

La Conferencia Episcopal de Costa Rica
A la Opinión Pública
Los obispos de la Conferencia Episcopal de Costa Rica manifestamos nuestra plena comunión con el Santo Padre, el Papa León XIV y lamentamos con profunda preocupación las declaraciones dirigidas en su contra por parte del Presidente de los Estados Unidos de América Donald J. Trump, en las últimas horas.
Tal y como lo dijo él mismo a los periodistas durante el vuelo hacia Argelia, su servicio no responde a intereses políticos, sino a la proclamación del Evangelio, así como a la búsqueda de soluciones pacíficas a los conflictos.
El Sucesor de Pedro, con toda la Iglesia, está llamado a servir a Dios, a la verdad y a la paz. En su insistencia vehemente por la paz no hay más interés que la justicia y el amor, especialmente hacia los miles de inocentes que siguen siendo las grandes víctimas en las guerras abiertas actualmente en el mundo.
Como enseña el magisterio de la Iglesia y han reiterado los pontífices a lo largo de la historia, la guerra, toda guerra, es siempre una derrota para la humanidad porque conlleva la destrucción de la fraternidad humana.
“Bendito sea Dios… que nos ha hecho renacer a una esperanza viva por la resurrección de Jesucristo.” (1 Pe 1,3)
Con profunda alegría pascual elevamos nuestra voz para anunciar la Buena Noticia que nunca envejece: el Señor ha vencido la muerte, y con Él, también son sanadas nuestras heridas, vencidos nuestros miedos y todo aquello que parece quitarnos la paz. En medio de nuestras realidades cotidianas, con sus luces y sombras, la Pascua irrumpe como un anuncio de vida nueva, de alegría profunda y de esperanza que no defrauda.
En la Resurrección del Señor encontramos la luz que disipa toda oscuridad, la fuerza que nos levanta de nuestras caídas y la certeza de que el amor de Dios es más fuerte que el pecado, el dolor y la muerte. Es un acontecimiento que transforma la historia y toca nuestras vidas hoy. En el Señor resucitado, Dios ha pronunciado su palabra definitiva sobre la humanidad: no estamos hechos para la muerte, ni para la desesperanza, ni para el sinsentido, sino para la vida plena, la comunión y la eternidad.
“Fui forastero y me acogiste” (Mt 25,35)
Ante el acuerdo de cooperación migratoria anunciado en Costa Rica y en el contexto actual de la región, marcado por los desafíos de la movilidad humana, la Iglesia Católica en Costa Rica ofrece una palabra de orientación pastoral inspirada en el Evangelio y en la tradición humanista del país.
Costa Rica ha sido históricamente una nación comprometida con los derechos humanos, la hospitalidad y la dignidad de todas las personas. Este legado debe seguir orientando las decisiones públicas en materia migratoria.
Ante el reciente acuerdo de cooperación migratoria, reconocemos los esfuerzos por atender una realidad compleja. Al mismo tiempo, recordamos que toda política migratoria debe colocar en el centro la dignidad humana y el respeto irrestricto de los derechos fundamentales.
Como nos ha recordado el Papa Francisco: “No se trata sólo de migrantes: se trata de nuestra humanidad” (Fratelli Tutti, 39).
Una realidad que nos interpela
Las personas migrantes son hombres, mujeres y familias en situación de vulnerabilidad, muchas veces marcada por la violencia, la pobreza o la falta de oportunidades.
Valoramos que el acuerdo haya contemplado con claridad los siguientes principios y confiamos que éstos se respeten:
Estos principios responden tanto a estándares internacionales como a valores profundamente arraigados en nuestra sociedad.
Una responsabilidad compartida
El miedo es un sentimiento de angustia por un riesgo o daño real o imaginario. El miedo nos paraliza y bloquea. No somos capaces de superarlo si no desaparece la amenaza que tenemos delante. Cuando sentimos miedo, regresamos un poco a nuestra propia infancia, reviviendo situaciones en las que nos sentíamos indefensos, ante situaciones que no éramos capaces de manejar o frente a las cuales nos sentíamos impotentes. Pero la única manera de superar el miedo, es también recurriendo a las experiencias propias de la infancia: recordando momentos en los que nos hemos sentido acompañados y apoyados, respaldados y afirmados por alguien que nos inspiraba seguridad.
Cuando niños, en las familias y pueblos rurales de antaño, a todos os asustaban con las leyendas de la Tule Vieja, La Llorona, el Dueño de Monte, el Cadejos, la Segua y demás “espantos” como les llamábamos y que, en la práctica, no le hacían daño a nadie. Simplemente la posibilidad de encontrarnos con ellos era lo suficiente para atemorizarnos. Ya pertenecen a la leyenda y al folclor nuestro.
Hoy, a lo que realmente le tenemos pavor, es cuando nos enfrentamos a diario con la violencia y con el miedo que resulta de una sociedad convulsa. Casi a diario las noticias dan cuenta de asesinatos, ajustes de cuentas, amenazas y un aumento significativo del narcotráfico. El crecimiento de la violencia ha causado en los costarricenses, un estado de zozobra permanente que, de alguna forma, nos arrebata la tranquilidad de la que tanto nos ufanamos en tiempos pasados. Y podríamos alargar la lista de situaciones que nos atemorizan y hasta nos quitan el sueño: la incertidumbre en que vivimos, la pobreza, falta de trabajo y de oportunidades, la situación económica incierta, etc.
Pero ¿qué nos dice el Evangelio de este Domingo de Pascua? Veamos:
“Pasado el día de reposo, cuando ya amanecía, el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron al sepulcro. De pronto hubo un fuerte temblor de tierra porque un ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose al sepulcro, quitó la piedra que lo tapaba y se sentó sobre ella. El ángel brillaba como un relámpago, y su ropa era blanca como la nieve.
Al verlo, los soldados temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel dijo a las mujeres: – No tengan miedo. Yo sé que están buscando a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, sino que ha resucitado. Como dijo. Vengan a ver el lugar donde lo pusieron. Vayan pronto y digan a los discípulos: ‘Ha resucitado, y va a ir a Galilea antes que ustedes; allí lo verán’. Esto es lo que tenía que decirles.
Mientras las mujeres abandonaban rápidamente el sepulcro, miedosas y, al mismo tiempo, llenas de gozo, se encontraron con el Resucitado, que la saludó y les dijo: “Alégrense. No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea, y que allá me verán” (ver Mt 28,1-10). Ellas dejaron el miedo, no se quedaron llorando junto a la tumba vacía, como María Magdalena (Jn 20,11), ni tampoco en Jerusalén, sino que emprendieron su viaje a Galilea. Fue entonces cuando Jesús les sale a su encuentro para darles su mayor consuelo: “Alégrense”. El ángel de la anunciación había dicho a María, la madre de Jesús: “Salve”, es decir, “alégrate”, “agraciada” (Lc 1, 28). El Resucitado dice a las mujeres (entre las que estaba probablemente su madre): ¡Alégrense!, “agraciadas” Terminó la tristeza, el llanto y el luto. Así nace con gozo esta primera iglesia compuesta de mujeres (las primeras cristianas), quienes responden echándose a sus pies, en gesto de cariño cercano, pues lo agarran, lo acarician y lo adoran.
Saludo de la Conferencia Episcopal de Costa Rica a la Señora Presidente electa y a los diputados electos de la República
La Conferencia Episcopal de Costa Rica expresa su respetuosa felicitación a la señora Laura Fernández Delgado, Presidente electa de la República, así como a las señoras y señores diputados electos con ocasión del mandato que el pueblo costarricense les ha confiado mediante el ejercicio democrático.
Reconocemos, en este momento, no solo la culminación de un proceso electoral, sino el inicio de una tarea exigente y de gran responsabilidad: servir a toda la nación, en su diversidad de opiniones, sensibilidades y realidades sociales. Gobernar implica hoy, de manera particular, el desafío de unir al país, sanar divisiones y promover un clima de diálogo, respeto y búsqueda sincera del bien.
La Sagrada Escritura nos recuerda que “si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los constructores” (Sal 127,1). Por ello, como Iglesia, reafirmamos nuestra cercanía espiritual y nuestro compromiso de oración por la señora Presidente electa, las señoras y señores diputados electos y por quienes los acompañarán en esta misión.