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Sagradas Escrituras: Los presbíteros de Éfeso

By Pbro. Mario Montes M. Octubre 21, 2022

Acompañamos a san Pablo al final de su tercer viaje misionero (Hech 18,24-21,14), hacia Jerusalén, meta de su viaje y estando en Mileto, se despidió de los presbíteros de Éfeso, al terminar su actividad evangelizadora en Europa, en el año 58 d. C:

Desde Mileto, mandó llamar a los presbíteros de la Iglesia de Efeso. Cuando estos llegaron, Pablo les dijo: “Ya saben cómo me he comportado siempre con ustedes desde el primer día que puse el pie en la provincia de Asia. He servido al Señor con toda humildad y con muchas lágrimas, en medio de las pruebas a que fui sometido por las insidias de los judíos. Ustedes saben que no he omitido nada que pudiera serles útil; les prediqué y les enseñé tanto en público como en privado, instando a judíos y a paganos a convertirse a Dios y a creer en nuestro Señor Jesús. 

Y ahora, como encadenado por el Espíritu, voy a Jerusalén sin saber lo que me sucederá allí. Sólo sé que, de ciudad en ciudad, el Espíritu Santo me va advirtiendo cuántas cadenas y tribulaciones me esperan. Pero poco me importa la vida, mientras pueda cumplir mi carrera y la misión que recibí del Señor Jesús: la de dar testimonio de la Buena Noticia de la gracia de Dios.  Y ahora sé que ustedes, entre quienes pasé predicando el Reino, no volverán a verme. Por eso hoy declaro delante de todos que no tengo nada que reprocharme respecto de ustedes. Porque no hemos omitido nada para anunciarles plenamente los designios de Dios” (Hech 20,17-27. Primera lectura del martes de la sétima semana de Pascua).

San Pablo se dirige a los presbíteros de la Iglesia de Efeso, que son los responsables de las comunidades. En el v. 28 se les llama también “episcopoi”, es decir, vigilantes, cuya función pastoral es la de vigilar y conducir la comunidad. En tiempos de Pablo las comunidades no tenían mayor estructura, no existía aún esa diferencia entre el clero y los laicos que hoy conocemos, sino una variedad no orgánica de carismas, como apóstoles, profetas y maestros (Hech 13,1), evangelistas (Felipe: ver Hech 21,8), profetisas (las hijas de Felipe: ver Hech 21,9), etc. Los presbíteros son, simplemente, los animadores de las comunidades. En todo el Nuevo Testamento nunca son llamados “sacerdotes”. Pablo, al despedirse, no deja estructuras; tan sólo los encomienda “a Dios y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y darles la parte de la herencia que les corresponde, con todos los que han sido santificados” (Hech 20, 32).

Como vemos, en este discurso san Pablo se despide de estos dirigentes con un tono de testamento espiritual. En los versículos 18 al 27, que es la primera parte de este discurso, san Pablo recuerda su actividad evangelizadora entre los efesios, sus trabajos y dificultades y anuncia sus futuros sufrimientos. Si se ha mantenido firme es por fidelidad a la misión que el Señor en su momento le había encomendado, dejando incluso de lado el cuidado de su vida (Hech 20,24, ver Filip 1,21). Por lo tanto, si hubo alguno que no obedeció la Palabra de Dios, no fue por su culpa. Y prosigue San Lucas en boca de Pablo:

Velen por ustedes, y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha constituido guardianes para apacentar a la Iglesia de Dios, que él adquirió al precio de su propia sangre. Yo sé que después de mi partida se introducirán entre ustedes lobos rapaces que no perdonarán al rebaño. Y aun de entre ustedes mismos, surgirán hombres que tratarán de arrastrar a los discípulos con doctrinas perniciosas. Velen, entonces, y recuerden que durante tres años, de noche y de día, no he cesado de aconsejar con lágrimas a cada uno de ustedes. Ahora los encomiendo al Señor y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y darles la parte de la herencia que les corresponde, con todos los que han sido santificados. En cuanto a mí, no he deseado ni plata ni oro ni los bienes de nadie.

Ustedes saben que con mis propias manos he atendido a mis necesidades y a las de mis compañeros. De todas las maneras posibles, les he mostrado que así, trabajando duramente, se debe ayudar a los débiles, y que es preciso recordar las palabras del Señor Jesús: “La felicidad está más en dar que en recibir”. Después de decirles esto, se arrodilló y oró junto a ellos. Todos se pusieron a llorar, abrazaron a Pablo y lo besaron afectuosamente, apenados sobre todo porque les había dicho que ya no volverían a verlo. Después lo acompañaron hasta el barco (Hech 20,28-38. Primera lectura del miércoles de la sétima semana de Pascua).

En esta segunda parte del discurso (vv.28-38), Pablo se dirige a los presbíteros, recordándoles que han recibido la misión de ser “guardianes” (“epíscopos” u obispo en griego), para apacentar el rebaño de Dios (Hech 20,28). Debemos aclarar que los términos “presbítero” y “obispo” se refieren a estos responsables, sin distinguirlos como hoy día los conocemos. Entre otras tareas (ver Jer 23,3-4; Ez 34,11-16), han de evitar la intromisión en la Iglesia de falsos profetas quienes, como lobos rapaces, símbolos del mal (ver Sof 3,3; Ez 22,27), intentarán destruir o devorar al rebaño.

Al final, san Pablo da testimonio de que nunca la trabajado por dinero ni afanes materialistas (denotando su autenticidad como pastor), pues ha sabido ganarse su propio sustento; así también han de hacer todos los pastores de sus comunidades (ver Hech 20,33-35; 18,3; 1 Tes 2,9). El dicho de Jesús que Pablo menciona y que no aparece en los Evangelios (v.35b), ha quedado en la tradición como varios otros que encontramos en los escritos de los Santo Padres de la Iglesia. El Apóstol aparece no solo como el glorioso fundador de aquellas iglesias, sino también como un modelo apostólico digno de imitación en su generosa entrega.

Pues bien, San Lucas nos presenta un balance de la obra de este extraordinario apóstol, a modo de despedida o testamento y de su vida heroica,  entregada a la causa de Cristo y de la Iglesia, como también el encargo que hace a aquellos presbíteros que probablemente él mismo había establecido en aquella comunidad, de ser fieles a su ministerio, de cuidar y defender al rebaño. Todos somos llamados a la tarea común, en la que entra el apoyo en Dios, pero también la necesaria vigilancia contra los errores y desviaciones, y el amor generoso en la entrega por los demás. Tendríamos que hacer hoy nuestras las consignas de Jesús que nos recuerda san Pablo, y que pueden dar sentido a nuestro trabajo en y por la comunidad: “Más vale dar que recibir. Más dichoso es el que da que el que recibe” (Hech 20,35).

 

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