Un día me informaron que tenía que repetir sétimo año, cuando volvía a mi casa pasé por la parroquia y vi que estaba el grupo reunido: “Jap… Ahí están los panderetas”, me dije. Pero en eso vi a mi compañera y me acerqué a saludarla, ella me volvió a invitar a participar, acepté. Algo dentro de mí sintió un llamado. Me quedé esa tarde con ellos. Así empezó mi experiencia.
Dios comenzó a trabajar en mí. Al principio, en realidad, en parte había decidido continuar porque había una muchacha que me gustaba. Sin embargo, al mes hubo un campamento y ahí el Señor entró radicalmente en mi corazón.
En ese momento, yo vivía un contexto familiar complejo, mi mamá tenía un diagnóstico de salud comprometido y mi familia pasaba una situación económica difícil. Entonces, yo ni siquiera tenía dinero para ir al campamento, pero los coordinadores me dijeron que no me preocupara y mi mamá dio la autorización porque pensó que era algo que yo necesitaba.
Ahí tuve mi primer encuentro con el Señor. De rodillas, con lágrimas en los ojos, frente al Santísimo, tenía presente a mi mamá y lo que estábamos pasando. Sentí mucha paz y sentí que el Señor me hacía el llamado a seguir en la Pastoral Juvenil, a pesar de todo lo que pasara. Luego del campamento, mi mamá recibió un diagnóstico muy favorable.
Sobre el DNJ tengo muchas expectativas, espero compartir con muchos otros jóvenes, que viven diferentes realidades en sus diócesis y parroquias, será un momento para compartir el amor en Cristo, el Eterno Joven”.
















