colegio también es quien sabe reparar bicicletas mejor que nadie.

El riesgo social no nace solo. Nace de ausencias. Ausencia de escuela que acoja. Ausencia de trabajo digno para las familias. Ausencia de personas adultas que crean. Ausencia de oportunidades. Lev Vygotsky decía: “El aprendizaje es un proceso social”. Y cuando ese proceso social se rompe, el joven o la joven busca otros grupos. A veces esos grupos lo llevan a la calle. A veces a la droga. A veces al juzgado.

Mi tarea es tender puentes de regreso. Puentes hacia la familia, hacia la escuela, hacia la comunidad.

Trabajar con jóvenes con consumo de drogas es trabajar con dolor. La droga no es el problema. Es la respuesta que encontraron al problema. Dolor de abandono. Dolor de violencia. Dolor de no sentirse suficientes. Carl Jung decía: “Quien mira hacia afuera sueña. Quien mira hacia adentro despierta”. El consumo los duerme. La orientación los despierta.

No llego a quitarles la droga con un discurso. Llego a preguntar: ¿qué te duele? ¿qué necesitas? ¿quién te ha cuidado? A veces lloramos juntas. A veces nos reímos. A veces solo nos quedamos en silencio. El silencio también orienta. 

En justicia restaurativa las y los hago responsables. Sí. Pero responsabilidad sin dignidad es castigo. Y el castigo ya lo conocen. Lo que no conocen es que alguien crea que pueden reparar.

Un joven me dijo una vez: “Profe, yo pensé que solo servía para problemas”. Seis meses después estaba pintando la escuela que había rayado. Él mismo pidió hacerlo. No porque el juez lo obligó. Porque en el círculo entendió a quién le dolió. Nelson Mandela dijo: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”. Yo agrego: la educación para reparar es el arma más poderosa para cambiar una vida.

Orientar a una familia es otro mundo. Son madres solas, abuelas criando, padres que trabajan 12 horas y llegan sin energía. Son familias que aman pero que no saben cómo poner límites sin gritar. Son familias que han perdido la esperanza en sus hijos e hijas.

Mi trabajo es devolverles la mirada. Decirles: su hijo o su hija no está perdida. Está perdida de ustedes. Volvámonos a encontrar. Virginia Satir, pionera de la terapia familiar, escribió: “La familia es el primer grupo donde aprendemos a ser humanos”. Si ese primer grupo está herido, yo acompaño a sanarlo. 

No se trata de culpar a la mamá o al papá. Se trata de enseñar nuevas conversaciones. De enseñar a escuchar sin interrumpir. De enseñar a poner límites que cuidan. De enseñar que el “te quiero” también se dice con reglas claras.

Con los jóvenes que han desertado del colegio el reto es doble. La escuela a veces los expulsó antes de que ellos y ellas la abandonaran. Les dijo que no servían. Les dijo que eran lentos. Les dijo que estorbaban.

Mi trabajo es devolverles el derecho a aprender. María Montessori decía: “El niño y la niña que tienen libertad e independencia aprenden por sí mismos”. Les damos otra forma de aprender. Talleres. Oficios. Proyectos. Algo que les diga: tus manos sirven. Tu mente sirve. Tú sirves.

Y cuando hay conflicto con la justicia, ahí es donde más se necesita orientación. Porque el sistema puede sancionar, pero no siempre restaura. Yo entro después de la sentencia. Entro para preguntar: ¿y ahora qué? ¿Cómo devuelves? ¿Cómo te devuelves a ti misma?

En un círculo restaurativo vi a una víctima llorar y decirle al joven: “No me devuelvas el celular. Devuélveme la tranquilidad”. El joven bajó la cabeza. No de vergüenza. De conciencia. Tres meses después fue a pedir disculpas a la casa. Llevó flores. Llevó un plan de trabajo comunitario. Llevó su palabra.

Eso no lo enseña ninguna ley. Eso lo enseña el encuentro.

Trabajar con jóvenes dependientes de drogas es caminar en recaídas. Es celebrar 15 días limpios y acompañar cuando recae al día 16. Es no rendirse cuando ellas o ellos se rinden. Viktor Frankl, que supo del sufrimiento humano, escribió: “Al ser humano se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la libertad de elegir su actitud ante las circunstancias”. Yo les recuerdo esa libertad todos los días. Puedes elegir distinto hoy.

No soy policía. No soy juez. No soy pastor. Soy orientador. Mi herramienta es la palabra. Mi herramienta es la escucha. Mi herramienta es creer antes de que ellas y ellos crean.

Costa Rica me ha enseñado que la comunidad sí quiere ayudar. Que hay maestras y maestros que se quedan después de clases. Que hay vecinos y vecinas que prestan un local para el taller. Que hay iglesias que abren la cocina. Que hay empresas que dan la primera oportunidad de trabajo.

La justicia restaurativa sin comunidad es solo una charla bonita. Con comunidad se vuelve transformación.

Me preguntan si no me canso. Claro que me canso. Me canso de ver puertas cerradas. Me canso de expedientes que pesan más que las personas. Me canso de noticias que solo hablan de violencia.

Pero luego llega un mensaje: “Profe, terminé noveno”. Luego llega otro: “Profe, tengo tres meses sin consumir”. Luego llega una mamá que me abraza y me dice: “Volvió a hablarme”. Y entiendo por qué sigo.

Albert Einstein dijo: “La locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados diferentes”. Por eso no hago lo mismo. Cada joven es un método nuevo. Cada familia es una estrategia nueva. Cada comunidad es un camino nuevo.

Orientar es eso. Es inventar caminos donde no los hay. Es sembrar, aunque no veas la cosecha. Es confiar en procesos lentos.

Gabriela Mistral escribió: “El futuro de los niños y las niñas es siempre hoy”. Y el presente de estos jóvenes es hoy. No podemos esperar a que “maduren”. Hay que acompañarlos mientras maduran. Con errores. Con recaídas. Con avances.

He aprendido que no salvo a nadie. Nadie salva a nadie. Acompaño. Y en el acompañamiento el joven y la joven se salvan a sí mismos. Yo solo les sostengo la linterna mientras encuentran la salida.

Trabajar en riesgo social es trabajar con historias duras. Historias de abandono, de violencia, de pobreza. Pero también son historias de resistencia. Son jóvenes que, a pesar de todo, se levantan.

Martin Luther King dijo: “La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad. Solo la luz puede hacer eso. El odio no puede expulsar al odio. Solo el amor puede hacer eso”. Mi trabajo es llevar luz. Es llevar amor en forma de límite, de regla, de abrazo, de tarea, de segunda oportunidad.

A veces me frustro. Porque quisiera cambiar todo el sistema educativo. Quisiera más recursos. Quisiera menos burocracia. Pero luego recuerdo que mi campo de acción es pequeño y profundo. Es una vida a la vez.

Y cada vida importa. La del joven que vendía para consumir y hoy vende empanadas. La de la chica que estuvo en el juzgado y hoy da clases de baile a niñas. La del muchacho que no creía en la escuela y hoy enseña a leer a su hermanito. 

No son casos de éxito para un informe. Son personas. Son nombres. Son futuros.

La orientación familiar y educativa en justicia restaurativa es política. Es social. Es espiritual. Es decirle a un joven: tú no eres desechable. Es decirle a una joven: tú no eres desechable. Es decirle a una familia: ustedes no están solos. Es decirle a la comunidad: nos necesitamos.

John Dewey decía: “La educación no es preparación para la vida. La educación es la vida misma”. Y yo vivo mi profesión así. Cada sesión es vida. Cada conflicto es vida. Cada reparación es vida.

Costa Rica necesita más orientadores y orientadoras en las calles, no solo en las oficinas. Necesita más círculos, menos expedientes. Necesita más prevención, menos condena. Necesita creer que un joven con antecedentes puede ser ciudadano. Que una joven con adicción puede recuperarse. Que una familia rota puede repararse.

Yo no tengo todas las respuestas. Tengo preguntas. Tengo tiempo. Tengo presencia. Y tengo la convicción de que el ser humano puede más.

Termino cada semana igual. Cansado y agradecido. Porque vi a un joven llorar por primera vez sin esconderse. Porque vi a una mamá poner un límite sin gritar. Porque vi a una víctima y a un ofensor darse la mano. 

Eso es justicia restaurativa. Eso es orientación. Eso es esperanza.

Si algo he aprendido en estos años es que sanar es posible. Que educar es posible. Que restaurar es posible.

Y mientras haya un joven o una joven que quiera intentarlo, aquí voy a estar. Con mi silla plástica, mi mesa gastada y mi puerta entreabierta. Porque la orientación no es una profesión. Es una forma de amar. Mi mentora en justicia restaurativa es la Dra. Anna Katherine Müller Castro, Exministra de Educación y actual Diputada, me enseño que el trabajo más apremiante de la orientación es enseñar desde la más temprana edad a validar las emociones, me dijo “ No podemos dejar que el pasado nos diga quienes somos, dejemos que sea el presente quien diga quienes seremos”.

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