La Copa de la Fe no pretende separar el deporte de la vida sacerdotal. Por el contrario, busca que ambos espacios dialoguen. Después de los partidos y de la competencia, los sacerdotes volvieron a ponerse al servicio de las comunidades mediante visitas a enfermos, jornadas de confesiones y celebraciones de la Eucaristía, así como tiempo de fraternidad, recreación y compartir.
Así, las Águilas Doradas llegaron a Colombia para competir, pero también para compartir. En los escenarios deportivos se encontraron con sacerdotes de diferentes países y culturas; en las parroquias, con comunidades concretas; y en la misión, con la dimensión esencial de un ministerio que no puede reducirse a las tareas cotidianas.
Los resultados deportivos fueron parte de la experiencia, aunque nunca su único criterio de valoración. Costa Rica enfrentó en esta semana a la representación de Florencia-Yopal, encuentro en el que cayó con marcador de 9 a 2; posteriormente, se midió ante la Diócesis de Cúcuta, cuyo equipo obtuvo la victoria por 8 a 0. En la última jornada clasificatoria, el encuentro fue pactado contra la Diócesis de Socorro y San Gil, a quien Las Águilas vencieron este jueves 10 de septiembre con marcador de 3 a 0.
En cuanto a los goles patrios, estos fueron anotados por el Padre Randy Gamboa originario de la Parroquia de Buenos Aires de la Diócesis de San Isidro y el Padre Joan Manuel Vega de la Diócesis de Limón en el primer encuentro, y el preciado hat-trick por parte del Padre Randy en la despedida del evento.
Sin embargo, la lógica de la Copa de la Fe trasciende el marcador final. El juego limpio, el respeto por el adversario y la fraternidad entre los participantes constituyen elementos fundamentales de la competición. Ganar es importante en todo deporte, pero en este torneo la victoria adquiere un significado diferente cuando se vive desde el respeto y la comunión.
En una Iglesia llamada constantemente a construir puentes, el fútbol se convirtió durante estos días en un lenguaje común. No importaba únicamente el país de procedencia ni el resultado alcanzado en la cancha. Allí estaban sacerdotes de distintas diócesis, con historias y realidades diferentes, compartiendo una misma vocación y encontrando en el deporte una oportunidad para renovar los vínculos de fraternidad.
Finalmente, los organizadores quisieron rescatar dos elementos importantes: “dar a conocer la Copa de la Fe en muchos lugares y valernos de este evento para seguir evangelizando. Es la oportunidad para mostrar el rostro de la Iglesia que ilumina los escenarios del mundo y que sigue siendo una voz fuerte de esperanza y de amor”, precisó el sacerdote cafetero, al tiempo que subrayó otra dimensión: el cuidado de los propios sacerdotes; pues, en medio de las múltiples responsabilidades pastorales, administrativas, espirituales y humanas que acompañan la vida cotidiana de los presbíteros, espacios como este permiten respirar de otra manera, compartir con hermanos de ministerio y descubrir que también la recreación, el descanso y la sana convivencia pueden convertirse en caminos para renovar las fuerzas.
Más allá de los goles recibidos o anotados, de las victorias o las derrotas de una tabla, la verdadera ganancia está en encontrarse en otro lugar: en la posibilidad de compartir la fe, estrechar la fraternidad y recordar que el sacerdote también puede evangelizar desde escenarios inesperados. En Medellín, durante cinco días, el balón rodó sobre la cancha. Pero junto a él también caminaron la misión, la fraternidad, la oración y el deseo de una Iglesia capaz de salir al encuentro.
Las Águilas Doradas regresarán con la experiencia de haber llevado por primera vez el nombre de Costa Rica a la Copa de la Fe. Y quizá esa sea una de las imágenes más significativas que deja esta edición: sacerdotes que, sin abandonar su identidad, encontraron en el deporte un nuevo espacio para ser hermanos, servidores y misioneros.

















