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La unción de los enfermos

By Pbro. Álvaro Sáenz Zúñiga Mayo 15, 2024
Si el sentido correcto del sacramento de la Unción de los enfermos ha sido unir siempre al enfermo con Cristo, no se debe pensar solo en su pasión, sino, más todavía, en la resurrección del Señor. Si el sentido correcto del sacramento de la Unción de los enfermos ha sido unir siempre al enfermo con Cristo, no se debe pensar solo en su pasión, sino, más todavía, en la resurrección del Señor.

La unción de los enfermos es quizá el sacramento que más evolución conoció en el desarrollo de la moderna teología sacramental, a partir del Vaticano II. La Iglesia vio que debía sacar urgentemente el sacramento de aquella atmósfera lúgubre que lo rodeaba, para que expresara esa esplendorosa teofanía que manifiesta la gracia de Dios a los enfermos. Esto se nota en la designación misma del sacramento. Se llamaba “De la extremaunción”, lo que implicaba un momento tétrico, la llegada de la muerte, sombra inexorable que sentenciaba al enfermo que yacía en su lecho y lo conducía al Hades y que venía acompañada por el cura. Esto cambió a “Unción de los enfermos”, indicando la nobleza del sacramento, que no es solo para preparar a la muerte cuanto para consolar al que sufre. A pesar del esfuerzo, y quizá por la desaceleración sufrida en la reflexión teológica, todavía hay fieles que buscan al cura instantes antes de que sobrevenga la muerte. La “extremaunción” recibió, en la misma “Sacrosantum concilium”, No. 73, este nuevo nombre precisamente porque “no es sólo el sacramento de quienes se encuentren en los últimos momentos de su vida”. Quiero volver a proponer estas ideas justo para que reconozcamos el momento más oportuno para administrar este sacramento y hacerlo, sobre todo, en forma solemne.

 

La naturaleza del sacramento

 

Ya el concilio de Florencia describía sus elementos esenciales. Posteriormente Trento lo declaró de institución divina, señalando los efectos que producía y reconociendo en su administración la gracia del Espíritu Santo, por cuanto es causa de purificación de los pecados, alivio y consuelo para el enfermo y suscitando en quien lo recibe confianza en la misericordia divina. Ya ungido, el enfermo sobrelleva mejor los sufrimientos y el peso de la enfermedad, resiste más fácilmente las tentaciones del demonio siendo que no poas veces incluso consigue salud para el cuerpo si conviene a la salud del alma. El Papa Pablo VI estableció una nueva fórmula para el sacramento eliminando algunas unciones que parecían innecesarias y enfatizando en la misericordia de Dios, en la ayuda que brinda el Espíritu Santo, para liberar de sus pecados al enfermo y concederle la salvación, así como consuelo en su trance.

El ritual mismo del sacramento señala que la celebración consiste primordialmente en la imposición de manos por parte de los presbíteros de la Iglesia sobre el enfermo, la oración y la unción con el óleo bendecido. Este rito en sí mismo es el que confiere la gracia del sacramento.

Si el sacramento otorga, pues, la gracia del Espíritu, si con este rito el ser humano es ayudado plenamente en su salud, es confortado con la confianza en Dios y robustecido contra las tentaciones del enemigo y la angustia de la muerte, de modo que pueda, no sólo soportar sus males con fortaleza, sino también luchar contra ellos e incluso conseguir la salud, es necesario verlo como un signo que nos mueve a construir, desplegar y hacer crecer además de consolidar la fe cristiana.

Todo esto nos lleva a pensar en lo urgente de recuperar los valores de este sacramento, así como mejorar en lo posible su administración, no solo en las visitas a los enfermos individualmente, cuanto en la celebración solemne, es decir, con la presencia de muchos fieles en algunos momentos fuertes de la vida de la Iglesia. A algunos presbíteros les gusta administrarlo en la Cuaresma, por cuanto lo unen al perdón de los pecados, y lo hacen dentro de la Semana Santa. Acaso no tenemos otra actividad digna de mejor suerte. Recuerdo alguno que, porque no se sentía atraído a participar en la celebración de la solemne misa Crismal el Jueves Santo, cuando el obispo, además de renovar las promesas al presbiterio, consagra el Santo Crisma y bendice los óleos de los enfermos y los catecúmenos, dedicaba la mañana de ese significativo día a celebrar una Eucaristía un poco apócrifa y ausente de sentido, dando masivamente el sacramento a los enfermos de su parroquia.

Estas tendencias, además de encoger la majestad del sacramento al impedirle aportar la gracia de la participación en la plenitud de Cristo, por cuanto se le niega su nexo con la vida, con la resurrección de Cristo, resulta, además, como un modo algo obvio de deshacernos del aceite viejo, el que va a quedar, “porque mañana vendrá el nuevo”.

Tengo para mí que eso no aporta mucho. Si el sentido correcto del sacramento de la Unción de los enfermos ha sido unir siempre al enfermo con Cristo, no se debe pensar solo en su pasión, sino, más todavía, en la resurrección del Señor. Sabemos que todo ser humano, enfermo o no, morirá un día. Por ello la Iglesia debe buscar acompañarlo en su dolor y hasta en su proceso de muerte, a sabiendas de que este bautizado se está preparando, en todo sentido, para participar de la resurrección de Cristo. Por ello me confieso convencido de que la Unción de los Enfermos debe darse en Pascua.

 

Un sacramento pascual

 

La Unción de los Enfermos es a todas luces un sacramento pascual y, ya que nuestros obispos han mandado que en Pascua o en torno a ella sea donde se administren los bautismos, que de hecho en mi parroquia no se administran durante la Cuaresma, se celebren las primeras comuniones y las confirmaciones, que también la Unción sea administrada solemnemente después de la resurrección de Cristo y darse a un gran número de enfermos reunidos en la Iglesia parroquial para que se muestre el gozo de la Iglesia de atender a las personas marcadas por el dolor.

Cuando era párroco en Guadalupe el P. Oscar Fernández, actual Obispo de Puntarenas, vimos que el ideal para la celebración solemne de la Unción era el sábado de la Octava de Pascua. Así lo hicimos y funcionó muy bien. Este día estamos de hecho todavía dentro de la fiesta pascual. Es muy hermoso permitir a nuestros enfermos que participen de esa fiesta. Y cuando digo enfermos pienso en los que de ordinario no salen de sus casas ni vienen a misa, por eso se organiza un gran esfuerzo especial en que participan todos los fieles para trasladarlos y hagan posible que  se vean con los otros, que se encuentren y logren compartir unos con otros la alegría de su vieja amistad en el día de la Resurrección. Recuerdo el año pasado que en esa misa se encontraron una anciana madre y su hija que, por la pandemia, tenían dos años de no verse. Entonces, y cuando esto es posible, hasta se podría proveer algo de comer para que lo  compartan con sus amigos de siempre en una Iglesia que los acoge con cariño.

Cada presbítero debería decidirlo en paz. Los obispos aportar su reflexión. Debemos descubrir la mejor forma y el mejor momento. Me gusta hacerlo alentados con el canto del aleluya y el himno del Gloria, iluminados por la imponente presencia del Cirio pascual en medio de la Iglesia, con el impulso de la Vigilia Pascual, viviendo el gozo de la octava, utilizando los aceites recién bendecidos por el obispo y que fueron recibidos con gozo en la misa de la cena del Señor, el Jueves Santo. Que todo ello funcione para consuelo de los ancianos, los enfermos, los que sufren, los que están a punto de morir. Que todos encuentren en Cristo vivo la respuesta que necesitan.

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