En la introducción, Monseñor recuerda que los creyentes estamos llamados a redescubrir nuestra identidad más profunda: la de ser un pueblo cultivado por Dios en una tierra bendecida por su amor. “No estamos aquí por casualidad; hemos sido plantados con intención, cuidados con paciencia y llamados a dar fruto. En medio de los desafíos culturales, sociales y espirituales de nuestro tiempo, esta Carta quiere recordarnos que nuestra vocación es florecer allí donde el Señor nos ha puesto”, confirma Monseñor.
El primer capítulo “Ver”, analiza la realidad cultural de hoy, mediante un discernimiento pastoral que advierte, por ejemplo, que “estamos inmersos en un giro cultural acelerado, en el cual la vida cotidiana se halla atravesada por la tecnología, la velocidad y la saturación de estímulos”, que suelen producir un clima interior contrario a la vida del Espíritu.
Ese “vacío” en los corazones, concluye Monseñor, es terreno donde crece la indiferencia religiosa; pero también puede ser, si se acompaña bien, un umbral hacia la búsqueda de Dios: “Por eso, la pastoral vocacional no puede limitarse a invitar a actividades, necesita propiciar un encuentro vivo con Jesucristo, porque solo un encuentro verdadero convierte la indiferencia en inquietud de vida, y la inquietud de vida en camino de santidad”, afirma.
Segundo capítulo
En el segundo capítulo, “Juzgar”, el obispo dirige su mirada hacia Jesucristo, “porque solo desde Él es posible comprender el misterio de toda vocación. Antes que una iniciativa humana, la vocación nace en el corazón de Dios. Desde el inicio de la historia de la salvación, el Señor ha salido al encuentro del hombre para llamarlo por su nombre y hacerlo partícipe de su proyecto de amor”.
La Carta ahonda en las Sagradas Escrituras y presenta innumerables relatos vocacionales, como la vocación del joven Samuel. De igual manera, en el Evangelio, que presenta a Jesús junto al lago de Galilea llamando a unos pescadores que habían trabajado toda la noche sin obtener resultado alguno.
“La vocación siempre supone dejar la orilla de nuestras seguridades para adentrarnos en la profundidad del amor de Dios. También nuestra Iglesia Particular está llamada a remar mar adentro, sin temor, confiando en que el Señor continúa preparando una abundante cosecha para quienes ponen su confianza en Él”, concluye Monseñor Garita.
“Quien abre el corazón a Dios, descubre que su llamada es un don que conduce a una vida plenamente realizada en el amor y el servicio”.
Mons. José Manuel Garita
Obispo de Ciudad Quesada
Tercer capítulo
El tercer capítulo, “Actuar”, es un llamado a la Iglesia diocesana de Ciudad Quesada a avanzar hacia una auténtica cultura vocacional.
“Ninguna vocación nace aislada ni madura por sí sola. Así como la semilla necesita una tierra fértil, cuidados constantes y un ambiente favorable para germinar y dar fruto, también toda vocación requiere de una comunidad creyente que sepa acogerla, acompañarla, discernirla y sostenerla con la oración, el testimonio y la cercanía”, asegura Monseñor.
De ahí que se presentan desafíos concretos para los diversos actores de la Iglesia particular: la comunidad diocesana, las familias, los jóvenes, los sacerdotes y consagrados.
A la comunidad diocesana por ejemplo, Monseñor le pide potenciar el proceso de catequesis infantil y juvenil como un espacio privilegiado para el anuncio de la fe y el despertar de la vocación cristiana.
A las familias, que sean el lugar donde se hable con naturalidad de Dios y donde los hijos puedan descubrir, sin temor ni prejuicios, que el Señor también puede estar llamándolos a una vocación específica.
A los jóvenes, Monseñor los invita a amar profundamente a la Iglesia, a vivir con fidelidad la Eucaristía y los demás sacramentos, a cultivar una vida intensa de oración y a participar activamente en la comunidad cristiana.
Finalmente, a los sacerdotes, el obispo invita a “vivir con fidelidad y alegría la vocación recibida, para que nuestra vida se convierta en un testimonio creíble del amor de Dios”.
Cuarto y quinto capítulo
En el cuarto capítulo, titulado “Una misma gracia, diversas vocaciones”, Monseñor recuerda que toda vocación nace de una misma gracia: el Bautismo, por el cual hemos sido incorporados a Cristo y llamados a participar de su vida y de su misión. Sin embargo, señala, “el único llamado a la santidad florece de maneras diversas según el designio amoroso de Dios sobre cada persona”.
Finalmente, en el quinto capítulo, Monseñor invita a mirar el propio corazón y preguntarnos con sinceridad cuál será nuestra respuesta al Señor: “Toda vocación encuentra su plenitud cuando la libertad humana se abre con confianza al proyecto de Dios”.

















