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Editorial: ¿Navidad sin Jesús?

By Redacción Enero 14, 2021

Mal acostumbrados a vaciar de sentido las fiestas de fe, podemos correr el riesgo en esta Navidad de quedarnos sin lo esencial: Nuestro Señor Jesucristo.

Navidad es Jesús y sin Él no hay Navidad verdadera. Este ha sido un año muy difícil pero de muchos aprendizajes, uno de ellos acerca de nuestra fragilidad y de la interdependencia que nos une como familia humana.

De frente a la desesperanza y a la tristeza por tantas pérdidas y restricciones por la pandemia de Covid-19, la luz de Cristo nos renueva en la certeza de que “esto también pasará”, y saldremos adelante renovados.

Por el contrario, sin el componente de la fe, todo lo que hemos vivido y sufrido no sería más que una mala pasada del destino sin enseñanzas ni consecuencias. En pocas palabras, habremos vivido en vano una de las páginas más duras de la historia humana reciente.

En esta semana celebraremos la Navidad, que a propósito de la misma situación debería de estar purificada y ser más auténtica que ninguna otra que hayamos vivido.

Pensemos, como nos recordaba hace unos días el Papa Francisco, en la primera Navidad. Aquello no fue el escenario idílico que algunos presentan: la familia de Nazaret pasó por muchas dificultades y preocupaciones, las privaciones y las carencias fueron su modo de vida, se sintieron amenazados y vulnerables. Pero, la fe, la esperanza y el amor los guiaron y sostuvieron en el cumplimiento del plan de Dios sobre sus vidas.

¡Que lo mismo nos pase a nosotros!, que la pandemia nos ayude a purificar el modo de vivir la Navidad, de festejarla, sobre todo tratando de que el consumismo no ahogue su verdadero sentido, que sea más religiosa, más auténtica y más verdadera.

Porque la Navidad no es un simple aniversario del nacimiento de Jesús; es más aún que eso, es celebrar un Misterio que ha marcado y continua marcando la historia del hombre, el Misterio de que Dios mismo ha venido a habitar en medio de nosotros (cfr. Jn. 1,14), se ha hecho uno de nosotros; un Misterio que conmueve nuestra fe y nuestra existencia; un Misterio que vivimos concretamente en las celebraciones litúrgicas, en particular en la Santa Misa.

Podríamos preguntarnos, ¿cómo es posible que yo viva ahora este evento tan lejano en el tiempo? ¿Cómo puedo participar provechosamente en el nacimiento del Hijo de Dios, ocurrido hace más de dos mil años?

En la Liturgia, como explicaba el Papa Benedicto XVI en la Navidad del 2011, tal venida sobrepasa los límites del espacio y del tiempo y se vuelve actual, presente; su efecto perdura, en el transcurrir de los días, de los años y de los siglos. “A nosotros los creyentes -insistía el ahora Papa emérito-, la celebración de la Navidad renueva la certeza de que Dios está realmente presente con nosotros, todavía “carne” y no sólo lejano: aún estando con el Padre está cerca de nosotros”. Dios, en aquel Niño nacido en Belén, se ha acercado al hombre: nosotros lo podemos encontrar todavía, en un “hoy” que no tiene ocaso.

Al hombre contemporáneo, hombre de lo “razonable”, de lo experimentable empíricamente, se le hace cada vez más difícil abrir el horizonte y entrar en el mundo de Dios.

La redención de la humanidad es sin duda, un momento preciso e identificable de la historia: en el acontecimiento de Jesús de Nazaret; pero Jesús es el Hijo de Dios, es Dios mismo, que no solo le ha hablado al hombre, que le mostró signos maravillosos, que lo condujo a través de toda una historia de salvación, sino que se ha hecho hombre y permanece hombre.

El Eterno ha entrado en los límites del tiempo y del espacio, para hacer posible “hoy” el encuentro con Él. Por eso los eventos de la salvación realizados por Cristo son siempre actuales, interesan a cada hombre y a todos los hombres.

Cuando escuchamos o pronunciamos, en las celebraciones litúrgicas, este “hoy ha nacido para nosotros el Salvador”, no estamos utilizando una expresión convencional vacía, como explicaba el Papa Ratzinger, sino entendemos que Dios nos ofrece “hoy”, ahora, a mí, a cada uno de nosotros, la posibilidad de reconocerlo y de acogerlo, como hicieron los pastores de Belén, para que Él nazca también en nuestra vida y la renueve, la ilumine, la transforme con su Gracia, con su Presencia.

No perdamos la oportunidad. Y que tengan todos, en Cristo, una muy feliz navidad.

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