Queridos pescadores de las distintas flotas pesqueras, molusqueros y molusqueras, mujeres peladoras de camarón, familias de nuestras comunidades costeras, hermanos y hermanas todos en el Señor:
Con profundo afecto les saludo en esta celebración de la Virgen del Mar, una fiesta tan querida para Puntarenas y para nuestras comunidades costeras. Hoy nos reunimos para dar gracias a Dios por el don del mar, por el trabajo de quienes viven de él, por la fe de nuestras familias y por la protección maternal de María, a quien invocamos con amor como Virgen del Mar y Estrella que guía a quienes navegan.
Este mensaje tiene para mí un significado muy especial. Al acercarse el final de mi servicio episcopal por razón de mi jubilación, esta es la última vez que me dirija a ustedes ahora como Administrador Apostólico de esta querida y, por mí, apreciada diócesis de Puntarenas. Lo hago con el corazón lleno de gratitud, de recuerdos, de preocupación pastoral y también de esperanza.
Durante mi episcopado he seguido muy de cerca el drama de las gentes del mar. Por medio de la Pastoral de las Gentes del Mar hemos conocido y compartido las dificultades que se han presentado en las diferentes flotas pesqueras. Hemos escuchado sus preocupaciones, hemos acompañado sus luchas, hemos reconocido sus esfuerzos y hemos tratado de estar cerca de sus familias en los momentos de alegría y también en los momentos de dolor.
He visto en ustedes un pueblo trabajador, humilde y creyente. Un pueblo que ama a su familia, que se siente orgulloso de sus hijos, que valora la honradez, que conserva una fe sencilla en Dios y que sabe agradecer incluso en medio de las dificultades. He visto comunidades que aman su tierra, su mar, sus tradiciones, sus procesiones, sus fiestas, sus pangas, sus redes, sus manglares y la memoria de quienes les enseñaron a vivir de este oficio.
Pero también he visto el cansancio de muchas familias. He escuchado la preocupación por la falta de trabajo, por la inseguridad, por la droga que amenaza a los jóvenes, por el alcoholismo, por la violencia, por los problemas de agua, por la incertidumbre sobre la tierra, por la destrucción del mar, por el irrespeto a la veda y por la dependencia casi total de una pesca cada vez más difícil.
Como pastor, no puedo mirar esas realidades con indiferencia. La Iglesia no puede limitarse a bendecir embarcaciones y celebrar fiestas religiosas si al mismo tiempo no escucha el clamor de quienes sufren, si no defiende la dignidad de las familias y si no recuerda a las autoridades su responsabilidad moral con los sectores más vulnerables.
Por eso, una vez más, quiero insistir en la obligación moral del Estado de dar la seguridad jurídica que corresponde a los pescadores artesanales de pequeña escala. El acceso al recurso pesquero no puede ser tratado como un favor, ni como una concesión arbitraria, ni como un privilegio reservado para unos pocos. El acceso al recurso pesquero es un derecho humano vinculado al trabajo, al alimento, a la cultura, a la identidad y a la subsistencia de miles de familias.
Es inadmisible que todavía un altísimo porcentaje de nuestros pescadores artesanales tengan que realizar su actividad informalmente, expuestos a decomisos, a la pérdida total de sus equipos pesqueros y, peor aún, a verse privados en muchas ocasiones de los beneficios de nuestro Estado Social de Derecho. No se puede exigir responsabilidad a quienes no se les ofrece un camino claro, justo y posible para trabajar dentro de la legalidad. La formalización de los pescadores artesanales no debe ser una carrera de obstáculos, sino una prioridad nacional.
También quiero decir una palabra sobre el sector camaronero. Para mí fue profundamente dolorosa la supresión de la pesca de arrastre de camarón, no solo por el impacto que tuvo en la economía de Puntarenas, sino por el sufrimiento que provocó en muchas familias que dependían de esta actividad. Vi lágrimas, angustia, incertidumbre y desesperación. Vi hogares golpeados y personas que se sintieron abandonadas.
Al mismo tiempo, sigo confiando en Dios en que se podrán encontrar caminos responsables, técnicamente fundamentados y socialmente justos para que se vuelva a pescar camarón por arrastre de manera sostenible. No se trata de ignorar el cuidado de la creación, sino de buscar soluciones que integren la protección del mar con la dignidad de las familias trabajadoras. La verdadera sostenibilidad nunca puede separar la ecología de la justicia social.
Quiero reconocer también un logro importante alcanzado por las organizaciones de molusqueros y molusqueras. Hoy muchas de estas personas realizan su actividad productiva formalmente, al contar con los permisos correspondientes para hacerlo. Este paso merece ser valorado, porque ha sido fruto de esfuerzo, organización, perseverancia y confianza.
Además, con la apertura del programa de pagos por servicios ambientales marinos, quienes cuidan el manglar han comenzado a recibir un ingreso por una labor que siempre ha sido fundamental: proteger ese espacio de vida donde se reproduce buena parte de la riqueza marina. El manglar no es monte inútil. Es casa, refugio, alimento, protección y futuro. Cuidar el manglar es cuidar la pesca, cuidar la comunidad y cuidar la vida.
Sé que este proceso no ha estado libre de dificultades. La tramitología excesiva, los atrasos en los pagos y la lentitud institucional han provocado cansancio y preocupación. Sin embargo, confío en el Señor en que estas trabas se logren superar, convencido de que muchas de ellas son producto de la novedad de este tipo de programas. Lo que no podemos permitir es que la burocracia apague la esperanza ni desanime a quienes están haciendo las cosas bien.
Siento también una preocupación especial por los tripulantes de las embarcaciones de palangre, las que comúnmente conocemos como flota media y avanzada. En ellos podemos identificar el valor y el coraje de nuestros pescadores. Son hombres que salen lejos, muchas veces durante largos días, expuestos a riesgos difícilmente comparables con otras actividades productivas. Lejos de sus familias, en medio del océano que se torna infinito, enfrentan la soledad, el cansancio, el peligro y la incertidumbre.
A ustedes, queridos tripulantes, quiero expresarles mi respeto y mi admiración. Ruego al Señor por su protección. Que el sacrificio realizado sea siempre retribuido con una pesca abundante, con el regreso seguro a casa y con el bienestar de sus familias. Que nunca falte una oración por ustedes en nuestras comunidades, especialmente cuando el mar se vuelve difícil y la distancia se hace larga.
Queridas gentes del mar:
Después de tantos años de camino compartido, puedo decir que en sus comunidades he encontrado una fe sencilla, una profunda capacidad de lucha y un amor grande por la familia. Ustedes llevan en el corazón muchas preocupaciones, pero también muchas razones para seguir adelante. Les preocupa el trabajo, la seguridad, la salud, el futuro de los jóvenes, la estabilidad de sus hogares y el cuidado del mar; pero, al mismo tiempo, conservan sueños nobles: que sus hijos y nietos estudien, que sean personas de bien, que vivan con fe, que no caigan en la droga ni en la violencia, y que sus comunidades tengan mejores oportunidades.
Esos sueños no son ajenos al Evangelio. Allí donde una familia desea un futuro digno para sus hijos, donde una comunidad quiere vivir en paz, donde un trabajador reclama condiciones justas, donde un pueblo defiende su identidad y su derecho a vivir de manera honrada, allí también se manifiesta la esperanza que Dios siembra en el corazón humano.
Por eso, al despedirme de ustedes como Obispo de Puntarenas, quisiera dejarles una palabra de ánimo y una invitación: cuiden lo más valioso que tienen. Cuiden la fe, porque ella sostiene cuando las fuerzas parecen faltar. Cuiden la familia, porque en ella se aprende a amar, a perdonar y a levantarse. Cuiden la comunidad, porque nadie sale adelante solo. Cuiden a los jóvenes, porque en ellos se juega el futuro de nuestros pueblos. Y cuiden el mar, porque en él está escrita buena parte de su historia, de su trabajo y de su esperanza.
Sé bien que no todo depende de ustedes. Muchas soluciones requieren decisiones responsables de las instituciones públicas, voluntad política, justicia social y políticas claras que escuchen verdaderamente a quienes viven del mar. Pero también sé que una comunidad unida, formada, organizada y fiel a sus valores tiene una fuerza enorme. La unidad, la honradez, la responsabilidad y la perseverancia son caminos necesarios para que sus luchas no se pierdan y para que sus voces sigan siendo escuchadas.
Este momento histórico les pide estar atentos, unidos y responsables. No toda propuesta que se presenta como progreso o disfrazado de economía azul, protege necesariamente su vida, su trabajo y sus comunidades. Algunas iniciativas pueden terminar limitando su acceso al mar, debilitando la pesca artesanal o dejando en manos de otros las decisiones sobre su futuro. Por eso, les corresponde a ustedes discernir con sabiduría, organizarse con firmeza y defender lo que Dios les ha confiado: el mar, el manglar, el trabajo honrado, el alimento de sus familias y la esperanza de sus hijos. El mar es testigo de su valentía, de su laboriosidad, de sus riesgos y también él ha oído su oración piadosa y confiada en los peligros.
A la Iglesia diocesana le dejo también este llamado: que nunca se aparte de las gentes del mar. Que nuestras parroquias, sacerdotes, agentes de pastoral y comunidades cristianas mantengan viva esta cercanía. Que la Pastoral de las Gentes del Mar siga siendo una presencia concreta de la Iglesia entre ustedes: una presencia que escucha, acompaña, forma, consuela, defiende la dignidad humana y anuncia la esperanza de Cristo en medio de las realidades cotidianas.
Hoy, en esta celebración tan significativa, pongo nuevamente sus vidas bajo el amparo de María, la Virgen del Mar. Ella, que supo guardar tantas cosas en su corazón, comprende también lo que ustedes llevan en el suyo: las alegrías y los cansancios, las preocupaciones y los silencios, las luchas y los sueños.
A María le confío a los pescadores artesanales que salen cada día al mar; a los camaroneros y sus familias, que han vivido momentos de tanta incertidumbre; a los molusqueros y molusqueras, que con su trabajo cuidan también el manglar; a los tripulantes de palangre, que se internan mar adentro con valentía; a las mujeres que sostienen la vida familiar; a los jóvenes que buscan un camino; a los niños que merecen crecer con alegría; a los adultos mayores que conservan la memoria de nuestras comunidades; y a quienes han perdido a un ser querido en el mar.
Gracias por permitirme caminar con ustedes durante estos años. Gracias por su confianza, por su cariño, por su paciencia y por su testimonio. Gracias por recordarme que la Iglesia debe estar cerca del pueblo, especialmente de quienes trabajan con sacrificio, sufren en silencio y siguen creyendo en Dios.
Me despido de ustedes con gratitud y afecto de pastor.
Que el Señor bendiga sus familias.
Que proteja sus embarcaciones.
Que sostenga su trabajo.
Que ilumine a las autoridades para tomar decisiones justas.
Que fortalezca la unidad de sus comunidades.
Que cuide a sus jóvenes.
Que sane las heridas causadas por el abandono y la indiferencia.
Y que mantenga viva en ustedes la esperanza.
Virgen del Mar, acompaña a tus hijos. Guía sus embarcaciones.
Protege sus hogares. Intercede por sus luchas.
Y llévalos siempre a buen puerto.
Con mi bendición y mi cariño sincero,
Mons. ÓSCAR FERNÁNDEZ GUILLÉN
Administrador Apostólico de la Diócesis de Puntarenas
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