Por eso, pedimos a las autoridades que garanticen condiciones de vida dignas: atención oportuna a la salud física y mental, alimentación adecuada, higiene, seguridad y asistencia espiritual para quienes libremente la soliciten. También es necesario prevenir y atender el hacinamiento y toda forma de violencia. Ampliar la infraestructura penitenciaria puede contribuir a responder a estas necesidades, pero no basta con abrir nuevos espacios: importa cómo se vivirá en ellos, qué trato recibirá cada persona y qué oportunidades tendrá para prepararse para su regreso a la comunidad.
La educación, la capacitación y el trabajo digno ayudan a construir ese futuro. Necesitamos fortalecer estas oportunidades y acompañar a quienes salen de prisión en la búsqueda de empleo, en el reencuentro con sus familias y en su regreso a la vida comunitaria. Las instituciones públicas, las comunidades, las organizaciones sociales y el sector empresarial tienen mucho que aportar. Recuperar la libertad no debería significar encontrarse con todas las puertas cerradas.
En este camino, valoramos las iniciativas que permiten a las personas privadas de libertad salir a trabajar en la limpieza de calles, el cuidado de espacios públicos y otras tareas de servicio a la comunidad. Son oportunidades para poner sus capacidades al servicio de los demás, fortalecer la confianza en sí mismas y reconstruir vínculos con la sociedad. Invitamos a la población a reconocer estos esfuerzos con respeto. Realizadas con acompañamiento, seguridad y condiciones dignas, estas labores pueden favorecer la reinserción, sin olvidar que el valor de una persona nunca depende de lo que produce.
Una responsabilidad compartida.
La prevención también nos compromete. El papa Francisco lo expresó con claridad: «La seguridad pública no hay que reducirla sólo a medidas de mayor control sino, y sobre todo, edificarla con medidas de prevención, con trabajo, educación y mayor comunidad» (Francisco, 2018, visita al Centro Penitenciario Femenino de Santiago).
Una Costa Rica más segura se construye también cuando un niño encuentra protección, una persona joven puede estudiar y trabajar, y una familia recibe apoyo a tiempo. No podemos acostumbrarnos a vivir entre el miedo y la desconfianza. La paz necesita instituciones responsables, pero también barrios, parroquias y comunidades donde aprendamos a cuidarnos unos a otros.
Expresamos nuestra cercanía especial a las familias de las personas privadas de libertad, particularmente a sus hijos e hijas. Necesitan escucha, apoyo y afecto, no miradas de sospecha ni rechazo por la situación de un ser querido. Agradecemos también al personal penitenciario y a quienes ofrecen atención profesional, espiritual y humana. Su tarea merecereconocimiento, formación, apoyo y condiciones adecuadas para realizarla con responsabilidad y respeto.
La caridad se hace acompañamiento.
Invitamos a los sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y fieles laicos de todas nuestras diócesis a fortalecer, junto con Pastoral Social–Cáritas y la pastoral penitenciaria, una presencia cercana y constante. Acompañar es escuchar sin prisa, cumplir una visita prometida y seguir presentes cuando pasa la fecha de una celebración. No basta un gesto ocasional: necesitamos construir confianza y sostener el acompañamiento, siempre con respeto a la libertad religiosa y a la conciencia de cada persona.
Oración y presencia: ofrecer tiempo para escuchar, compartir la Palabra y acercar los sacramentos a quienes los soliciten, con la debida coordinación y preparación.
Apoyo a las familias: acercarnos con discreción, conocer sus necesidades y ofrecer ayuda concreta, cuidando su intimidad y evitando señalamientos.
Oportunidades de reinserción: tejer redes de acogida, formación y empleo, para que quienes recuperan la libertad encuentren apoyo y oportunidades reales.
Cultura de dignidad: cuidar nuestras palabras y superar las etiquetas y el desprecio, sin minimizar el dolor de las víctimas ni las responsabilidades personales.
En Venecia, el papa Francisco nos exhortó: «Por favor, no “aislar la dignidad”, ¡no aislar la dignidad sino dar nuevas posibilidades!» (Francisco, 2024, encuentro con las detenidas). Llevemos esta invitación a la vida de nuestras comunidades. Cada una puede preguntarse qué puerta está en sus manos abrir y a quién puede acompañar de manera concreta.
Bajo el amparo de Nuestra Señora de las Mercedes.
A ustedes, hermanos y hermanas privados de libertad, queremos decirles con afecto: su vida importa y no están solos. No queremos olvidar sus nombres ni sus rostros. Los animamos a cuidar la esperanza, a dejarse acompañar y a dar, un día a la vez, los pasos que puedan hacia la responsabilidad, la reconciliación y una vida renovada.
A Nuestra Señora de las Mercedes, patrona de las personas privadas de libertad, confiamos sus vidas y las de sus familias, a las víctimas y a quienes trabajan por una justicia humana. Que María nos enseñe a estar cerca de quien sufre, a acompañar sin condenar a nadie al abandono y a servir sin buscar reconocimiento. Que el Señor haga de nuestra Iglesia y de Costa Rica una casa donde se cuide la dignidad de cada persona y la esperanza encuentre oportunidades reales.
Con nuestra cercanía pastoral y bendición,
Conferencia Episcopal de Costa Rica.
San José de Costa Rica, 23 de setiembre de 2026.
MONS. JAVIER ROMÁN ARIAS.
Obispo de Limon
Presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica
MONS. DANIEL FCO BLANCO MÉNDEZ.
Obispo Auxiliar de San José
Secretario General de la Conferencia Episcopal de Costa Rica

















