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La autoridad a favor del bien común

By Pbro. Juan Luis Mendoza Mayo 12, 2022

Para cumplir con su fin, el Estado ha de empeñarse ante todo en conservar y asegurar la libertad de los ciudadanos y restringirla únicamente en caso de grave necesidad por el bien común. Y es que el Estado puede realizar tanto mejor su función propia cuanto más parte tomen libremente en ella los mismos ciudadanos, es decir, cuanto más democrático sea.

En todo caso, además de la libertad, para la buena marcha del Estado se necesitan las debidas ayudas desde la protección jurídica al cuidado del bienestar de todos, conjurando al mismo tiempo el liberalismo individualista y los sistemas colectivistas, como el comunismo y los totalitarismos.

Ahora bien, cuando el pueblo elige a los gobernantes y deslinda con mayor precisión sus facultades, no crea básicamente el poder gobernativo; éste se remonta más bien, como necesario por naturaleza, al Creador. Por eso en ciertas ocasiones la Revelación reconoce el poder del Estado: “Por mí reinan los reyes y los magistrados administran justicia” (Proverbios 8,15). “Así, pues, dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22,21). Por su parte, san Pablo declara bien la relación del Estado con Dios: “Sométanse todos a las autoridades que ejercen el poder. Porque no hay autoridad sino por Dios; y las que existen, por Dios han sido establecidas. De modo que quien resiste a la autoridad, contra el orden establecido por Dios se rebela; y los que se rebelan, acarrearán sobre sí mismos su condena. Porque los gobernantes no son motivo de temor para la buena conducta, sino para la mala. ¿Quieres vivir sin temer a la autoridad? Haz el bien y recibirás de ella elogio; pues está al servicio de Dios para conducirte al bien. Pero, si haces el mal, teme; pues no en vano lleva la espada, ya que está al servicio de Dios como vengadora de la ira divina contra el que practica el mal. Por lo mismo, es necesario someterse, no sólo por miedo al castigo, sino también por deber de conciencia. Y por eso mismo pagadles también tributos, pues son funcionarios de Dios para dedicarse asiduamente a este oficio” (Romanos 13,1-6).

Y san Pedro igual: “Someteos a toda institución humana, porque así lo quiere el Señor: ya al rey como al soberano, ya a los gobernadores como enviados por él para castigar a los malhechores y elogiar a los que hacen el bien… honrad al rey” (1Pedro 2,13s,17). Otro tanto la larga tradición cristiana hasta nuestros días con el Vaticano II: “Porque, así como ha de reconocerse que la ciudad terrena, justamente entregada a las preocupaciones del siglo, se rige por principios propios, con la misma razón se debe rechazar la funesta doctrina que pretende construir la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión, y que ataca y elimina la libertad religiosa de los ciudadanos” (Lumen gentium 36).

Prosigo otro día, Dios mediante.

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