El padre Jeison Víquez no habló para agradar al gobierno de turno. Tampoco habló para convertirse en una figura de oposición. No habló desde una estrategia política ni desde una calculada búsqueda de protagonismo.
Habló desde aquello para lo cual fue formado: desde el Evangelio, desde la Doctrina Social de la Iglesia y desde la responsabilidad pastoral de mirar la realidad con los ojos de quienes sufren.
Y precisamente ahí está la fuerza de sus palabras. Porque la Iglesia nunca ha recibido la misión de ser una extensión de ningún poder temporal. Su tarea no es bendecir automáticamente las decisiones de quienes gobiernan, sino iluminarlas desde la verdad del Evangelio y desde la dignidad inviolable de la persona humana.
Como dijeron los apóstoles Pedro y Juan ante quienes pretendían imponerles silencio: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5,29).
Esta frase no es una invitación a la rebeldía contra toda autoridad legítima. Es una afirmación profunda de la libertad de la conciencia cristiana: ningún poder humano puede ocupar el lugar que solo corresponde a Dios; ninguna autoridad puede exigir silencio cuando está en juego la justicia, la verdad o la dignidad de las personas.
Por eso, en tiempos donde algunos sectores religiosos protestantes parecen sentirse más cómodos en los salones del poder que en las calles donde se escuchan los clamores de la gente, la voz de este joven sacerdote católico recuerda que la Iglesia está llamada a caminar con el pueblo, no a confundirse con los poderosos.
La historia demuestra que cuando la Iglesia se acerca demasiado al poder corre un riesgo enorme: confundir influencia con fidelidad, privilegio con misión, reconocimiento con servicio. El Evangelio no presenta a Jesús buscando la aprobación de los poderosos. Lo presenta libre frente a ellos. Capaz de dialogar con todos, pero incapaz de someter la verdad a los intereses de quienes tenían autoridad.
Por eso la profecía siempre ha tenido un precio. El profeta no es quien dice lo que el gobernante quiere escuchar. El profeta es quien conserva la libertad de recordar que todo poder humano es limitado y que ninguna estructura política, económica o institucional puede colocarse por encima de la dignidad de la persona.
El padre Jeison no es un sacerdote oficialista. Pero tampoco es un sacerdote de oposición. Esa clasificación pertenece más a la lógica partidaria- protestante- que a la lógica del ministerio sacerdotal.
Es un sacerdote que habló. Y habló porque detrás de las decisiones públicas existen rostros humanos, familias concretas, personas que pueden cargar con consecuencias que muchas veces no aparecen en los grandes discursos.
Su afirmación de que “las cuentas del Estado no pueden equilibrarse desequilibrando las mesas de las familias” no fue una consigna política. Fue una inquietud moral.
¿Puede una sociedad llamarse justa si, para resolver sus problemas, termina aumentando las cargas de quienes ya tienen menos posibilidades? Esa es precisamente la pregunta que la Iglesia tiene el deber de plantear. Lo más significativo de este episodio es que la fuerza de esta voz no viene de la edad, del cargo o de una posición de poder. Viene de la coherencia.
Y aquí aparece una lección que este joven sacerdote ofrece no solo al clero, sino también a los obispos: la autoridad espiritual no nace de la cercanía con quienes gobiernan, sino de la libertad para anunciar la verdad cuando sea necesario.
Los obispos y sacerdotes no están llamados a buscar la comodidad de ser bien recibidos por todos. Están llamados a custodiar una palabra que, precisamente porque es evangélica, algunas veces será incómoda. Una Iglesia que solo habla cuando tiene permiso deja de ser profética.
Una Iglesia que mide sus palabras según la reacción del poder pierde parte de su libertad. Una Iglesia que busca beneficios, espacios o reconocimiento a cambio del silencio traiciona la esencia de su misión.
Jeison, gracias por hablar no desde una agenda partidaria, sino desde una conciencia formada. Porque la Iglesia no necesita sacerdotes que busquen poder. Necesita sacerdotes libres.
















