La autoridad del pastor nace precisamente de esa transparencia interior que permite que los demás descubran, detrás de su persona, el rostro del Señor. En una época marcada por la desconfianza, el relativismo y tantas contradicciones, el pueblo de Dios necesita pastores creíbles. Hoy la coherencia evangeliza; la autenticidad convence más que muchos discursos, y la santidad sigue siendo el argumento más fuerte de la Iglesia.
San Pedro, en la segunda lectura, habla precisamente de aquella experiencia inolvidable en el monte santo: “Nosotros fuimos testigos oculares de su grandeza”. El pastor no anuncia teorías ni ideologías. Anuncia una Persona que ha encontrado, amado y seguido. El obispo no puede hablar solamente de Cristo; debe hablar desde Cristo. Antes de ser maestro, necesita ser discípulo; antes de enseñar, debe permanecer largo tiempo escuchando a su Señor.
Por eso, querido hermano, nunca permitas que las muchas ocupaciones apaguen la primacía de la oración. La agenda de un obispo suele llenarse rápidamente de reuniones, viajes, decisiones, problemas y múltiples responsabilidades. Todo eso forma parte del ministerio, pero nada puede sustituir el encuentro cotidiano con el Señor. El pueblo espera de su obispo, sobre todo, que sea un hombre de Dios. Solo quien permanece mucho tiempo delante del Señor puede luego reconocerlo en el rostro de los pobres necesitados, de los sacerdotes cansados y en dificultad, de las familias heridas, de los jóvenes que buscan sentido para su vida y de quienes viven sin esperanza. San Agustín expresaba una verdad que nunca pierde actualidad: “Para ustedes soy obispo; con ustedes soy cristiano. Aquel nombre expresa un deber; éste, una gracia. Aquel significa peligro; éste, salvación”. El santo obispo de Hipona y doctor de la Iglesia, en pocas palabras resume toda la espiritualidad episcopal: el episcopado no constituye un privilegio, sino un servicio; no es una dignidad para ser admirada, sino una responsabilidad que se vive con temor de Dios y profundo amor al pueblo confiado.
Elímar, la Iglesia, por medio de la sucesión apostólica, te confía hoy el triple munus episcopi de enseñar, santificar y gobernar. 1.- Enseña con claridad la verdad del Evangelio: nuestro tiempo necesita pastores que no confundan, que no callen por miedo ni acomoden el Evangelio a las circunstancias del momento. La caridad nunca está separada de la verdad. Amar significa también iluminar las conciencias con la Palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia. 2.- Santifica al pueblo mediante la celebración de los sacramentos: que la Eucaristía sea verdaderamente el centro de tu vida; que cada celebración manifieste el amor con que Cristo sigue reuniendo y santificando a su pueblo. 3.- Gobierna, apacienta y guía como padre y pastor: gobernar en la Iglesia no consiste simplemente en administrar estructuras, sino en conducir las personas hacia Cristo. Hazlo con ternura y cercanía, con paciencia y caridad, pero también con la claridad y firmeza que exige el Evangelio y el bien de la Iglesia.
Quisiera detenerme particularmente en un aspecto fundamental de tu ministerio: tus sacerdotes. Ellos serán tus primeros colaboradores, por ello, ámalos sinceramente; conócelos por su nombre, por su historia y también por sus heridas. Escúchalos antes de juzgarlos; corrígelos cuando sea necesario; pero siempre como padre, desde la verdad y la caridad. Anímalos y estimúlalos siempre; muéstrate cercano y disponible; reza por ellos todos los días y hazles sentir que nunca están solos.
Desde tu ordenación presbiteral, y ahora para la episcopal, has elegido el texto de la carta de San Pablo a los efesios 1,4: “Él mismo nos eligió”. Recuerda que ninguna vocación nace de la casualidad, tampoco la episcopal. Hoy la Iglesia reconoce públicamente una elección que comenzó hace mucho tiempo en el corazón de Dios. Él te llamó, te preparó, te sostuvo y ahora te envía. No olvides nunca que quien llama también sostiene. No tendrás todas las respuestas ni todas las fuerzas; habrá decisiones difíciles y momentos de incertidumbre, pero la gracia del Señor siempre será suficiente.
Hermano Elímar, asumes el pastoreo de una diócesis hermosa y llena de riqueza humana, pero también marcada por enormes desafíos: pobreza y desigualdad, desempleo y subempleo, crisis del sector pesquero, narcotráfico e inseguridad, migración y movilidad laboral, turismo con fuertes contrastes sociales, deterioro ambiental del Golfo de Nicoya, rezago en infraestructura y servicios públicos, etc. A nivel eclesial: necesidad de vocaciones sacerdotales y religiosas, indiferencia y oposición hacia la fe, alejamiento de la Iglesia, falta de formación cristiana y eclesial, desintegración y crisis de la familia, relativismo moral, etc. Todas estas situaciones reales reclaman una Iglesia cercana, profética y esperanzadora. No permitas que esas realidades te desanimen; míralas con los ojos de Cristo. Escucha el clamor de los pobres y camina con ellos. Promueve una Iglesia que salga al encuentro, que construya puentes, que anuncie esperanza y que sea presencia viva de la misericordia de Dios allí donde parece imponerse la desesperanza.
En este momento de gracia, deseo expresar un sincero reconocimiento y una gratitud profunda a nuestro querido hermano Mons. Óscar Gerardo Fernández Guillén, quien durante veintitrés años apacentó con generosidad y amor a esta querida Iglesia particular de Puntarenas. Querido Mons. Óscar, muchas gracias por su testimonio, por su fidelidad y por el legado que hoy entrega a esta Iglesia. Que el Buen Pastor, a quien ha servido con amor, lo siga fortaleciendo y le conceda abundantes frutos a su ministerio, ahora vivido desde la serenidad de la condición de obispo emérito, mientras continúa sosteniendo con su oración a esta diócesis que siempre llevará en el corazón.
Querido hermano Elímar, para concluir quisiera volver nuevamente al monte Tabor. Los discípulos contemplaron la gloria de Jesús, pero después tuvieron que bajar de la montaña para continuar la misión. También tú, después de esta solemne celebración, comenzarás el camino cotidiano del servicio. Allí, en lo sencillo de cada jornada, se construye la misión y la santidad de un obispo. Que quienes te encuentren puedan descubrir en ti algo de la luz de Cristo. Que tus palabras iluminen porque nacen de la verdad, que tus decisiones transmitan justicia y caridad, que tu cercanía refleje la misericordia del Buen Pastor y que tu vida sea siempre transparente, coherente y auténtica. Que nunca busques otra gloria distinta de la gloria de Dios y la salvación de las almas.
Nuestra Señora del Carmen, patrona excelsa de esta diócesis, te acompañe siempre. Ella permaneció al pie de la cruz y participó también de la alegría de la Resurrección. Que la Santísima Virgen te enseñe a permanecer fiel en todos los momentos de tu ministerio, para que un día puedas escuchar de labios del Señor aquellas palabras que todo pastor anhela: “Muy bien, siervo bueno y fiel; entra en el gozo de tu Señor”.
Así sea, amén.
















