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Editorial: Un día de furia

By Redacción Junio 10, 2024

Con este título traducido del inglés (Falling Down) se estrenaba hace poco más de 30 años una película que quedaría para siempre en la historia del cine como una premonición sobre el deterioro de la salud mental en nuestras sociedades occidentales.

Su protagonista, Bill Foster, interpretado magistralmente por Michael Douglas, es un hombre aparentemente normal sumido en una vorágine de situaciones complejas que lo llevan a tomar decisiones fatales, destructivas y violentas, que cambiarán para siempre su vida y la de muchos a su alrededor.

El filme retrata la frustración y la tensión propia del mundo urbano moderno, en el que la vida se diluye entre problemas, ambiciones insaciables y sueños rotos de una felicidad ilusoria, en medio de un egoísmo generalizado donde nadie se interesa por nada más que por sí mismo.

Fue lo primero que vino a nuestra mente el pasado lunes 3 de junio por la mañana cuando nos enteramos en las noticias del horrendo crimen de un hombre en un lujoso residencial en Guachipelín de Escazú. Según ha trascendido, el fallecido y quien lo habría asesinado -vecinos de al lado- mantenían un largo historial de problemas que incluso habían derivado en acusaciones judiciales que estaban en curso.

Un video perturbador que captó los hechos revela que luego de una discusión entre las respectivas esposas, según parece por una llave de paso de agua, los hombres se enfrascaron en una disputa hasta que uno de ellos sacó un arma y le disparó al otro en unas 14 ocasiones.

Ahora uno está en el cementerio, otro en la cárcel, hay dos familias destrozadas y un dolor que se extiende a muchísimas personas a su alrededor.

Numerosos editoriales hemos dedicado al flagelo de la violencia que se ha instalado en nuestras relaciones humanas, reflejo de una creciente descomposición social que hunde sus raíces en la pérdida de valores, la nula capacidad de resolución de conflictos y el abandono de la empatía y la fraternidad como formas habituales de comportamiento.

Estas son normas de conducta que se aprenden desde la primera infancia, bebiendo del ejemplo de los padres y creciendo en una cultura de paz, paz primero con nosotros mismos, con nuestro entorno y desde luego con Dios.

Por eso, hay que señalar otro aspecto fundamental en este escenario de violencia en que hemos convertido nuestros barrios, calles y hogares: la grave desestructuración de las familias, los padres y madres ausentes, las agresiones físicas, psicológicas y simbólicas de las que son víctimas muchos de nuestros niños y jóvenes.

Vivimos ahogados en ocupaciones para poder “salir adelante”, ya no hay tiempo para encontrarnos en el hogar, mirarnos a los ojos, escucharnos, dialogar, rezar, resolver juntos los problemas, alegrarnos de lo bueno y acompañarnos en las pruebas.

Toda esta pérdida del sentido de la familia tarde o temprano pasa la factura en heridas emocionales que saltan cuando se juntan la adrenalina y los problemas, nublando toda capacidad de pensamiento sereno y comedido.

No podemos dejar por fuera el crimen y su dinero “fácil”, el maldito narcotráfico que recluta a jóvenes que no ven más salida para sus vidas que formar parte de bandas criminales, entablando guerras por territorio con un saldo de muerte y sufrimiento. Todo sin que, como pareciera, las autoridades puedan hacer lo suficiente.

La tecnología, con todo lo bueno que tiene, también acarrea riesgos muy grandes en detrimento de los principios y valores de paz. Hoy nuestros niños se acostumbran a usar armas, recargarlas y “matar” a través de los videojuegos, en los que se premia al que es más cruel y al que más sangre derrama.

Ni se diga del torrente de contenido nocivo digital que muchos jóvenes consumen diariamente, la pornografía cada vez más despiadada y la proliferación de ideologías contrarias al bien y la verdad.

A propósito de la entrevista que esta semana hicimos a la señora Ministra de Educación, hay que señalar las deficiencias de un sistema educativo que para muchos resulta excluyente, donde en los últimos años se ha quitado autoridad a los docentes y para el cual ya no existen responsabilidades de parte de los estudiantes, sino solo “derechos”. El nefasto resultado está a la vista.

Desde luego, tenemos también un problema relacionado con la tenencia y portación de armas. ¿son realmente rigurosos los exámenes psicológicos necesarios para obtener un permiso?, y más allá de eso, ¿qué se hace para controlar el millonario mercado negro de armas ilegales que circulan tan fácilmente en el país?

Como se ve, estamos ante un problema multidimensional, generalizado y grave, frente al que no caben respuestas aisladas. O nos unimos o nos hundimos frente a la violencia que nos hiere. Pidamos sin descanso la ayuda de Dios en esta misión tan necesaria.

 

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