

“La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla.”
Gaudium et Spes, 16
La conciencia es el ámbito íntimo en el que cada persona reconoce su deber de hacer el bien y evitar el mal. No es una preferencia pasajera ni una autorización para actuar arbitrariamente: exige una búsqueda sincera de la verdad, una adecuada formación moral y la disposición de asumir responsablemente las consecuencias de las propias decisiones.
La Iglesia enseña que nadie debe ser obligado a actuar contra una conciencia rectamente formada. Al mismo tiempo, recuerda que toda persona tiene el deber de formar su conciencia a la luz de la verdad, la razón, la ley moral y el Evangelio. Un principio permanece firme: nunca es lícito realizar un mal para obtener un bien, evitar una dificultad o responder a una presión.
Por ello, cuando una persona considera que se le exige participar directamente en un acto gravemente contrario a la dignidad humana y a sus deberes morales, puede -y en determinados casos debe- invocar la objeción de conciencia. En este sentido, san Juan Pablo II enseña que el rechazo a participar en una injusticia constituye no solo un deber moral, sino también un derecho humano fundamental que debe ser protegido por la ley civil (cf. Evangelium vitae, 74). Esta consiste en negarse, de manera personal, pacífica, responsable y respetuosa, a realizar ese acto. No equivale a abandonar las responsabilidades profesionales ni a negar la dignidad de quienes tienen convicciones distintas; exige, por el contrario, buscar alternativas compatibles con el bien común y el respeto debido a todas las personas.
En este sentido, valoramos la resolución n.° 2026-031948 de la Sala Constitucional, que declaró inconstitucional prohibir de manera absoluta el ejercicio de la objeción de conciencia en las actividades clínicas y académicas de una especialidad médica. La decisión anuló actuaciones que habían rechazado la solicitud de una médica residente.
Recientemente, ocurrió un hecho lamentable en Cartago, cuando un conductor causó la muerte de otro al dispararle en la pierna, en medio de una riña ocurrida tras un choque entre los vehículos en que viajaban.
La Doctora Ivannia Serrano, psicóloga y presidente del Colegio de Profesionales en Psicología, conversó con Eco Católico sobre la violencia en las carreteras, el manejo de la ira y lo que denomina como educación emocional vial.
¿Qué provoca que las personas se vuelvan violentas cuando manejan?
Es importante comprender que las manifestaciones emocionales o conductuales de las personas pueden variar de persona a persona y depende mucho de cada situación, por lo que esto responde a elementos multicausales y multifactoriales. No obstante, es necesario encuadrar al menos 3 factores que interactúan entre sí en medio del tránsito:
Factores situacionales: El estrés pesa en carretera. Elementos como el embotellamiento característico de las hora pico, la amenaza potencial de llegar tarde al lugar de destino, el calor, ruido, así como las privaciones de las necesidades biológicas, pueden bajar la tolerancia a la autonomía y el autocontrol.
Factores individuales: En una sociedad tan diversa, hay personas con mayores rasgos de impulsividad, una baja tolerancia a la frustración, o bien, con conductas de riesgo como la agresividad.
Factores del contexto vial: El conjunto de estrés, embotellamiento y sentirse atrapado dentro de un vehículo, podrían ser el detonante para que una personas se encuentre desinhibida, lo cual, no es justificante de actos violentos, sin embargo hablamos de una persona con baja capacidad de regulación emocional.
¿Existe realmente eso que llaman “ira al volante” para describir personas que se transforman cuando conducen?
Hay un término desde la psicología vial llamado “road rage” o agresión vial, en donde se ven contemplados tres elementos. Por una parte el anonimato, es decir, el hecho de que no se vea la cara de la persona y no haya consecuencias sociales inmediatas, podría reducir la inhibición y que la persona se deje llevar por la ira.
Otro aspecto es la territorialidad. El vehículo es percibido por el conductor como extensión del espacio personal, podría ocurrir que, cuando a ese vehículo le invadan el carril, el cerebro de la persona lo procese como una agresión física y no como un evento situacional y materializarse en actos violentos.
También podemos hablar de percepción de control. Es un hecho que detrás del volante los conductores tenemos la responsabilidad de un par toneladas de metal. Este estrés implícito puede aumentar la sensación de invulnerabilidad y, de alguna manera, conductores con baja tolerancia a la frustración se dan el derecho a “castigar” al otro.
¿Qué caracteriza a una persona incapaz de manejar su ira?
Dentro de las características señalo:
1. Reacción desproporcionada ante una mínima provocación responde con gritos, amenazas o violencia física.
2. Dificultad para detenerse ante sus impulsos. Una vez que se activa, no puede bajar la intensidad por sí sola.
3. Tendencia de la persona a la justificación de sus propios actos o reacciones, y externalizando esta frustración por medio de la culpabilización a sí misma, o bien, a los demás.
4. Dificultad de la integración del entorno, lo que lo lleva al pensamiento inflexible de que todo es blanco o negro, no hay grises en el tránsito.
¿Y qué consecuencias tiene esto para la salud y en general en la vida cotidiana?
Respecto a las consecuencias señalo por ejemplo: Implicaciones en la salud, como compromiso en el aumento de cortisol crónico, hipertensión, insomnio, ansiedad... es decir, que el sistema nervioso vive en alerta constante. Además, las implicaciones legales: Choques, partes, delitos de amenazas, lesiones, suspensión de licencia, o inclusive más graves.
También las implicaciones sociales: Deterioro de relaciones interpersonales, despidos, aislamiento. Lo que aumenta el riesgo de accidentes viales para sí mismo y terceros. Finalmente, las implicaciones psicológicas, pues se refuerza el ciclo violento y cada explosión aumenta la sensación de falta de control y vergüenza posterior.
¿Qué puede hacer una persona para aprender a controlar su ira?
En el momento: Detención de conducta cuando se siente el impulso: Contar 10 segundos antes de reaccionar. Poner música tranquila, o bien, bajar el volumen si la radio está encendida, hacer respiraciones controladas.
Reestructuración cognitiva rápida: Cambiar un “me lo hizo a propósito” por “quizás no me vio”. Técnica física: Apretar el volante cinco segundos y soltar. Respirar con la técnica 4-4-6, respiro en 4 segundos, sostengo en 4 segundos y exhalo en 6 segundos. Esto baja la activación fisiológica ante un evento de estrés.
De manera preventiva: Planificación, es decir, salir 15 min antes de lo esperado si se puede, esto con el fin de evitar las horas de mayor tránsito. Procurar higiene de sueño y alimentación adecuada. Finalmente, en el trabajo profundo con la persona: Terapia, para trabajar la gestión de las emociones, el afrontamiento ante las situaciones de estrés, las habilidades sociales y asertividad vial.
¿Hace falta educar, por ejemplo, en valores como la amabilidad en carretera?