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Editorial: El reto de caminar juntos

By Redacción Octubre 14, 2022

El énfasis sinodal que el Papa Francisco ha puesto en el centro de reflexión de la Iglesia representa un tiempo de gracia que no debemos desaprovechar.

El Espíritu Santo va delante marcando la ruta de una Iglesia más parecida a aquella de los primeros tiempos, profundamente evangélica, sencilla pero efectiva, cercana y auténtica, en la que el principio fundante es el servicio y no el poder. En síntesis, una Iglesia que sea fermento en medio de la sociedad, no necesariamente masiva pero decididamente misionera, en verdadero espíritu de comunión y participación.

Alguien podría pensar que se trata de una verdad de Perogrullo, porque esta Iglesia siempre ha existido, pero a lo largo del tiempo hemos sido testigos -y víctimas en muchos casos- de desviaciones y abusos que siempre han terminado mal porque se alejan del espíritu que el Señor quiere e invita a asumir.

Acaba de hacerse público el resultado del proceso sinodal diocesano en nuestro país, a través del cual cientos de personas pudieron manifestar sus puntos de vista y sus propuestas en la dirección que el Papa Francisco nos ha pedido, respondiendo a la pregunta: “En una Iglesia sinodal que anuncia el Evangelio, todos caminan juntos ¿Cómo se realiza hoy ese caminar juntos en la propia Iglesia particular? ¿Qué pasos nos invita a dar el Espíritu para crecer en nuestro caminar juntos?”

Como se nota, el reto casualmente es caminar juntos, que tiene tres grandes ámbitos de realización en la comunión, la participación y la misión.

El resultado de este esfuerzo de escucha refleja aspectos y situaciones que todos de alguna forma hemos percibido. Se acusa falta de diálogo y de escucha, de formación y de participación, de empatía, de cercanía y de un clericalismo poco sano.

Siendo realistas, hay un desbalance notorio hacia las opiniones negativas que hacia las positivas, sin que ello reste valor a todo lo grande y bueno que la Iglesia es y hace en medio de nuestra sociedad, ahora e históricamente en la fundación de la misma identidad nacional, su fe, la cultura, las instituciones y tradiciones costarricenses.

Sin embargo, lo que se advierte es que no hay más margen de tiempo antes de que la crisis que se vive en muchos ámbitos se profundice y deje secuelas todavía más difíciles de recuperar.

Es imperativo un fuerte golpe de timón, que nutrido por la oración y con la luz de la Palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia redirija el rumbo hacia un nuevo perfil mucho más abierto y dialogante, que cuente siempre y en todo con los laicos, una Iglesia misionera, testimonial, que ponga su confianza en Dios y no en los bienes materiales, con vocación pastoral, unida a los principios de la fe, la obediencia y la humildad, que de ejemplo de comunión y de deseo de santidad en medio del mundo.

Es lo mismo que el Santo Padre procura para la Iglesia universal, una inspiración que ha motivado todo el proceso de reforma de la Curia Romana por ejemplo, aparte de las grandes decisiones administrativas y pastorales de las que todos hemos sido testigos.

Porque la sinodalidad es mucho más que la realización de eventos, la publicación de documentos o un tema de simple administración interna. Tiene que ver con la vida y la misión de la Iglesia, con su naturaleza de Pueblo de Dios que camina y se reúne en asamblea, convocado por el Señor Jesús con la fuerza del Espíritu Santo para anunciar el Evangelio. Por eso es que la sinodalidad debe expresarse en el modo ordinario de vivir y trabajar de la Iglesia y por tanto, comporta decisiones concretas y cambios de rumbo.

Para que la sinodalidad se haga realidad, se necesita evidentemente del concurso de todo el Pueblo de Dios, y en particular de los sacerdotes. Por eso en una carta dirigida especialmente a ellos, la Secretaría del Sínodo les recuerda con cariño y caridad pastoral que lo que el proceso sinodal pretende no es otra cosa que hacer de la Iglesia una casa acogedora, de puertas abiertas, habitada por el Señor y animada por relaciones fraternas.

Este es el verdadero rostro de la Iglesia que el Papa se propone mostrar. El texto reitera la urgencia de la fraternidad en el mundo, que anhela sin quererlo el encuentro con Jesús. La escucha del Espíritu, junto con todo el Pueblo de Dios, es el método para “renovar nuestra fe y encontrar nuevas formas y lenguajes para compartir el Evangelio”, afirman.

Seguros de la riqueza de las experiencias de sinodalidad vividas en esta fase diocesana, se invita a los sacerdotes a no considerar el camino sinodal como una carga más de trabajo pastoral, una cosa más que hacer, sino que los animan a utilizar esa mirada contemplativa que se complace en observar los brotes que ya están surgiendo espontánea e informalmente.

El otro temor que hay que disipar -advierten los autores - se refiere al papel del liderazgo y a la identidad específica de los ministros ordenados. ¿Qué será de ellos?, cabe preguntarse en este momento.

Aquí se invita a “descubrir cada vez más la igualdad fundamental de todos los bautizados y de estimular a todos los fieles a participar activamente en el camino y la misión de la Iglesia”. En definitiva, la palabra clave es la corresponsabilidad en la evangelización.

Que con esto claro, podamos avanzar juntos de verdad, con espíritu de colaboración, humildad y rectitud de intenciones, contando siempre con el Espíritu Santo, a la escucha y el discernimiento de su luz, hacia la Iglesia que Dios quiere y en la que todos deseamos estar. Así sea.

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