

La tarde se desvanecía apaciblemente mientras el sol, con parsimonia, se inclinaba hacia el horizonte. Con el corazón rebosante de emoción, me dirigí hacia el Seminario Mayor, un majestuoso edificio de arquitectura gótica que se erigía altivo en medio de un exuberante jardín.
Allí, aguardaba una interesante reunión, en la cual tendría el honor de encontrarme con un hombre de virtud inquebrantable y sabiduría insondable. Al llegar, divisé al reverendo sacerdote, aguardándome junto a la imponente puerta de madera añeja, y entre fraternales saludos, nos encaminamos hacia una acogedora oficina impregnada del fragante aroma a incienso que dimanaba la capilla.
El ambiente estaba rodeado de serenidad y paz, y la conversación fluía con naturalidad acerca de temas espirituales de alta relevancia.
Previo a marcharme, el sacerdote me condujo hacia una mesa ubicada en un rincón especial de la sala. Sobre ella reposaba una antigua escultura de madera: “un Cristo Roto”. La visión de aquel Cristo Roto me impactó de manera inmediata, provocando una profunda y conmovedora impresión en mí. Mis ojos se quedaron fijos en él, como si algo inexplicable estuviera ocurriendo en mi interior. En ese momento, mi mente resonó con las palabras del libro “Mi Cristo Roto”, escrito por el padre Ramón Cué, sacerdote jesuita, recordándome la historia de un hombre que adquirió aquella sublimidad en una tienda de antigüedades de Sevilla.
Pocas cosas atraen más al ser humano que la libertad. La libertad es un gran punto de unión entre el cristianismo y el mundo actual. Aunque quizá es cierto que en la actualidad se ha desvirtuado el concepto. Me atrevo a decir que en nuestro tiempo gozamos de grandes libertades, pero sufrimos la peor de las esclavitudes. No me equivoco si digo que en nuestros días gozamos de libertades exteriores pero de poca libertad interior, la más importante.
Pero, ¿qué nos ata?, ¿qué nos impide ser libres? Impera en el mundo el pensamiento de que para emanciparnos y ser verdaderos debemos sucumbir a los deseos de nuestras pasiones. No valen las normas establecidas, y la rebeldía contra lo establecido es la única garantía de libertad. Vivimos enfadados con las normas y parece que solo es libre aquel que se atreve a romperlas. “Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo”, decía Goethe. Me temo que nuestro tiempo es el tiempo de “libres” esclavos.
Nuestra generación se centra en la libertad exterior y la confunde con la interior. Se centra en la emancipación de lo que nos ata, que está fuera de uno mismo. Los hombres de nuestro tiempo no paran de huir para intentar liberarse de algo de lo que se sienten presos, que les impide ser libres. Predomina la idea de que lo que ha establecido el sistema está mal y por eso no podemos ser libres. Hay una gran pérdida del sentido de la realidad.
Quizá deberíamos identificar con acierto qué es aquello que esclaviza al hombre occidental en 2021. Pocos jóvenes de hoy han escuchado hablar de Victor Frankl o de Bosco Gutiérrez, o de mi buen amigo Jordi Sabaté Pons, grandes modelos de personas libres. Nos cuesta mucho comprender que cuanto más dependa nuestra sensación de libertad de las circunstancias externas, más evidente es que todavía no somos verdaderamente libres. Si queremos ser felices necesitaremos ordenar nuestra inteligencia y voluntad por encima de las demás pasiones y comprender las verdades establecidas en nuestro corazón. ¿Y cuáles son? Decía san Juan Pablo II que “solo la libertad que se somete a la Verdad conduce a la persona humana a su verdadero bien. El bien de la persona humana consiste en estar en la Verdad y en realizar la Verdad”. Debemos comprender que nuestro corazón y nuestra naturaleza están heridos y que siempre van a necesitar sanación.
El capítulo dos del libro de los Hechos de los Apóstoles describe detalladamente los acontecimientos experimentados por la comunidad de los discípulos de Jesús, cincuenta días después de su gloriosa Resurrección; es decir, la venida del Espíritu Santo. Este hecho no se debe considerar como una experiencia aislada de la Iglesia en sus orígenes o un simple evento histórico a conmemorar, sino como una experiencia de fe que debe ser renovada constantemente por la totalidad de los miembros de la Iglesia de hoy.
Lo primero que el texto sagrado señala es que los apóstoles estaban juntos en un mismo lugar. Por lo tanto, Pentecostés es una experiencia comunitaria y no individualista porque el Espíritu Santo, si bien es cierto, se posó sobre cada uno de ellos, lo hizo en tanto permanecían unidos y en oración. Esa misma unidad y oración de los apóstoles debe ser vivida y fortalecida en la Iglesia de hoy; en la cual, lamentablemente, ciertos grupos organizados con ideologías tergiversadas y tendencias separatistas pretenden segmentar la Iglesia según lo que a cada uno le agrade y convenga.
Seguidamente se indica que se llenaron todos del Espíritu Santo. Esto solo fue posible porque el Espíritu encontró espacio. Surge la interrogante para los creyentes de hoy ¿tengo espacio para Dios en mi vida? ¿Qué cosas debe sacar de mi vida para que dar espacio a Dios? Es válido hacerse esta pregunta considerando que la sociedad actual impone en sus habitantes estilos de vida tan cargados de obligaciones, preocupaciones, afanes, estándares, modas y otras, que sumadas no dejan espacio para que entre Dios.
Al celebrar la solemnidad de la Asunción de la Virgen María este 15 de agosto, como Iglesia que peregrina en la historia, expresamos nuestra alegría y alabamos a Dios porque la Madre del Señor entra triunfante en la gloria del cielo. En el misterio de su Asunción, aparece el significado pleno y definitivo de las palabras que ella misma pronunció respondiendo al saludo de Isabel: «Ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso» (Lc 1, 49).
Ella, la Virgen de Nazaret, gracias a la Resurrección del Señor, unida profundamente al misterio del Hijo de Dios, correspondió plenamente con su “sí” a la voluntad divina, participó íntimamente en la misión de Cristo y fue la primera en entrar después de él en la gloria, en cuerpo y alma, en la integridad de su ser humano.
“Vayan, pues, y enseñen a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado. Yo estaré con ustedes siempre hasta la consumación del mundo”, (Mt 28,19- 20).
Este mandato de Jesús está en el corazón de la Iglesia, y hoy más que nunca se mantiene vigente para anunciar la Buena Noticia de la salvación que lleva a la vida eterna. Hoy más que nunca el llamado se actualiza para todos los creyentes, pues no solo es exclusivo de unos cuantos. El cristiano está en medio del mundo para ser diferente, dar testimonio de lo que cree y ser sal y luz como nos pide el Evangelio.