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¡No tengamos miedo de ser profetas!

By Lucas Mateo Alvarado N. Agosto 23, 2022

La labor de anuncio y denuncia no está reservada a los clérigos y consagrados, sino que es de carácter obligatorio para todos los cristianos, según su condición y su realidad.

Profeta, desde la concepción bíblica del Antiguo Testamento, es generalmente relacionado al oficio de consejero, caracterizado por su sabiduría en la toma de decisiones. Persona con capacidad de influir en la política, en lo religioso y en los aspectos cotidianos. Es decir, con la capacidad de orientar en los asuntos familiares, comerciales, religiosos… esto porque saben interpretar los designios de Dios contenidos en la Ley. Es importante recalcar que Dios hace un llamado vocacional a aquellos quienes él destina para anunciar y denunciar a un pueblo, en miras de una conversión y de un encuentro con el Dios que los ama y los llama a ser de su propiedad.

El que ha sido escogido por Dios, es quizás aquel que no se ve a sí mismo no respaldado por una gran sabiduría o destreza humana, ante lo cual surgen ciertas resistencias a este llamado, no verse con la capacidad o pensarse distante a Dios. Tal es el caso del profeta Isaías, (Isaías 6,4); o el caso de Jeremías (Jeremías 1, 6) y también a Jonás (Jonás 1, 3).

El profeta está vinculado a Dios, por una misión a la cual es llamado, a pesar de las dificultades o realidades personales. Entendamos que Dios capacita a aquellos que ha llamado para el cumplimiento fiel de su voluntad. La identidad del profeta es la de un hombre cercano a Dios que, sabiendo sus debilidades humanas, se abre a la voluntad de Dios y coloca a su servicio toda su realidad humana.

Esta realidad profética se sigue construyendo en medio de la Iglesia, gracias a la acción del Espíritu Santo que capacita a todos los miembros de ella y los hace portadores del mensaje de Dios en medio del mundo, a pesar de las realidades humanas que poseamos.

El cristiano es quien debe cumplir esta tarea de ser profeta en medio del mundo y de la sociedad. El sacramento del bautismo nos une a la persona de Cristo, nos hace uno con él y somos incorporados a su cuerpo místico; nos transforma en creaturas nuevas constituyéndonos en Hijos de Dios y herederos del reino de los cielos; pero también nos hace acreedores de derechos y deberes dentro de la Iglesia. Dentro de los deberes encontramos el “llamado a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo” (CIC 204).

“Id, pues, y haced discípulos míos a todas las gentes…” (Mt 28, 19). Más allá del elemento imperativo de “Ir a todas las gentes”, es la responsabilidad de “hacer discípulos”, hacer que las personas se dispongan a seguir al maestro, es decir conducir al encuentro con Él. Un encuentro que cambie la vida, que la transforme, oriente a la misión y al anhelo por Dios y por la vida en Dios por Cristo con su misión y cruz

Nosotros somos profetas, anunciadores de la Buena Nueva, por nuestra condición de bautizados: “la misión de anunciar la Palabra de Dios es un cometido de todos los discípulos de Jesucristo, como consecuencia de su bautismo” (VD 94). Por tanto, ningún bautizado puede sentirse exento de esta responsabilidad “que proviene de su pertenencia sacramental al Cuerpo de Cristo” (Ibid.).

El profeta anuncia y denuncia, es pues nuestra tarea la de ir a anunciar al mundo entero el Evangelio y denunciar todo aquello que no sea propio y necesario para la edificación del reino. Se es profeta de manera permanente, al igual que la misión de la Iglesia, esto por el carácter que ha sido impreso en el momento del bautismo que, como ya se había indicado, es de indeleble.

Oremos para que por la fe nos liberemos del asilamiento del yo, seamos llevados a la comunión para ser agentes de transformación, fermento en la masa; sal y luz del mundo.

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