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Sábado, 31 Octubre 2026
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El ángel que cruzaba el jardín

By Willy Chaves Cortés, OFS Orientador familiar y educativo, Magíster en Talento Humano, Especialista en Liderazgo Octubre 30, 2026

Hay ángeles que no tienen alas. Visten uniforme blanco, cruzan jardines de hospital a paso apresurado y se detienen, aunque tengan mil cosas que hacer, a escuchar a un paciente desconocido. Esa imagen se me quedó grabada para siempre. Porque en la vida hay encuentros que parecen casuales, pero que en realidad son lecciones eternas que llegan disfrazadas de coincidencia.

Hace varios años, por padecimientos de piedras en los riñones, fui hospitalizado de forma recurrente en el servicio de Urología del Hospital San Juan de Dios. Quienes hemos estado ahí sabemos lo que significa la vulnerabilidad: la bata que nos iguala a todos, la espera que se hace interminable, el dolor físico que doblega el cuerpo y también la necesidad profunda de sentirnos dignos aun en la enfermedad. El hospital nos enseña humildad. Nos recuerda que todos, sin importar títulos, dinero o influencias, somos frágiles.

Como decía Florence Nightingale, pionera de la enfermería moderna: “La enfermería es un arte; y para realizarlo como arte, requiere una devoción tan exclusiva, una preparación tan dura, como la obra de cualquier pintor o escultor”. Esa frase cobra sentido cuando uno está del otro lado de la cama, cuando es paciente.

En uno de esos internamientos, mientras cruzaba el jardín interior de ese hospital que es patrimonio y corazón de Costa Rica, apareció ella. Yo no la conocía. Solo sabía por su porte, por su caminar seguro y por su presencia serena, que era alguien importante. Era doña Virian.

Me le acerqué no como comunicador político, no como ciudadano influyente, sino como lo que era en ese momento: un paciente con pena, con incomodidad y con una súplica sencilla. Le dije con respeto y con la voz baja de quien no quiere molestar: “Doña Virian, por favor, los baños del servicio de Urología son inhóspitos, no son propios de un hospital, no son dignos de un paciente”.

Ella pudo seguir caminando. Pudo decirme que no era su competencia. Pudo darme una excusa administrativa, una de esas que tanto abundan. No lo hizo. Se paró. Me miró de frente. Me escuchó con una atención que hoy es escasa. Y me miró con esos ojos que quienes la conocen saben describir: ojos llenos de bondad, profundamente humanos, asertivos, de esos que transmiten energía positiva y que te hacen sentir que tu voz importa, que tu dolor no es invisible.

No me prometió nada. Su respuesta fue su mirada. Y en esa mirada entendí lo que significa la compasión auténtica. Como nos enseñó el Dalái Lama: “Si quieres que otros sean felices, practica la compasión. Si quieres ser feliz tú, practica la compasión”. Ella practicaba la compasión sin discursos.

Y sin embargo, de manera rápida, elegante y efectiva, los baños de aquel salón fueron transformados. No sé cómo lo hizo, qué gestiones movió, a quién tuvo que convencer, qué puertas tocó. Pero lo hizo. Y en ese acto pequeño, que para la administración puede parecer menor o meramente logístico, para nosotros los pacientes fue enorme: nos devolvió la dignidad. Nos dijo sin palabras que importábamos.

Ahí comprendí lo que muchos costarricenses ya saben: que las enfermeras y los enfermeros son de verdad ángeles. Son el puente indispensable entre el médico y el enfermo, entre la institución fría y el ser humano que sufre. Sin su proximidad, sin su empatía y sin su vocación, ningún hospital podría funcionar. Son la primera cara que vemos al ingresar y muchas veces la última mano que sostenemos.

Recuerdo las palabras de la Madre Teresa de Calcuta, que tanto nos inspiran en estos temas: “No todos podemos hacer grandes cosas, pero sí podemos hacer cosas pequeñas con gran amor”. Eso hizo doña Virian: una cosa pequeña con un gran amor.

Con el tiempo la vida me permitió reencontrar a esa gran señora. Supe que aquella mujer del jardín no era otra que la Dra. Viriam Mejías Padilla, la respetada directora de Enfermería del Hospital San Juan de Dios, la mujer que dirige a un verdadero ejército de más de mil quinientos profesionales de enfermería de la Caja Costarricense de Seguro Social. Una responsabilidad colosal que solo una líder con corazón puede sostener.

La misma que estuvo al frente, con valentía, estrategia y serenidad, de la primera línea de contención del personal de enfermería durante la cruenta batalla contra la Covid-19. Mientras muchos nos resguardábamos en casa con miedo, ella y su equipo salían a enfrentar lo desconocido, a cuidar, a consolar, a sostener la esperanza. Como dijo Albert Camus en tiempos de peste: “En medio del invierno, aprendí que había en mí un verano invencible”. Ese verano invencible lo encarnó el personal de enfermería.

Y la misma que hoy forma a las nuevas generaciones como directora de Posgrados y Maestrías en Enfermería de la Universidad Hispanoamericana de Costa Rica, impulsando la formación y la especialización. Porque quien ha aprendido el valor del servicio entiende que debe multiplicarse enseñando.

Entendí entonces que su gesto conmigo no fue casualidad. Fue coherencia. Fue vocación convertida en acción. Así lidera, así enseña, así vive. Los grandes líderes no necesitan gritar su autoridad. Su autoridad se nota en cómo tratan al más vulnerable.

Esta historia me lleva a una profunda reflexión que quiero compartir hoy con usted que me lee. Vivimos tiempos de prisa, de individualismo, de quejarnos mucho y agradecer poco. Nos hemos acostumbrado a señalar lo que no sirve, pero pocas veces nos detenemos a reconocer lo que sí sirve y a quienes lo hacen posible con amor. Necesitamos volver a la compasión al prójimo como práctica diaria.

La compasión no es lástima. La compasión es ponerse en los zapatos del otro y actuar. Es entender que el paciente del baño inhóspito podría ser mi padre, mi madre, mi hijo. Es entender que la dignidad no es un lujo, es un derecho. Y que un hospital que cuida la dignidad, cura mejor.

Como escribió Antoine de Saint-Exupéry: “Solo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible para los ojos”. Doña Virian vio con el corazón. Vio más allá de una queja. Vio una necesidad humana.

Si yo tuviera que definir qué debe ser la cátedra del buen hacer en enfermería, no la pondría en un libro ni en una diapositiva. La pondría frente a los estudiantes y les diría: miren a doña Virian. Aprendan de su escucha activa, de su humanidad sin condiciones, de su capacidad de resolver lo que otros ignoran, de su humildad para atender a un paciente que nadie más atendió.

Porque hay directores que administran números, turnos y presupuestos. Y hay líderes que transforman vidas, que transforman incluso un baño en dignidad, que transforman el miedo en confianza. Esa es la diferencia entre gestionar y liderar. Y Costa Rica necesita más líderes como ella.

Este artículo es también una invitación. Una invitación a ser como ella en nuestro propio jardín, en nuestro propio espacio. Usted no necesita ser director de un hospital para cambiarle el día a alguien. Necesita detenerse. Escuchar. Mirar con bondad. Resolver lo que esté a su alcance con amor. Como dijo Mahatma Gandhi: “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”. Doña Virian fue el cambio que yo necesitaba ver en ese hospital.

Por eso hoy, desde mi trinchera de comunicador político y sobre todo desde mi condición de ser humano agradecido, levanto mi voz para decir gracias. Gracias a doña Virian y gracias a cada enfermera y enfermero de Costa Rica que cada día cruza jardines, pasillos y salas con esa vocación infinita.

Gracias, doña Virian. El Hospital San Juan de Dios y Costa Rica tienen en usted a uno de sus mejores ángeles. Y este paciente jamás lo olvidará. Que su ejemplo se multiplique, que su luz siga cruzando jardines encontrando a pacientes que solo necesitan ser escuchados. Porque al final, como nos recuerda Jean Watson, teórica de la enfermería: “El cuidado es la esencia de la enfermería y el camino más directo hacia la sanación”.

Quiero cerrar con una reflexión final para cada lector. La vida nos pone en ambos lados de la historia. Hoy somos quienes podemos ayudar, mañana seremos quienes necesitamos ser ayudados. Esa es la rueda de la existencia. Por eso cultivar la compasión no es un acto de caridad, es un acto de inteligencia emocional y espiritual. Es sembrar lo que deseamos cosechar cuando nos toque estar vulnerables.

Motívese usted hoy a hacer esa diferencia pequeña pero gigante. Salude al guarda, agradezca a la enfermera, escuche con atención al colega, visite al vecino enfermo. No subestime el poder de un gesto bondadoso. Un baño digno puede devolver la esperanza. Una escucha atenta puede devolver la paz. Una mirada compasiva puede devolver la fe en la humanidad.

Que nunca se nos olvide que servir es un privilegio. Y que en el servicio al prójimo encontramos el sentido más profundo de nuestra propia vida. Con fe, esperanza y amor.

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