A lo largo de más de una década, descubrí que las personas a quienes acompañé no solo necesitan cuidados materiales. Requieren sentirse escuchadas, respetadas, acogidas y reconocidas en su dignidad. Muchas veces, la mejor ayuda es sencillamente estar presentes.
Esos encuentros fueron revelándome una verdad que terminó convirtiéndose en una de las raíces de mi libro Vivir para amar: Dios está presente en el otro. Aprender a reconocer el rostro de Jesús en quienes encontramos cambia la mirada y, con ella, nuestra manera de acercarnos, servir y relacionarnos con los demás.
Ese recorrido me dejó una convicción: nadie nace sabiendo amar plenamente; necesitamos aprender a amar de manera consciente.
Aprender a amar
Pero ¿de qué amor estamos hablando? No solamente del afecto hacia la familia, la pareja o los amigos. El amor cristiano va más allá del sentimiento. Reconoce la dignidad del otro y se expresa en entrega, servicio, compasión, perdón, escucha y presencia.
Jesús no se limitó a hablar del amor: lo hizo visible. Se detuvo ante quienes nadie miraba, escuchó a quienes nadie escuchaba, se acercó al que sufría, acogió al excluido, perdonó, sirvió y terminó entregando su propia vida. Su pedagogía fue la cercanía.
En Él comprendemos que amar implica salir de uno mismo para encontrarse con el otro. Y descubrimos algo fundamental: amamos porque primero hemos sido amados.
La vida cristiana no comienza con nuestro esfuerzo por llegar hasta Dios. Nace del reconocimiento de que Él tomó la iniciativa. Nos creó por amor, nos dio a su Hijo, quien entregó su vida en la cruz, y continúa saliendo a nuestro encuentro.
Por eso, para quienes creemos en Dios, hay una razón todavía más profunda para hacer del amor una forma de vida: la gratitud. Amar al prójimo es una manera concreta de responder a tanto amor recibido y de procurar vivir como Él nos pide.
¿Cómo responder a un amor así? Con nuestra propia existencia. Puede parecer algo difícil de llevar a la práctica, pero casi siempre comienza con gestos sencillos.
El amor a Dios y al prójimo se hace visible en nuestra manera de vivir; en cómo miramos, escuchamos, acompañamos y servimos a quienes encontramos en nuestro camino.
El prójimo está cerca
Con frecuencia buscamos grandes experiencias de fe o imaginamos que la santidad pertenece a personas extraordinarias. Sin embargo, el primer territorio del amor es precisamente el lugar donde ya estamos: la familia, el trabajo, la comunidad y cada persona que encontramos en el camino. Tal vez hoy amar consista en escuchar sin mirar el reloj. Mañana, en perdonar. En otra ocasión, en callar una palabra capaz de herir, acompañar a alguien, agradecer lo recibido o hacernos presentes ante quien se siente solo. Son acciones sencillas, pero en el amor nada es insignificante.
Una de las grandes lecciones que el voluntariado me ha dejado es que desconocemos las batallas que otros libran en silencio. Unos pocos minutos pueden brindar a otra persona consuelo, compañía o esperanza que perduren mucho más allá de ese momento.
Es cierto que vivimos en tiempos en los que la inseguridad y la desconfianza pueden hacernos más cautelosos. Amar no significa actuar con ingenuidad ni exponernos innecesariamente; la prudencia es necesaria. Pero cuidarnos no debería llevarnos a cerrar el corazón. Aun en medio del temor, siempre existen maneras seguras y responsables de escuchar, acompañar, servir y tender una mano. El desafío está en no permitir que el miedo termine convirtiéndose en indiferencia.
Del libro a la vida
Todo ese recorrido fue dando forma a Vivir para amar. No quise escribir un tratado de espiritualidad ni una recopilación de reflexiones teóricas. El libro nació del encuentro de la fe con la experiencia, de la oración con el servicio y de lo que el Evangelio nos enseña con aquello que la realidad nos invita a poner en práctica.
Dicho de manera sencilla, Vivir para amar es una guía que nos ayuda a aprender a amar en lo cotidiano. Su contenido nos acerca a una pregunta esencial: ¿cómo poner en práctica el amor desde la realidad que hoy nos toca vivir?
Por eso, el libro recorre distintos ámbitos de la existencia: la familia, la amistad, la pareja, el trabajo, la enfermedad, la adversidad, la oración, el voluntariado, la juventud, la vejez, el cuidado de la creación y también ese momento inevitable en que tendremos que despedirnos de este mundo. El amor no pertenece a un compartimento de nuestra existencia: está llamado a impregnarla por completo.
Pero el verdadero propósito de Vivir para amar comienza precisamente donde termina el libro. No quisiera que alguien llegara a su última página y simplemente pensara: “Qué bonito”. Aspiro a que su lectura nos lleve a preguntarnos qué podemos cambiar en la forma en que nos relacionamos con los demás y, sobre todo, cómo llevar el amor a los hechos.
Por esa razón, el libro incluye un capítulo dedicado a “Amar en acción” y concluye con treinta propuestas concretas para ejercitar el amor. Son invitaciones sencillas: aprender a escuchar, hacernos presentes, descubrir el bien en los demás, cultivar la generosidad y la amabilidad, agradecer, perdonar, servir.
No se trata de cumplir una lista de obligaciones. Lo importante es comenzar y perseverar.
Porque el amor no crece de un día para otro. Se fortalece cada vez que elegimos comprender en lugar de juzgar, acercarnos en vez de permanecer indiferentes, perdonar cuando cuesta, agradecer lo recibido, servir y volver a empezar.

















