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Pasemos a la otra orilla del lago

By P. Charbel El Alam / Orden Libanesa Maronita Abril 13, 2023

El Éxodo es el segundo de los cinco libros del Antiguo Testamento, en el cual se narra la inspiradora historia de cómo Moisés guio a los israelitas y los condujo hacia una milagrosa liberación de la esclavitud. La palabra Éxodo significa “salida” o “alejamiento”. Quizá pienses que eso fue interesante en su época, pero que nada tiene que ver con tu realidad actual, sin embargo, déjame decirte que en este relato estamos todos los cristianos inmersos e identificados, y que, a la vez, por medio de las enseñanzas registradas en Éxodo, podemos acrecentar nuestra fe sabiendo que el Señor continúa guiando a Su pueblo hacia Él, nos salva y libera de la opresión, cubriéndose de gloria a expensas de cualquier “faraón” (Éxodo 15, 17). 

El ser humano se encuentra en un estado de éxodo permanente, esto con el fin de conducirnos hasta entrar en la tierra que Dios nos ha prometido, que es la Vida Eterna, donde el cristiano se encontrará con el Señor y contemplará Su Rostro por siempre.

En el lago de Tiberíades, el Maestro llamó a sus discípulos y les dijo: "Venid, pasemos a la otra orilla del lago" (Lucas 8, 22) Este cruce es más que un cruce a nivel geográfico, es a nivel de refracción existencial y de lucha espiritual; Jesús mismo es quien nos invita, especialmente en este desierto cuaresmal, a completar la travesía en una búsqueda incansable de la santidad, a pesar de las dificultades, penalidades y peligros del camino. La grandeza del hombre no está en descubrir lo imposible, sino en romper los muros del estado introvertido y destructivo, saliéndose de la capilla de su propio yo; y elegir peregrinar hacia el Señor, en el seno de sus realidades cotidianas, que estallan de posibilidades positivas y sorpresas de salvación.

Nuestro paso espiritual por el mar que habremos de atravesar en esta vida será posible, siempre y cuando, con denuedo hagamos uso de los siguientes siete elementos:

El barco: Es la Iglesia Católica de Cristo. Cada monje y sacerdote son su corazón palpitante, misión confiada en la que fueron establecidos para intervenir a favor de los hombres (Hb 5, 1) Por lo tanto, son una herramienta de rescate en este barco.

El agua: Son los Mandamientos, que constituyen palabras de Dios en un sentido eminente, e indican las condiciones de una vida liberada de la esclavitud del pecado (Catecismo #2057). Es un medio de tránsito, mientras el barco está flotando. No permitas que el agua se cuele en el interior por las grietas, agujeros o hendiduras de las pasiones desenfrenadas y de los pecados… ¡entonces se convertiría en causa de tu ahogamiento!

El viento: Es el Espíritu Santo que siempre nos motiva, es la energía carismática que empuja la vela del barco hacia adelante, y el Maestro es su fuerza de atracción.

Los remos: Constituyen nuestros pequeños actos de caridad diarios. Lo dice San Pablo a los Gálatas: “la fe que se hace activa por la caridad”. Responder a este llamado de Dios a través de la solidaridad, supone un sí a la santidad. 

La brújula: Son las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y el amor, columna vertebral de la vida cristiana. Son dones recibidos por medio de la gracia divina y que nos capacitan para vivificar todas las demás virtudes.

El timón: Es el componente que nos permitirá maniobrar, y habremos de cambiar la estrategia de navegar el barco con la sabiduría de los ancianos y la mansedumbre de los niños. “Mirad también las naves: aunque sean grandes y vientos impetuosos las empujen, son dirigidas por un pequeño timón a donde la voluntad del piloto quiere”. (Santiago 3, 4)

El capitán: Es toda persona responsable de navegar desde su posición de cristiano. Se requiere escuchar los susurros del Espíritu Santo, enloquecido de amor dentro de nosotros, para discernir cuándo virar la vela hacia el viento y no navegar contra la corriente. En efecto, Jesús no exime al hombre de esforzarse en remar, en trabajar, en desvelarse hasta el último suspiro. No embellece la realidad, ni nos excusa de afrontarla, sino que nos envía a la adversidad y la confrontamos con la determinación de «los hombres tenaces» según la expresión de San Pablo, a lo largo de la noche oscura antes del amanecer y la calma de la tormenta. Jesús pretende estar dormido porque confía en nosotros; y nosotros estamos invitados a confiar en Él. No debemos tener miedo de enfrentar la realidad para que nuestra relación con Dios no se quede en el nivel de conjetura, sino que salte a las alturas del conocimiento espiritual… ¡más bien, escale al grado santo de atreverse a subsistir únicamente de la fe! En caso de tormenta y estar en peligro, ¿te atreverías a despertar al Maestro mientras duerme en la popa de la nave, como lo hicieron los discípulos en el Mar de Galilea? Estamos llamados a reavivar en nosotros la atracción por la persona del Señor Jesús a través de los Sacramentos, fuentes de la gracia divina; la oración personal y la profundización en las Escrituras, y de esta manera completar nuestra marcha: ya sea en tierra, sobre el agua o incluso en medio de las brasas.

Dirigimos nuestra mirada a Nuestra Virgen Madre, Trono de la Sabiduría, quien tiene por objeto propio el conocimiento de las cosas naturales y sobrenaturales, y le pedimos que nuestra barca esté sumergida y abismada enteramente en Dios y nos infunda sapiencia para dirigirla hacia lares eternos. Así sea.

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